Los crímenes de la playa de fósiles (Inspectora Lesley Clarke 6) Capítulo 1
1%
Los crímenes de la playa de fósiles (Inspectora Lesley Clarke 6)

Los crímenes de la playa de fósiles (Inspectora Lesley Clarke 6)

Por Rachel McLean

© inepub.com

Capítulo 1

CAPÍTULO UNO

El agente Douglas Anderson no estaba teniendo un buen día.

Su hija Poppy lo había despertado a las cuatro de la madrugada y, a pesar de que Naomi se levantó y lo mandó de vuelta a la cama, no había vuelto a conciliar el sueño.

A las seis y media, cuando por fin se dio por vencido, descubrió que la caldera estaba estropeada y que no había agua caliente para ducharse.

Y ahora, a pesar de que el cielo estaba despejado cuando salió de casa, unas gotas de lluvia del tamaño de canicas le salpicaban el uniforme de policía.

Douglas bostezó y se sacudió de pies a cabeza mientras corría desde el coche hasta la comisaría de Lyme Regis, pero solo consiguió que el agua le corriera por la nuca.

Uf.

No necesitaba esto. Sobre todo ahora con el cerebro en reserva por quinta vez en cinco días.

—¡Dougie!

Levantó la vista y vio a su compañera, la agente Wendy Sharman, corriendo hacia él. Se detuvo en seco cuando llegó a él, se inclinó y apoyó los puños en las rodillas.

—Dougie —dijo—. No hay tiempo para entrar. Ha habido un deslizamiento en los Spittles.

—¿Qué? —preguntó todavía con el cerebro en modo neandertal.

—Un deslizamiento. ¿No me has oído a la primera? —Wendy se enderezó y puso los ojos en blanco—. Has vuelto a pasar una mala noche, ¿verdad?

—Lo normal de los bebés —dijo bostezando.

—Ya te lo advertí —dijo al tiempo que le daba un puñetazo cariñoso en el brazo—. Venga, conduzco yo.

Douglas la siguió hasta su coche patrulla, un Astra de poca potencia que a menudo se rebelaba contra la cuesta que llevaba de la comisaría a la carretera principal.

—¿Dónde has dicho que era? —le preguntó.

—En los Spittles —respondió Wendy—. Los acantilados al norte de Lyme Regis.

Douglas movió los hombros para aliviar el cansancio y se abrochó el cinturón.

Observó aturdido cómo Wendy sacaba el coche marcha atrás de su plaza.

En mañanas como aquellas, a veces se preguntaba si la ley que prohibía conducir bajo los efectos del alcohol y las drogas no debería ampliarse para cubrir las consecuencias de vivir con un bebé de cuatro meses.

Diez minutos después estaban en el aparcamiento de Charmouth Road.

—¿Esto es lo más cerca que podemos llegar? —preguntó mientras Wendy se desabrochaba el cinturón de seguridad.

—Lo siento, colega —le dijo ella—, ya sabes que sí.

Lo sabía. En caso de deslizamiento, se aproximaban desde abajo, no desde arriba. E incluso así, se acercaban desde lejos. Llevaban unos potentes prismáticos en el coche para evaluar los daños desde la playa.

El guardacostas ya habría sido alertado. A veces ellos podían conseguir un mejor ángulo al llegar en helicóptero.

Pero todo el mundo en este pueblo sabía, al menos todos los que no eran turistas, que nunca había que aventurarse en el sendero costero después de un deslizamiento. A menos que quisieras provocar otro.

Conocía el protocolo. Acercarse desde una posición prudente, mantener la distancia, hacer fotografías, evaluar y esperar a que los expertos en protección costera decidieran qué había que hacer.

El ayuntamiento empleaba a ingenieros civiles, especialistas en evaluar el impacto de un deslizamiento y en trazar una nueva ruta para el sendero costero.

Tenían planeadas medidas de estabilización del terreno en esa zona, pero todavía no habían empezado las obras.

Los ingenieros estaban a muchos kilómetros de distancia, en Dorchester, por lo que no llegarían hasta la hora de comer.

Douglas se subió el cuello de la chaqueta mientras bajaban las escaleras del aparcamiento.

Los escalones estaban resbaladizos y el viento le azotaba la piel descubierta de la cara.

Donde terminaban los escalones no estaba tan lejos de donde habían empezado en la comisaría, pero aun así, necesitaban el coche lo más cerca posible.

Wendy lo miró.

—¿Vas a cámara lenta?

—¡Oye, no te pases! —Aceleró el paso, bajando tras ella tan rápido como pudo sin resbalar. Abajo, giraron hacia los Spittles, los acantilados a las afueras del pueblo, famosos tanto por sus peligrosas condiciones para caminar como por sus hallazgos de fósiles.

Douglas vio, a medida que se acercaban, una cicatriz en el paisaje.

Arcilla fresca marcaba el lugar donde la lluvia de las dos últimas semanas había debilitado la pared del acantilado y finalmente la había hecho derrumbarse hacia el mar.

Hizo una mueca, esperando por Dios que nadie hubiera estado arriba cuando ocurrió.

—¿A qué hora se dio parte? —le preguntó a Wendy, jadeando mientras corrían.

—A las seis de la mañana.

Asintió. A las seis de la mañana había estado despierto, a punto de renunciar a dormir. ¿Había oído algo?

No. Su casa estaba al otro lado de Lyme Regis, pasado el famoso espigón del puerto, el Cobb, tal y como lo llamaban en la zona. Ya había permanecido dormido durante otros deslizamientos en el pasado.

Exploró los acantilados que tenían delante. Las casas más cercanas se ubicaban detrás de ellos, más allá del aparcamiento. Las más cercanas con vistas a los acantilados estaban en dirección a Charmouth.

—¿Quién hizo la llamada? —preguntó.

—El viejo Samuel Waller, de allá arriba, en Black Ven.

Douglas asintió. Samuel tenía ochenta y seis años, pero un oído de gato salvaje. Ya había informado de deslizamientos antes.

—No habrá venido aquí, ¿verdad?

—Que yo sepa, no —respondió Wendy, alzando la voz contra el viento.

«Menos mal».

El fuerte aguacero amainaba y el sol hacía lo posible por asomar por el mar hacia el este. Pero un lúgubre nubarrón se cernía sobre la bahía.

—Deberíamos parar aquí —dijo Wendy.

Douglas casi se chocó con ella cuando se detuvo en seco.

—Perdona, colega.

—Tienes que convencer a esa criatura para que duerma un poco más.

—Eso es lo que hacen los bebés —respondió él—. Dormir de día y mantener a sus padres en vela toda la noche.

Wendy se había llevado los prismáticos a los ojos. Observó con atención el deslizamiento.

—Por eso mismo yo no pienso tener hijos —anunció.

Douglas habría dicho lo mismo hacía cinco años, cuando tenía la edad de Wendy. Pero las cosas cambiaban.

—¿Qué ves? —preguntó.

—Dame un minuto. —Wendy frunció el ceño y escudriñó los acantilados lentamente.

La marea estaba baja y se encontraban en la playa, bajo el paseo de hormigón que salía del centro de Lyme Regis.

Allí, la costa era una mezcla de rocas y arena, con claras estrías por la acción de la marea durante milenios.

Este era el tramo donde los turistas venían a buscar fósiles en verano, donde Mary Anning había hecho su famoso hallazgo de los ictiosaurios.

Wendy levantó una mano para hacerlo callar. Douglas no había estado hablando.

—¿Qué has visto? —susurró él.

—Chis. Aún no lo sé. —Dio un paso adelante.

—Creía que no era seguro avanzar más —dijo él.

—Sí, pero... —Bajó los prismáticos y se los tendió—. Mira tú mismo y dime qué opinas.

Los prismáticos eran de gran potencia, valían una fortuna. La primera línea de defensa contra los deslizamientos era observar qué daños habían causado ya.

Douglas se pasó la correa por el cuello y se llevó el ocular a la cara.

—¿Qué es lo que busco?

—No te lo voy a decir —respondió Wendy—. Quiero que le eches una ojeada.

—De acuerdo.

Exploró el acantilado. No tardó en localizar el punto donde la tierra se había desprendido. De manera muy lenta, barrió con la vista desde la cima del acantilado hacia la playa. Siguió la línea que la tierra habría tomado al caer hacia el mar. Frunció el ceño.

Volvió a barrer hacia arriba y se detuvo a medio camino.

—¿Qué es eso? —preguntó.

—Yo sé lo que creo que es —le dijo Wendy—. Pero ¿tú qué crees?

—Parece... —Se le encogió el pecho—. Mierda.

Bajó los prismáticos y miró a Wendy.

—¿Había alguien ahí arriba?

—¿A las seis de la mañana? —preguntó su compañera a su vez—. Habría estado oscuro.

—Los dueños de perros pueden ser muy resistentes.

—¡Joder! —exclamó Wendy con un silbido—. Espero que no sea eso.

Douglas volvió a llevarse los prismáticos a los ojos y encontró el punto.

—Son dos —dijo.

—¿Qué dices? —Wendy le arrebató los prismáticos, tirándole de la cabeza con la correa. Él se la quitó y dejó que los cogiera.

—Póntela al cuello —le dijo—. No queremos que se nos caigan.

—Sí, sí. —Wendy se pasó la correa bruscamente por el cuello y volvió a llevarse los prismáticos a los ojos—. Tienes razón. Son dos.

Douglas tragó saliva. Había dos cuerpos ahí arriba. Justo en medio del deslizamiento.

Su compañera lo miró con los ojos muy abiertos. Este era el primer deslizamiento de Wendy desde que había salido de la Academia. Con falta de sueño o sin ella, tenía que tomar el mando.

—Tenemos que llevar a Protección Civil ahí arriba —dijo—. Ahora mismo.