Los crímenes de la playa de fósiles (Inspectora Lesley Clarke 6) Capítulo 60
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Capítulo 60

CAPÍTULO SESENTA

Christian Davison caminó hacia el sofá, haciendo equilibrios con un plato y una taza de café en una mano y el último número de la revista Top Gear en la otra.

Lanzó la revista al sofá y dejó la taza de café en la mesita auxiliar. En el plato había un sándwich: jamón y mostaza en pan de molde, su favorito.

Le dio un buen bocado y luego se sentó, acomodándose hasta encajar en la hendidura del sofá que se había formado con los años de uso.

Cogió el mando a distancia del brazo del sofá y apuntó a la televisión.

Eran las cinco de la tarde. Había tenido turno de mañana y había llegado a casa a las tres.

Christian era un hombre de costumbres. Había entrado por la puerta, se había duchado, se había secado el pelo con el secador, había bajado, había revisado sus correos electrónicos, había abierto la correspondencia y luego se había preparado un sándwich.

Ahora, esperaba con ganas ver Pointless , seguido de comida china para llevar y una noche frente a la tele.

Le dio otro bocado al sándwich, tragándose la mitad. Su trabajo le daba hambre. Pointless estaba empezando, y Alexander Armstrong abría con su charla habitual.

Christian alargó la mano hacia la mesa de centro donde guardaba su bloc de notas y un lápiz. Era más fácil conseguir menos puntos si anotaba todas las posibles respuestas a una pregunta.

Christian se preguntó qué pensarían sus compañeros si supieran que llegaba a casa y se sentaba a ver un programa que veían sobre todo los jubilados.

Pero le mantenía la mente activa de formas distintas a su trabajo.

Lo calmaba, lo preparaba para doce horas de inactividad y le permitía desconectar de los altos niveles de estrés del trabajo.

Volvió a coger el plato, a punto de devorar la segunda mitad del sándwich, cuando sonó un fuerte golpe en la puerta.

Se sobresaltó. El sándwich saltó del plato y cayó en la alfombra.

«Maldita sea». Lo recogió y revisó por ambos lados. Estaba bien. Nada de pelusa de la alfombra, había pasado la aspiradora ayer.

Volvió a dejar el sándwich en el plato y el plato en la mesa. Se sacudió las manos y se puso en pie, pulsando el mando a distancia para pausar la televisión. Estaba viendo la tele en directo, pero no era tan de la vieja escuela: tenía Sky y podía pausar el programa.

Volvieron a aporrear la puerta. Christian frunció el ceño. Solo había una razón por la que se aporreaba una puerta de esa manera, y él la conocía demasiado bien por su trabajo.

—¡Ya voy! —gritó, tan fuerte como pudo.

Tenía que asegurarse de que supieran que estaba en casa y que estaba colaborando. Si no, sacarían el ariete y echarían la puerta abajo. Se había pasado dos días pintándola el mes pasado, y no quería verla destrozada.

Salió apresuradamente del salón y entró en el pasillo, que era estrecho y oscuro. La puerta tenía un pequeño cristal en la parte superior, pero no lo bastante grande como para ver quién había fuera.

—¡Ya voy! —gritó—. ¡No me tiren la puerta abajo!

—¡Policía! —se oyó una voz—. ¡Abra la puerta!

Christian sintió que se le encogía el corazón. Se quedó mirando la puerta un instante y luego dio un puñetazo en la pared.

Observó la marca. No debería haberlo hecho. Hacía muy poco que había pintado la pared, y le había llevado casi una semana.

Aun así, sabía lo que se avecinaba. Llevaba bastante tiempo esperándolo.

Caminó hacia la puerta, concentrándose en su respiración, y puso una expresión neutra al abrir.

Cuatro hombres se erguían frente a él, voluminosos con sus uniformes. Eran agentes de la patrulla de respuesta. Notó que tenía la visión borrosa. ¿Un ataque de pánico?

Christian pasó la vista por los rostros. Todos llevaban casco y no consiguió identificarlos. Se preguntó si serían hombres con los que había trabajado. Se preguntó si había estado junto a esos hombres haciendo exactamente lo mismo que le estaban haciendo a él en ese momento.

Levantó las manos en señal de súplica.

—Vale, vale —dijo—. Estoy colaborando. No hace falta que tiren la puerta abajo, y tampoco que me hagan daño.

—No vamos a hacerle daño, señor —dijo una voz, un hombre al fondo—. Siempre y cuando usted coopere.

—Estoy colaborando —dijo, con voz débil.

¿Así se sentía uno al otro lado de la barrera?

Los cuatro hombres se apartaron y otro avanzó entre ellos. Llevaba un abrigo largo y oscuro, y un traje gris debajo. Su corbata naranja desentonaba con el atuendo sombrío y los uniformes de sus compañeros.

Christian no lo reconoció. Pero, claro, los de la Brigada de Investigación Criminal eran un borrón para él.

El hombre miró a Christian por un momento y luego sacó su identificación del bolsillo. Christian no se molestó en mirarla. Sabía lo suficiente como para no dudar de que esto era lo que había estado esperando todos estos años.

—¿Christian Davison? —dijo el hombre.

—Soy yo. —Christian se puso casi firme.

—Queda usted detenido por los asesinatos de Kenneth Fogarty y Catherine Lawson. No está obligado a declarar, pero sepa que todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra en un juicio.