Capítulo 22
CAPÍTULO VEINTIDÓS
Samuel Waller vivía en una casa unifamiliar de una planta a las afueras de Charmouth. Los canalones se estaban oxidando y las ventanas delanteras parecían podridas. A Lesley le sorprendía que la estructura no se hubiera despeñado por el acantilado.
Se quedó un poco atrás mientras Tina llamaba a la puerta.
—¿Lo conoces? —le preguntó a su compañera mientras esperaban.
Tina se encogió de hombros.
—Lo he visto un par de veces, pero no diría que lo conozco. Aunque tiene cierta reputación.
La puerta se abrió y Tina se calló de golpe. Un hombre mayor se les quedó mirando. Tenía el pelo ralo y desgreñado sobre las orejas y los ojos pálidos y llorosos.
—¿Qué quieren?
Lesley le mostró su identificación.
—Soy la inspectora Clarke y esta es la subinspectora Abbott. Estamos investigando el hallazgo de dos cadáveres tras el deslizamiento de tierras en el acantilado del que dio parte.
—¿En Spittles? —preguntó mirándola con una ceja arqueada.
—Correcto —respondió Lesley—. ¿Podemos pasar, por favor?
—Supongo que sí.
Se hizo a un lado y las dejó pasar, indicando con el brazo una puerta al fondo. Olía a orina rancia y a pelo de perro.
—Pasen al comedor. Es la única habitación que tengo ordenada.
Lesley intercambió una mirada con Tina y entró.
El comedor era angosto y solo había espacio para una mesa de caoba llena de arañazos y seis sillas. Lesley se movió con dificultad por el borde, apretujándose entre la mesa y la pared. Cogió una silla, no sin antes comprobar si tenía manchas y le indicó a Tina que hiciera lo mismo.
El señor Waller apareció en el umbral.
—Veo que ya se han puesto cómodas —dijo mientras se sentaba frente a Lesley y apoyaba las manos sobre la mesa.
—Señor Waller —empezó Lesley—, quería hacerle unas preguntas sobre lo que vio usted ayer por la mañana.
—Ya hablé con el agente Fulano —señaló a Tina—. El colega tuyo, ese que está casado con tu hermana.
—¿Dougie? —respondió Tina—. El agente Anderson, quiero decir.
—Ese mismo. ¿No han hablado con él?
—Sí, lo hemos hecho —dijo Lesley—. Pero nos gustaría escuchar su versión directamente de usted, si no le importa.
El hombre apretó los labios.
—Vale. ¿Qué quieren saber?
—Tengo entendido que estaba paseando por los acantilados —dijo Lesley—. ¿Qué hora sería?
Arrugó la cara.
—¿Las seis, seis y cuarto? Temprano, todavía estaba oscuro. Hettie quería mear.
—¿Quién es Hettie? —preguntó Lesley.
—Mi perra. ¿Quién más va a necesitar mear en los acantilados a esas horas?
Lesley se mordió el labio inferior.
—Así que salió con su perra a las seis y cuarto de la mañana. ¿Fue la perra la que vio el cambio en el terreno?
—No. Lo vi yo a lo lejos. El terreno había cambiado de color, se había movido durante la noche por la tormenta que tuvimos.
—Ya veo —asintió Lesley—. ¿Seguía lloviendo a esa hora?
El señor Waller negó con la cabeza.
—No habría salido si así fuera. No, ya había parado. Pero hacía un frío que pelaba. A veces desearía que Hettie fuera un gato, podría comprarle un arenero.
Tina soltó una carcajada y se tapó la boca con la mano.
—Disculpa, jefa.
El hombre la miró.
—No pasa nada. Los perros son graciosos, ¿a que sí? Sobre todo Hettie.
Lesley se preguntó dónde estaría la legendaria Hettie. Dormida en algún sitio, seguramente. Había suficientes pelos en las sillas del comedor para dar fe de su existencia.
Tina asintió, todavía retorciéndose para contener la risa.
—Sí —dijo él—. Vi que el terreno se había movido, me acerqué hasta donde me pareció seguro y eché un vistazo. No me quedé mucho rato. No era seguro.
—¿Se fijó si había alguna señal de gente por allí arriba? —le preguntó Lesley.
—¿Gente? No.
—Pero usted vio el deslizamiento —dijo Lesley.
—Llevaba mi linterna, ¿no? A Hettie le da por irse por ahí y a veces tengo que buscarla. Le compré un collar fosforescente el año pasado y la muy idiota lo perdió entre los matorrales.
Tina reprimió otro bufido. Lesley le lanzó una mirada y apretó el puño bajo la mesa.
—Así que vio el deslizamiento. Se acercó, se dio cuenta de lo que era y, ¿luego qué?
—Volví a casa. A dar el aviso, ¿no?
—¿Llamó al 999?
Él negó con la cabeza.
—No, llamé a Tim, el de la Guardia Costera. Tengo su móvil, por si acaso. Cuando vives aquí como yo, a veces ves barcos. No llamas al 999 si ves un barco en apuros. Es más rápido llamar a Tim. Él lo soluciona. ¿Necesitan que vaya allí con ustedes, que les enseñe dónde estaba?
—No, gracias —le dijo Lesley.
Por su descripción, estaba segura de que el lugar donde el hombre se había detenido a observar el deslizamiento estaría dentro del cordón policial. Le extrañaba que no se hubiera despeñado él mismo por el acantilado.
—¿Es la primera vez que ve moverse el terreno en esa parte del acantilado? —preguntó ella.
El señor Waller miró a Tina.
—Eso se lo puede decir ella. Por supuesto que sí.
Tina miró a Lesley.
—Tiene razón, jefa. Esa parte del acantilado no se ha movido, ni siquiera antes de que yo naciera.
El hombre resopló.
—Ni antes de que yo naciera, tampoco. Y de eso hace mucho más tiempo que esta cría.
A Tina le tembló una mejilla.
—¿Y cuánto tiempo lleva usted viviendo aquí? —le preguntó Lesley.
Él arrugó la nariz.
—¿Treinta años, treinta y cinco? Más tiempo del que esos cadáveres llevan ahí.
—¿Recuerda haber visto alguna actividad inusual en esa parte del acantilado? ¿Quizá hace algún tiempo? —le preguntó Lesley.
—¿Hace unos seis años? —añadió Tina.
—No —respondió—. Nada.
—¿Nunca ha visto a nadie en esa parte del acantilado, o por encima, que pareciera enterrar algo?
—¿Creen que alguien enterró esos cuerpos?
Lesley lo miró, esperando una respuesta.
—Lo siento, señoras —dijo—. No recuerdo nada. —Miró a Tina—. Si esos cuerpos llevan ahí seis años, nunca atraparán a quien los mató.
—Gracias por su tiempo —dijo Lesley mientras se levantaba.
Él tosió y un escupitajo cayó sobre la mesa.
—Por supuesto. No hay de qué.
—Si recuerda algo, cualquier cosa de hace seis años o quizá más, por favor, póngase en contacto con la comisaría local.
Tenía la sensación de que sería más probable que hablara con un agente local.
—De acuerdo —dijo—. Pero no recuerdo nada. Lo siento.