Los crímenes de la playa de fósiles (Inspectora Lesley Clarke 6) Capítulo 77
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Capítulo 77

CAPÍTULO SETENTA Y SIETE

Christian Davison estaba sentado en el frío suelo del lúgubre espacio. Tenía los pantalones mojados. Había aguantado todo lo que pudo, pero por más que había gritado, nadie había acudido para dejarlo ir al baño.

Percibió el olor. Era humillante. Tiró de nuevo de la cuerda que lo ataba a un gancho en la pared. ¿Qué clase de persona tenía un gancho en la pared, listo para inmovilizar a alguien?

Se irguió como buenamente pudo, intentando estirar las piernas. Pero la cuerda no daba más de sí. Se desplomó de nuevo en el suelo, con una mueca de dolor al caer sobre el tobillo. Tenía que dejar de hacer eso, tenía que conservar las fuerzas. ¿Dónde narices estaba?

Sobre su cabeza había una ventana alta. Se notaba que era endeble; el viento silbaba fuera.

El espacio en el que se encontraba era de ladrillo, con la pintura desconchada y manchas de humedad en las paredes.

Frente a él había una única puerta, maciza, y no le llegaba el sonido del mar.

Pero, claro, su mente no funcionaba del todo bien.

Lo habían subido en la parte de atrás de una berlina de aspecto moderno que se parecía bastante al tipo de coche que conducían los del CID.

Recordaba haber mirado a ambos lados de la calle y no ver ningún coche patrulla.

En ese momento, se preguntó por qué había dos agentes uniformados y ningún coche patrulla.

Sin embargo, a pesar de todo, había entrado en el coche por su propio pie.

El hombre en el asiento del copiloto se había girado hacia él y le había dicho que se callara.

Iba bien afeitado, bien vestido. Llevaba traje.

Un traje caro. Christian debería haberse dado cuenta de que los del CID no llevaban trajes así.

Uno de los hombres de uniforme se había subido a su lado y, entonces, el coche había arrancado. El uniforme del hombre era convincente; Christian no había sospechado nada.

¿Por qué no se había percatado de las señales? No habían usado las palabras correctas. ¿Cómo no se había dado cuenta?

Estaba tan preparado para esto, casi esperándolo, que no se le había ocurrido que, cuando llegara el momento, no sería de verdad.

Y en lugar de llevarlo al cuartel general en Winfrith, o a una comisaría local, habían conducido hacia el sur, en dirección a Poole.

No se habían molestado en cubrirle la cabeza ni en ponerle una venda en los ojos.

Pero tras unos veinte minutos de viaje, el hombre que estaba a su lado le había dado un fuerte golpe en el lateral de la cabeza con algo duro y se había desmayado.

Y ahora estaba aquí. Solo, encerrado, y ni siquiera sabía cuánto tiempo había pasado.

Christian vivía solo. No tenía novia ni esposa.

Su ex se había olvidado de él hacía mucho y sus padres vivían en Escocia.

Nadie lo echaría de menos. No lo esperaban en el trabajo hasta dentro de dos días.

Mañana, ¿o era hoy?, tenía el día libre.

¿Lo mantendría esta gente con vida el tiempo suficiente como para que alguien notara su ausencia?

Oyó pasos al otro lado de la puerta y se puso rígido. Se pegó a la pared y fijó la mirada en la puerta, con los ojos doloridos. Se llevó las rodillas al pecho para protegerse y esperó.

Nada.

La puerta no se abrió y los pasos se detuvieron. Christian oía su respiración en la pequeña estancia. Empezaba a hacer calor allí dentro, a pesar del viento de fuera. El olor de su propia suciedad era ya abrumador.

Por fin, la puerta se abrió. Una figura oscura entró: un hombre con pasamontañas y una cazadora bómber.

Eso era bueno. Si no querían que les viera la cara, entonces esperaban que viviera.

Pero había visto las caras en su casa...

—¿Quién es usted? —gritó—. Soy policía, se darán cuenta de que he desaparecido.

El hombre ladeó la cabeza, parpadeando al mirar a Christian. Tenía los ojos pequeños y oscuros.

Su risa sonó ahogada bajo el pasamontañas.

—Claro que no, gilipollas. Hoy es tu día libre.

Christian sintió que el corazón se le paraba. Así que lo sabían.

—Mire —dijo—. Sea lo que sea lo que quieren...

El hombre se inclinó y le dio un golpe en la cara. Christian sintió que la cabeza se le iba hacia un lado. Reprimió un grito.

Sintió que le sangraba la nariz, pero tenía las manos atadas al gancho de la pared. Tendría que sangrar y ya está.

El hombre volvió a reír.

—Cállate la puta boca, gilipollas, y quizá salgas con vida.