Los colores que deseamos (Amor y otros sueños 3) Capítulo 31
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Capítulo 31

Capítulo Treinta Y Uno

Hanna

Bostezando, entro en mi dormitorio de la finca y voy directa al armario. Me siento como si alguien me manejara a distancia mientras, a trompicones, me enfundo unos vaqueros y una camiseta. Mis pensamientos ya no se detienen ni de noche y me roban el sueño.

Ayer, de camino a Pietrasanta, Vico y yo cantamos cada vez más alto y reímos más cuanto más nos alejábamos de la finca. Pero en el trayecto de vuelta se quedó inusualmente callado.

Y yo tampoco supe qué decir.

Un leve martilleo en las sienes se deja notar. Es como si la multitud de pensamientos ya no encontrara suficiente espacio ahí dentro.

Con un suspiro, me doy la vuelta y me apoyo en el alféizar de la ventana.

Intento hacer un ejercicio de respiración, pero no sirve de nada.

Sobre todo, cuando mi mirada se posa en el ramo de Florian sobre la mesilla.

Las rosas huelen tan bien que incluso desde aquí puedo percibir su aroma.

Las corolas son enormes; el ramo debe de haber costado una fortuna.

Me acerco a las flores y dejo que los dedos se deslicen por el borde de un pétalo. Al hacerlo, descubro un trozo de papel que ayer no estaba allí. Con cuidado, lo saco. Se lee en la letra desgarbada de Florian:

Sin ti, solo la mitad de mí está aquí. No veo la hora de empezar juntos nuestro nuevo futuro. Con amor, Florian

Absorta en mis pensamientos, hago girar entre las manos el mensaje de Florian. Es un poco extraño que de pronto se ponga tan romántico. Tal vez debería haberme ido sola mucho antes para darle la oportunidad de que me extrañara. Su rostro afable se dibuja en mi mente.

Es un compañero maravilloso.

Vico, en cambio, es imprevisible. Su amor por la libertad y su disposición a asumir riesgos tienen algo de exótico y seductor, pero al final es probable que nada de lo que hace perdure.

Basta.

No debería compararlos. No es justo para ninguno de los dos. Al fin y al cabo, nunca he pasado tanto tiempo con Florian, completamente al margen de la rutina. Con Vico, en cambio, no he vivido ni un solo segundo de vida cotidiana.

El martilleo de mi cabeza se transforma en un dolor palpitante, acompañado de un pitido agudo en el oído derecho.

Necesito tomar rápido una pastilla para la migraña si no quiero pasar el día tendida e indefensa en la cama.

Cojo la botella de agua de la cómoda y saco la medicación del bolso.

Por si acaso, me tomo una dosis doble. Al fin y al cabo, solo me quedan cinco días.

Luego tengo que regresar.

De vuelta al Tirol. De vuelta a mi otra vida.

Una punzada de melancolía asciende en mi interior, pero no quiero darle espacio.

Mi vida de antes ya no existe. Incluso cuando el trabajo me lleve de vuelta dentro de poco, haré todo lo posible por saborear mi tiempo allí.

Y quién sabe, quizá hacerlo junto con Florian lleve nuestra relación a otro nivel. De buena a extraordinaria.

Alargo la mano hacia la lista interminable de tareas para ver qué queda por hacer. Ninguno de los puntos pendientes me resulta atractivo. Prefiero mil veces dejar que el día me lleve adonde quiera y hacer lo que me apetezca.

Sentir un poco de esa libertad que Vico adora tanto.

Un poco de la sensación de que todo es posible .

Sin querer, mis pensamientos vuelven a la aventura de la tirolina y a la sensación de liberación que sentí. Quizá Vico no sea la causa de este revoltijo de emociones. Tal vez sea mi nueva forma de mirar la vida la que me hace sentir que puedo alzar el vuelo.

La idea me dibuja una sonrisa. Si es así, significaría que mi felicidad está en mis propias manos. Antes de que pueda profundizar en ese pensamiento, alguien llama a la puerta del dormitorio.

Vico asoma la cabeza.

—¿Qué hay en el programa de hoy? —pregunta con tono contenido, señalando con la barbilla mi lista de tareas.

No puedo evitar arrugar la nariz.

—Uf, esta cosa insoportable.

De pronto, su expresión cambia; se relaja y se vuelve curiosa.

—A mí tampoco me gusta —dice guiñándome un ojo, mientras se apoya con naturalidad en la cómoda a mi lado—. Pero hay que ir marcando las casillas, no queda otra, ¿no?

¿Lo dice en serio? Desde que vio las instrucciones de Florian, las mira como si estuvieran envenenadas. ¿Y ahora me recuerda lo importantes que son?

—¿Estás borracho? —se me escapa.

Su risa devuelve la ligereza que no había sentido desde mi llamada con Florian ayer.

— Certo che no! —dice, fingiendo ofensa—. Pero parece que tú sí te has tomado algo.

—Solo pastillas para la migraña, nada más —respondo, sonriendo simplemente porque él me sonríe.

Y noto que me cuesta muchísimo resistirme al entusiasmo que me envuelve ahora mismo.

Con ímpetu, lanzo la lista a la cama y, de golpe, el dolor de cabeza se esfuma como humo—.

Hagamos algo emocionante —suelto. Me dejo llevar por el impulso, y la idea me parece maravillosa.

Quién sabe cuándo volveré a tener una oportunidad así, una vez que esté atrapada en la rutina del trabajo. Solo me quedan cinco días.

— Oookay . Su expresión es tan deliciosamente desconcertada que suelto una carcajada—. Lo que sea que tengas en mente, cuenta conmigo.

Me doy golpecitos en los labios con el dedo y alzo la vista al techo, fingiendo que lo medito a fondo.

—Claro, no debería ser peligroso —digo.

—Claro que no —me imita con cariño.

—Pero un poco de adrenalina no me vendría mal —añado, clavando la mirada en él. Siento tanta curiosidad por ver cómo reacciona que mi propia emoción empieza a crecer.

Pone cara de haber visto un fantasma. Pasan unos segundos antes de que incline la cabeza a un lado.

—Y un poco de libertad tampoco ¿verdad?

Oh, sí, sin duda. Asiento con firmeza, satisfecha al notar que la voz de mi madre dentro de mí se queda en silencio.

—Eso sería genial.

—Ven conmigo.

Sonríe, me toma de la mano y me guía fuera de la habitación. La lista de tareas se queda donde está. Tampoco voy a necesitar la cámara.

Hoy no. Hoy me pertenece solo a mí.

De la mano, cruzamos el patio y seguimos hasta la casa de Camilla. Igual que hacía casi dos semanas, Vico abre la puerta del jardín y la Vespa roja, reluciente, me llama con sus faros.

Da un paso hacia la moto y le da unas palmaditas al asiento de cuero color crema.

—No es demasiado peligrosa, ofrece un poco de adrenalina y nos dará mucha libertad. Imposible mejorarlo.

Por la expresión que pone, sé que no se cree que de verdad vaya a hacerlo.

Doy un paso más.

—¿Yo detrás de ti?

—Cada uno en la suya —en sus ojos brilla una chispa traviesa—. Iremos hacia el sol y veremos adónde nos lleva.

Tengo que admitir que suena tentador. ¿Y por qué no?

Desde que tengo memoria, me he negado cualquier diversión por miedo a arriesgarme.

Pero millones de personas las conducen todos los días; probablemente no sea más peligroso que conducir un auto.

Y yo sé conducir. Si voy con cuidado, nada tiene por qué salir mal.

Miro alternativamente a Vico y a la Vespa.

—¿Hacia el sol?

Asiente, con las piernas inquietas de pura emoción.

Siento cómo se me encienden las mejillas y el corazón ya me late a toda velocidad. La adrenalina me recorre las venas y me sube por la espalda en forma de cosquilleo.

—¿A qué estamos esperando, entonces? —apenas puedo contener la risa ante su mirada incrédula mientras me acerco a la Vespa—. Vamos, enséñame cómo funciona.

Totalmente concentrado en mí, rodea la moto y se coloca a mi lado.

—¿Quién eres tú? —pregunta, mirándome a los ojos y buscando en ellos una respuesta. Lo hace con tanta ternura que se me encoge el estómago.

En el acto, la risa se me apaga y deja espacio a otra sensación que no debería estar sintiendo.

Anhelo.

—¿Qué dijiste en Spiaggia Bianche? —mi voz suena temblorosa, a punto de quebrarse.

Pero no es porque me asuste montar en la Vespa.

Y creo ver en la mirada de Vico que él también lo entiende—.

Si nunca me permito hacer algo que esté fuera de mi zona de confort, corro el riesgo de perderme tantas cosas.

Alza la mano como si fuera a acariciarme la mejilla. Pero cuando está tan cerca que casi me toca, la retira de golpe.

—Muy cierto —responde, y luego traga con dificultad—. A veces, quizá, los mismos muros que hemos levantado para protegernos son los que nos impiden ser felices.

De pronto, es como si el tiempo se detuviera entre nosotros. Y estoy segura de que ya no estamos hablando de que yo monte en una Vespa. Quizá ya ni siquiera se trate de mí. Se trata de él. De su herida.

—Puede —susurro, sin aliento—. Pero ¿y si con una maza los derribamos? ¿Y si hacemos lo que nos dicta el corazón? ¿Y si nos dejamos llevar y vemos adónde nos lleva?

—Podría pasar cualquier cosa— su pecho sube y baja con rapidez. En su rostro anguloso hay una expresión casi suplicante. Es como si estuviera luchando consigo mismo.

No lo soporto. Estar tan cerca de él, ver cómo sus labios se curvan en una sonrisa dolida y sentir lo que se agita en lo más hondo de mi corazón.

—Deberíamos… —fuerzo cerrar los párpados, me seco las palmas sudorosas en los vaqueros y pongo distancia entre nosotros.

Nervioso, se revuelve el pelo entre los dedos.

—Empieza tú.

Con una extraña mezcla de alivio y melancolía, cojo el casco del scooter y me lo pongo.

Luego bajo la Vespa del caballete, paso la pierna por encima del asiento y pruebo qué tengo que hacer para mantener el equilibrio.

Vico observa mis intentos, me da algunos consejos y, por último, me enseña cómo arrancar el motor.

En cuanto la máquina ronronea bajo mi cuerpo, la tensión que acababa de levantarse entre nosotros de forma tan amenazadora se desvanece como el humo.

Una gran emoción me recorre por dentro. Y también un poco de miedo.

Pero tengo la certeza de que quiero hacerlo.

Quiero ser imprudente. Salvaje. Y libre. Solo esta vez.

Con cuidado, acelero. Estiro las piernas hacia los lados para poder apoyarme en cualquier momento y empiezo a avanzar. Voy tan despacio que Vico puede caminar a mi lado. Su presencia, saber que está ahí para sujetarme si hace falta, me da tanta seguridad que me atrevo a ir un poco más rápido.

Al instante, la brisa fresca roza mi piel. El pelo y la camiseta se me agitan hacia atrás. Guío la Vespa hacia el camino de acceso. En el retrovisor veo a Vico siguiéndome en el otro scooter. Me levanta el pulgar.

Todo va bien . Quiere decirme eso con ese gesto.

Y tiene toda la razón. Va bien. Se siente bien. Eso es bueno.

Me incorporo a la carretera comarcal, lisa como un espejo. Se extiende recta delante de mí, sin baches ni socavones.

Ha llegado el momento. Allá vamos.

Con decisión, giro el acelerador. El motor bajo mí ruge y, unos segundos después, me invade una oleada tan intensa que no puedo resistirme. La sonrisa se me ensancha y una sensación poderosa me llena el pecho. Es como si pudiera respirar de verdad por primera vez.

Lanzo un grito de alegría. Vitoreo, me empapo de la libertad, trepo por los muros del miedo y alcanzo a ver el mundo que se abre al otro lado.

Rayos dorados se cuelan entre las nubes. El aroma de los campos de lavanda, en plena floración, me envuelve. El viento refresca mi piel ardiente y las vibraciones del motor me recorren el cuerpo en cosquillas. Saboreo cada segundo.

Suelto mis preocupaciones. Y nunca había sentido nada como esto.

El mundo a mi alrededor empieza a dar vueltas. Ante mis ojos bailan puntitos centelleantes. Cada vez aparecen más en mi campo de visión, cada uno con los colores del arcoíris.

De pronto, apenas puedo ver otra cosa que no sean las manchas iridiscentes. Mis sentidos se apagan uno tras otro. Pierdo la noción de qué es arriba y qué es abajo; ya no huelo ni saboreo nada.

Mi euforia se convierte en un chillido agudo. La moto se bambolea como un barco en plena tormenta.

Presa del pánico, me aferro al manillar con todas mis fuerzas.

El mundo se vuelve azul grisáceo.

Como nubes de tormenta.

Están por todas partes.

Un relámpago cegador resplandece. Se lanza hacia mí.

Y al final me golpea de lleno en la cabeza.

Un calor abrasador recorre mi cuerpo. Mis manos se prenden fuego y ya no pueden sujetar el manillar.

El trueno ruge con un estruendo ensordecedor.

Luego, un silencio oscuro me envuelve.