Capítulo 47
CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE
Eleanor Fogarty vivía en una imponente casa victoriana a las afueras de Exeter.
Lesley aparcó y se tomó un momento para mirarse en el espejo.
Había salido temprano de casa de Annie Abbott y no había querido pasar demasiado tiempo en el baño.
Tenía ojeras; las malditas gaviotas la habían vuelto a despertar.
Quería volver a su propia cama. Y a Elsa.
Había intentado llamarla la noche anterior, pero no obtuvo respuesta. No era propio de ella no devolverle los mensajes.
Un coche aparcó al otro lado de la calle y la subinspectora Patterson se bajó. Se dirigió con paso decidido al coche de Lesley y se quedó de pie junto a la puerta del conductor, esperando.
Lesley bajó la ventanilla.
—Buenos días.
Hannah sonrió.
—Debo disculparme.
—¿Por qué?
—Por el hecho de que tenga que aguantarme de nuevo.
Lesley echó la cabeza hacia atrás.
—Probablemente no haríamos falta las dos para este interrogatorio, pero al menos así he podido dejar a Tina en Lyme Regis con los de la científica.
—¿Tina?
—La subinspectora Abbott.
—¿Tiene un equipo de una sola persona?
—No, el resto está en la jefatura, investigando el pasado de las dos víctimas.
—Y el hecho de que fueran socios en el bufete de su novia… —replicó Hannah, con una ceja arqueada.
Lesley sintió que se le encogía el estómago.
—¿Cómo sabe eso?
Hannah le guiñó un ojo.
—Soy investigadora. Es mi trabajo saber esas cosas.
—Bueno —replicó Lesley—, mi conexión con el bufete no influye en cómo llevo este caso.
Hannah se enderezó.
—No, inspectora. No he dicho que lo hiciera.
—Mejor.
Lesley salió del coche y se alisó la falda. Seguía llevando la misma que se puso hacía dos días, cuando partió hacia Lyme Regis. Si iba a quedarse más tiempo, tendría que enviar a alguien a Bournemouth a por algunas cosas.
O quizá podría volver ella misma y averiguar por qué Elsa no le devolvía las llamadas...
—Bueno —dijo. «Concéntrate»—. A ver qué tiene que decir la señora Fogarty.
Recorrió la tranquila calle con la mirada y comenzó a caminar hacia la casa cuyo número le había dado Dennis.
Las cortinas de la planta baja estaban echadas, pero el jardín estaba pulcro y ordenado.
Narcisos tempranos en parterres recién desherbados.
En las ventanas del primer piso, las cortinas también estaban echadas.
En la puerta principal no había timbre, solo un llamador antiguo que, por su aspecto, estaba recién pulido. Lesley dio dos golpes secos.
—¿Quizá no esté? —sugirió Hannah.
Lesley negó con la cabeza.
—El jardín está impecable y las cortinas, corridas. El tipo de persona que planta bulbos de primavera y quita las malas hierbas del jardín en esta época del año no es alguien que salga de casa por la mañana sin abrir las cortinas.
Hannah se encogió de hombros.
La puerta se abrió y Lesley reprimió un «se lo dije».
Dentro había una mujer de unos sesenta y tantos años con el pelo cano repeinado hacia atrás. Llevaba un forro polar rojo gastado y unos vaqueros recién lavados con un roto en una rodilla.
Lesley le mostró su placa.
—¿Señora Fogarty?
—Soy yo. ¿En qué puedo ayudarles?
—Soy la inspectora Clarke y esta es la subinspectora Patterson. ¿Podemos pasar, por favor?
La señora Fogarty frunció el ceño.
—¿Qué pasa? ¿Es por Henry?
—¿Quién es Henry? —preguntó Hannah.
—Mi hijastro. ¿Se ha vuelto a meter en líos?
—No —le dijo Lesley a la mujer—. Por favor, ¿podríamos pasar?
—Vale. —La mujer se dio la vuelta y las condujo al interior de la casa—. ¿Dónde quieren sentarse?
—Donde se sienta más cómoda —respondió Lesley.
—Vengan a la cocina.
La cocina estaba en la parte trasera de la casa, una estancia larga y estrecha que se adentraba en el jardín. Algo borboteaba en los fogones y un periódico yacía abierto sobre la mesa. Eleanor Fogarty señaló la mesa y Lesley tomó asiento, esperando a que Hannah hiciera lo mismo.
—¿Una taza de té? —preguntó la señora Fogarty.
—No, gracias —le dijo Lesley.
—De acuerdo. Hay una tetera lista por si cambian de opinión. —Señaló una tetera marrón en el centro de la mesa, cubierta con una funda azul.
Lesley sonrió. Esa cocina era casi tan acogedora como la de Annie Abbott.
—Si no le importa —dijo—, nos gustaría hablar con usted. ¿Quiere sentarse?
La señora Fogarty la miró un momento, como si decidiera si sentarse o echar a correr. Lesley se preguntó en qué se habría metido su hijastro. Por fin, la señora Fogarty resopló y tomó la silla frente a Lesley.
—Si no es por Henry, ¿qué es?
—Es sobre su exmarido, Kenneth.
A la señora Fogarty se le hundieron los hombros y pareció quedarse sin aliento.
—Ese cabrón. ¿Qué quiere ahora?
—Siento comunicarle que encontramos su cuerpo sin vida en Lyme Regis hace dos días.
—¿Lyme Regis?
—Lo habían enterrado en lo alto de los acantilados. Una tormenta provocó un deslizamiento y su cuerpo quedó al descubierto.
—¿Qué hacía él en Lyme Regis?
—Esperaba que usted pudiera decírmelo.
La señora Fogarty negó con la cabeza.
—En Canadá. Ahí es donde estaba, no en Lyme Regis.
—Tengo entendido que planeaba emigrar después de jubilarse, ¿no?
La señora Fogarty soltó un bufido.
—Con esa zorra de Catherine.
Lesley cruzó una mirada con Hannah.
—¿Se refiere a Catherine Lawson?
—Sí. ¿Está ella en Canadá?
—No —respondió Lesley—. Estaba con el señor Fogarty en Lyme Regis.
—¿Lo mató ella?
—No, a ella también la encontraron muerta.
—¿A Catherine Lawson?
Lesley asintió.
—Los encontramos a los dos en el mismo lugar. Los enterraron sobre los acantilados al este de Lyme Regis hace diez años.
La señora Fogarty frunció el ceño.
—¿Diez años?
—Sé que esto es difícil —dijo Lesley.
—No es difícil en absoluto. Para entonces ya estaba fuera de mi vida, a punto de irse del país. Pero ¿está diciendo que lo mataron hace diez años y nadie lo ha echado de menos?
Lesley se removió en su silla.
—¿Notó que dejara de comunicarse con usted?
La mujer negó con la cabeza.
—No esperaba ninguna. No es que terminásemos bien. El divorcio era definitivo, las finanzas estaban arregladas. Por lo que a mí respecta, cuanta menos comunicación tuviera con él, mejor.
—¿Así que nadie se puso en contacto con usted preguntando dónde podría estar?
—Nadie. Nosotros, bueno, nos repartimos los amigos después del divorcio. Para ser sincera, él no tenía amigos. Solo compañeros de trabajo. Y ella.
Lesley se recostó en su silla.
—¿Sabía de alguien que pudiera haber querido ver muerto a su marido? ¿Alguien a quien hubiera molestado en el trabajo o con quien hubiera tenido algún problema personal?
La señora Fogarty la miró fijamente.
—No estoy segura.
—¿Qué quiere decir con que no está segura? —preguntó Hannah.
La señora Fogarty se estremeció y miró a la subinspectora. Era como si se hubiera olvidado de que estuviera allí.
—Tenía algunos clientes que eran... poco recomendables. O eso parecía. No le gustaba hablar del trabajo.
—¿Le contó alguna vez algo sobre esos clientes? —preguntó Lesley.
—Claro que no, no me contaba nada. Durante seis años tuvo una aventura con esa mujer, Lawson, y nunca me lo dijo. ¿Por qué iba a hablarme de sus clientes?
—Pero usted ha dicho que tenía clientes poco recomendables —dijo Hannah.
Se encogió de hombros.
—Había llamadas a altas horas de la noche, tenía un segundo teléfono. Siempre había algo diferente en él después de contestar. Creo que tenía miedo.
—¿Sabe quiénes eran esos clientes? —preguntó Lesley—. ¿Eran clientes de verdad?
—Eso me decía él. Aunque podría haber estado mintiendo. Kenneth mentía sobre casi todo.
Lesley cruzó una mirada con la subinspectora Patterson.
—Gracias, señora Fogarty. Ha sido de gran ayuda.