Capítulo 29
Capítulo Veintinueve
Hanna
Saco un plato del escurreplatos del fregadero. La cafetera burbujea.
—¿Quieres mermelada con tus biscotti ? —le pregunto a Florian, que se ha acomodado en la única silla que no parece a punto de venirse abajo en cualquier momento.
—Claro —alza la vista del teléfono—. ¿Cuándo estará listo el café?
Vamos con retraso. Florian tiene que marcharse otra vez en una hora para llegar a tiempo al Tirol.
—Enseguida —respondo deprisa mientras preparo dos tazas.
Al mismo tiempo me pregunto cuándo se instaló entre nosotros este automatismo por el que lo atiendo con tanta naturalidad.
¿Cuándo fue la última vez que hizo algo bonito por mí?
Me ha traído rosas. Fue un detalle muy bonito por su parte. ¿No?
Lleno las tazas con cuidado.
—¿Me ayudas con esto? —pregunto después, sintiéndome otra persona.
Nunca le he pedido que haga nada por mí, pero si quiero cumplir mi propósito de vivir más para mí misma, eso también tiene que cambiar.
Frunce el ceño y vuelve a alzar la vista del teléfono. Le sonrío y señalo su taza de café y el plato con los biscotti. Por un instante, parece que no entiende el mundo, pero luego se levanta de la silla para ayudarme con el desayuno.
—Tengo que hablar con el señor Olivetta. Es importante. Nuestro abogado ha encontrado algunos detalles en el contrato que le han dado mala espina —dice, volviendo a sentarse—. Espero que hable inglés.
No tengo ni idea de si el padre de Vico habla inglés. Aunque se supone que también vive en la finca, nunca lo he visto. Nadie habla de él. Es como un fantasma.
—¿Quieres que te lo traduzca?
—Puedo apañármelas sin problema. Además, estará esa tal Camilla —da un sorbo a la infusión humeante y toma un biscotto.
—Lo entiendo —asiento con convicción, porque es verdad. No hay nada que este hombre no sea capaz de gestionar.
Inevitablemente me pregunto quién no soñaría con tener una pareja así. Mientras le doy vueltas a la idea, me apoyo en la tosca encimera de la cocina con mi taza de café entre las manos.
—Además, he visto que todavía quedan muchas cosas en la lista de tareas.
Intento no hacer caso a su tono de reproche. Sobre todo, porque no estoy segura de está justificado. Tengo que hacerlo todo en una semana y luego volver para ayudar en la posada. Así que no pasa nada si pregunta por la dichosa lista de tareas, ¿no?
—Me pondré a trabajar en cuanto terminemos de desayunar.
Florian da otro bocado y gruñe, satisfecho. Luego salta de la silla, que chirría con fuerza contra el suelo de piedra.
—Ahora sí que tengo que irme. Deséame suerte.
—Mucha suerte —digo, esforzándome por no pensar en lo que su buena suerte puede significar para los Olivetta—. ¿Nos veremos luego?
Por un instante frunce el ceño.
—Tú también estarás ocupada. ¿Se te ha olvidado?
Claro.
Al momento me siento idiota. Instintivamente me doy una palmada en la frente con la mano.
—Perdón, supongo que todavía no he terminado de despertarme.
Se acerca con una expresión suave y me toma la cara entre sus manos cálidas.
—Confío en ti, Hanna.
—Puedes confiar —confirmo deprisa, solo para sentirme un poco mejor.
Asiente.
—Lo sé —sus labios buscan los míos apenas un segundo—. Te voy a extrañar.
Debería decirle lo mismo, pero en lugar de eso resto importancia al momento con un gesto de la mano.
—Solo van a ser unos días.
—Aun así, no veo la hora de volver a estar juntos —dice en voz suave y vuelve a besarme.
—Tu cita —murmuro contra sus labios. Tengo la sensación de que debería ser más cariñosa. Debería demostrarle lo importante que es para mí, que no soporto la idea de separarnos en unos segundos. Pero algo dentro de mí se resiste.
La parte de mí que, sin motivo, no deja de pensar en Vico.
—Cierto —se aparta. Con expresión inquisitiva, me acaricia la mejilla por última vez.
¿Habrá notado en qué estaba pensando hace un segundo?
—. Nos vemos la semana que viene. Volveré aquí una vez más.
Así podremos pasar unas horas juntos en la finca —dice con tanta añoranza que me siento aún más avergonzada de mis sentimientos incontrolables.
Florian es un gran hombre. Una pareja atenta y alguien en quien siempre puedo confiar. ¿Y yo qué hago? Pongo en duda cada una de sus palabras y cada uno de sus gestos. Me obsesiono tratando de averiguar si de verdad estamos hechos el uno para el otro.
Y todo por culpa de un hombre al que solo conozco desde hace dos semanas.
Es una locura. Y es completamente injusto para Florian.
—Por fin volveremos a estar juntos todos los días —añade con una expresión radiante.
El hecho de que no tenga ni la menor idea del torbellino que llevo dentro me encoge aún más el estómago.
—Genial —respondo a toda prisa, forzando una sonrisa.
Veinte minutos después, estoy plantada delante de la furgoneta Volkswagen de Vico, insegura, cambiando el peso de un pie al otro. La mirada que me lanzó ayer, antes de darse la vuelta y marcharse sin decir una sola palabra, está mucho más nítida en mi mente que la belleza de la finca que me rodea.
Sería mejor no llamar a esa puerta. No deberíamos pasar más tiempo juntos. Y, sin embargo, aquí estoy, mirando el tirador plateado y reluciente de la puerta corredera bajo la luz del sol.
No pude resistirme. Una parte de mí necesita respuestas. Tengo que averiguar qué hay entre nosotros. Tal vez solo lo sienta yo. Quizá no sea más que una chispa efímera, encendida por este entorno idílico y el ambiente de vacaciones.
Con un chirrido, la puerta empieza a moverse. Vico aparece ante mí, el pelo hasta los hombros recogido en la nuca.
—Hanna —dice, mirándome como si fuera un fantasma.
Alzo la mano.
—Eh… esto…
Genial, ahora resulta que me he quedado sin palabras.
Él termina de abrir la puerta, baja de la furgoneta y echa un vistazo alrededor.
—¿Se ha ido?
No consigo deducir nada por su tono.
Asiento brevemente y bajo la mirada. Como si no tuviera ya suficiente culpa con Florian, ahora también me siento mal por Vico. Porque me doy cuenta de que no soy inocente en esta situación tan extraña. Una y otra vez he sido yo quien ha dado un paso hacia él.
—Bien —responde con sequedad—. Vamos a dar una vuelta.
No está enfadado.
Si sintiera algo por mí, debería estarlo después de verme ayer con Florian, ¿no? Quizá me haya imaginado por completo que había una chispa entre nosotros.
—¿Qué vamos a ver? —pregunto, confundida.
Su sonrisa me deja las rodillas flojas sin motivo aparente.
—Conozco un lugar que seguro te va a gustar.
Ni se me pasa por la cabeza preguntarle qué es.
Solo me siento aliviada de poder alejarme de aquí.
Pasear a solas con Vico sabiendo que Florian está cerca me resulta raro.
Incluso ahora, mientras va sentado a mi lado y nuestros antebrazos casi se rozan, mis emociones suben y bajan como en una montaña rusa.
Culpa. Y deseo.
Todo se mezcla y hace que el corazón no deje de latirme de forma irregular durante todo el trayecto. Como siempre, Vico no revela adónde vamos, pero, a diferencia de otras veces, no me molesta en absoluto. Incluso estoy ilusionada, porque sus sorpresas nunca me han decepcionado.
Vico trastea con la radio y enseguida la voz de Umberto Tozzi llena los altavoces. Me uno y, con cada estribillo, noto cómo la música calma el desasosiego que llevo dentro. No pasa mucho tiempo antes de que esté cantando a pleno pulmón.
Tras una hora de viaje, llegamos a un pueblecito con un aire cargado de historia. Vico me dedica una sonrisa expectante.
—¿Lista?
No puedo evitar devolverle la sonrisa, porque a su lado todo parece más fácil y sencillo. Disfrutar de la vida con él me sale de manera natural. Y eso es lo que quiero. Esta sensación es demasiado hermosa como para no saborearla.
—Por supuesto.
Dejamos el auto atrás y caminamos hacia el corazón del pueblo.
—Esto es Pietrasanta, el centro artístico de la Toscana —me explica Vico por el camino.
Dos enormes esculturas con forma de rostro se alzan ante nosotros, colocadas con maestría junto a un antiguo olivo.
Sus superficies rugosas encierran una belleza impresionante.
Al instante, una melodía a juego resuena en mi interior.
Me dejo llevar por el ritmo y dejo que la mirada vague sin prisas.
—Vaya, son magníficas.
—Y hay muchas más —dice, sonriendo con un calor que parece disfrutar de mi propio entusiasmo. Luego me toma de la mano y me arrastra con él.
Nos adentramos en un callejón flanqueado por estudios y talleres de arte.
Descubro esculturas de mármol de curvas elegantes, creaciones de metal que parecen fundirse con los árboles y figuras de piedra llenas de gracia.
Con cada nuevo hallazgo me siento más feliz.
Incluso dejo que mi imaginación se desboque.
Mezclo distintas obras en mi mente y escucho la música que despiertan en mi interior.
Ante mi mirada interior, empieza a formarse un mundo nuevo. Todo parece posible.
Con mi mano firmemente sujeta en la suya, siento que respiro la historia de este pueblo de corazón medieval y arquitectura majestuosa. Una inspiración que nunca había sentido me llena por completo.
—Es maravilloso. Gracias por traerme aquí —digo, alzando la vista hacia él y encontrándome con su expresión suave.
Su pulgar acaricia la palma de mi mano.
—Me alegro de que te guste.
Sería mejor retirar la mano. Porque, pese a todo, sé que esto no está bien. No deberíamos tocarnos más hasta que yo aclare lo que siento, hasta que entienda estas emociones confusas. Así que reúno valor y suelto sus dedos.
Al instante, él da un paso atrás.
Aunque en realidad no quiero hablar de ello, siento que le debo una explicación a Vico.
—No sabía que iba a venir.
Sus chanclas gastadas chasquean contra el pavimento a cada paso.
—Fue…
—…muy sorprendente, tienes razón —termino su frase—. Yo…
Dios mío, ¿qué se supone que debo decirle a Vico?