Los colores que deseamos (Amor y otros sueños 3) Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

¿Que no debería haberlo besado de todos modos? ¿Que me aterra lo que he vivido con él aquí? Apenas nos conocemos desde hace dos semanas. Es muy poco tiempo para sentir algo de verdad, si es que siento algo. Además, no tengo ni idea de si a él también se le acelera el corazón cuando estamos juntos.

—¿Por qué estás con Florian? —suspira hondo.

Tiene las manos bien metidas en los bolsillos y fija la mirada al frente, en la catedral hacia la que nos acercamos.

Me tomo un momento porque su pregunta no es fácil de responder. Desde que Florian apareció ayer, no he dejado de darle vueltas. Aún no he llegado a ninguna conclusión.

—Cuando empezamos a salir, yo tenía dieciocho años —empiezo a contarle, no solo por Vico, sino también para entender por fin qué está bien y qué está mal.

Veo cómo aprieta la mandíbula, los músculos tensos.

—Esa no era mi pregunta.

Cierto. Nerviosa, enredo los dedos.

—Creo que nos complementamos bien. Él siempre tiene un plan y sabe qué tenemos que hacer después.

Sin cambiar de expresión, Vico solo me deja ver su perfil.

—O sea, que él lleva la voz cantante.

—Dicho así, suena como si yo no tuviera voz ni voto, pero eso…

—de pronto no puedo seguir. No se me ocurre ni un solo ejemplo con el que demostrarle a Vico que, desde luego, no es así—.

Florian es una persona organizada, algo que no se puede decir de mí —mientras pronuncio las palabras, caigo en la cuenta de que no solo olvidé la estúpida lista en el auto, sino también la cámara.

¿Cómo pude dejar que me pasara otra vez?

De golpe, se detiene y me mira con intensidad.

—Y, sin embargo, tienes un talento increíble —dice, como si me reprochara mis palabras tan críticas conmigo misma.

Puede ser.

—Un talento que no sirve para nada —replico de todas formas, con rapidez, porque en el mundo en el que vivimos la imaginación no cuenta. Números, hechos, ambición: esos son los valores que de verdad importan.

—Si no fuera por Florian, yo habría acabado en la calle. Esa es la verdad.

Me avergüenza admitirlo, pero es la realidad. Sin Florian, nunca lo habría logrado.

Alza las cejas, sorprendido.

—¿Cómo?

Me muerdo el labio inferior y pienso cómo explicárselo. Enseguida me doy cuenta de que da igual. Si quiero ser yo misma, ya no tengo por qué medir cada palabra. Puedo decir lo que pienso, sin más.

—Cuando mi padre murió, mi madre se quedó sola con dos hijos y una enorme cantidad de deudas. Solo teníamos suficiente para comer porque los otros vecinos del pueblo nos ayudaban —digo.

Echo a andar de nuevo para mantener a raya el torbellino que llevo dentro. Aun así, en seguida vuelvo a sentir la vergüenza que me acompañaba día tras día entonces.

Cada vez que tenía que salir de casa con una chaqueta descolorida. Cada momento en que la dueña de la tienda del pueblo me alargaba una tableta de chocolate con una sonrisa llena de lástima.

Hasta entonces, no tenía ni idea de lo que significaba de verdad la pobreza. No es el hambre, ni el frío cuando la calefacción solo funciona en modo de emergencia. Es esa vergüenza aplastante lo que más duele.

Aclaro la garganta para apartar el recuerdo.

—Mi hermano Noah acababa de terminar el instituto y había empezado a trabajar en el equipo de rescate de montaña. Pero su sueldo no alcanzaba, así que tuve que dejar los estudios y empezar una formación profesional.

—Tuvo que ser muy duro para ti —comenta Vico, distraído, enganchando su brazo con el mío.

Niego con la cabeza.

—El colegio no era un lugar agradable para mí.

Era demasiado soñadora, siempre estaba en las nubes, se me olvidaban los deberes y las matemáticas eran como estar atrapada en una sala de espejos.

No estaba hecha para ese mundo. Cuando encontré una plaza de aprendiz en una guardería, casi no me lo llegaba a creer.

Una sonrisa le cruza fugazmente el rostro a Vico.

—Me lo imagino. Allí seguro que valoraban mucho tu vena creativa y podías florecer.

Si él supiera… Durante una fracción de segundo aparece ante mí la cara furiosa de mi antigua jefa, devolviéndome el ramo que había preparado porque no era exactamente como ella quería.

—Fue más bien una tortura—respondo con tristeza, aunque ahora no se trata de eso—. No terminé la formación.

—¿No te gustaba?

Yo nunca pude permitirme ese lujo.

—Me quedé sin dinero —digo distraída—. Tenía diecisiete años y estaba, más o menos, en la calle —claro que podría haberme quedado con Noah, pero eso no habría sido una solución a largo plazo—.

El pueblo donde crecí es pequeño. Intenté encontrar otro trabajo, pero… bueno… la gente me conocía. Sabían que…

Que soy Hanna la Soñadora. Nadie quiere contratar a alguien así.

Pasamos junto a las imponentes estatuas de bronce frente a un museo, pero ni siquiera ellas consiguen distraerme.

—Florian me acogió —suelto al fin, sin ganas de entrar en los detalles de mi búsqueda de trabajo.

Fue muy bueno conmigo, tan desinteresado y generoso, que nunca se me va a olvidar—.

Al principio trabajaba como camarera de pisos en la pensión.

Pero con el tiempo fuimos acercándonos y…

bueno, nos hicimos pareja —me oigo hablar y no suena nada convincente.

Pero así fue. Llegó poco a poco, sin grandes sobresaltos emocionales. ¿Eso lo hace menos valioso?

Por un instante, Vico vacila, como si tuviera que superar algo en su interior antes de hablar.

—¿Le quieres?

A estas alturas sé que no puedo responder a esa pregunta con seguridad.

¿A qué sabe el amor? ¿Qué es lo que hace que un amor sea de verdad?

Lo que Florian y yo tenemos está bien. Y debería estar agradecida de tenerlo a mi lado.

Aunque la idea de una pasión arrebatadora siempre me haya parecido romántica, no es una condición imprescindible para construir una vida juntos.

El amor verdadero, al final, no es más que un deseo. ¿O sí?

Mi corazón se rebela contra este pensamiento racional.

—¿Qué es el amor? —pregunto en voz baja—. ¿Sentirse a salvo? ¿Poder contar siempre el uno con el otro? ¿O es algo más? ¿Algo que va más allá de eso?

¿Podría el amor ser ese sentimiento arrollador que lo cambia todo?

En busca de una respuesta, miro a Vico. Y en sus ojos veo una mezcla de pánico y anhelo.

—¿Qué es el amor? —repito una vez más.

Lo apremio para que responda, sin saber en realidad qué quiero oír de sus labios.

Abre la boca, vacila, suelta el aire con un temblor y vuelve a empezar. Pero justo cuando está a punto de hablar, mi teléfono suena con estridencia y sus labios se cierran de nuevo.