Los colores que deseamos (Amor y otros sueños 3) Capítulo 19
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Capítulo 19

Capítulo Diecinueve

Hanna

Nerviosa, hago girar entre las manos el álbum de fotos de los Olivetta.

No puedo creer que lo haya hecho. Pero cuando Vico se fue, no me resistí a volver arriba para ir a por él.

Lo limpié con cuidado de polvo, telarañas y suciedad, hasta que volvió a brillar la inscripción dorada, aunque dejé intactas las esquinas roídas.

No me corresponde hojearlo y tampoco tengo intención de hacerlo.

Solo quería cuidarlo. Si se hubiera quedado ahí, quizá se habría perdido durante las obras.

Probablemente está lleno de recuerdos preciosos que merecen un lugar especial.

No para Vico, que seguramente valora muy poco a la familia. Pero quizá para Camilla, a cuya casa me dirijo ahora mismo.

La encuentro en el columpio a la sombra del bungalow. Se abanica con una revista y su vientre parece haber crecido todavía más.

—Hanna, qué detalle que hayas venido —dice, haciéndome señas para que me acerque—. Es terriblemente aburrido estar aquí sentada sin más —añade, y sus mejillas sonrosadas se alzan.

Instintivamente, escondo el álbum a la espalda y me siento a su lado sobre el cojín de rayas verdes y blancas del columpio.

—¿Cómo están los bebés?

—Creo que están bien —se acaricia la barriga con ternura.

Es una noticia estupenda.

—Debes de estar muy ilusionada —digo.

—Sobre todo, tengo ganas de volver a ver mis piernas —una carcajada clara se le escapa de los labios, luego la mirada se le suaviza—. Me muero de ganas de tener a los dos pequeñines en brazos.

No puedo evitar tragar saliva. No hay nada más hermoso que una familia estable, en la que todos se apoyan y se mantienen unidos.

Desde mi desastroso incidente en la escuela, he anhelado algo así.

Pero el modo en que mi madre empezó a avergonzarse de mí cambió nuestra relación.

Y como me negué durante demasiado tiempo a renunciar a mis ensoñaciones, nos fuimos distanciando hasta casi dejar de conocernos.

No debería recrearme en eso ahora, así que me obligo a sonreír.

—¿Cuándo es el gran día?

—Dentro de tres semanas. Pero espero que se adelanten un poco —alarga la mano hacia el vaso de la mesita y da un sorbo—. ¿Quieres tú también algo de beber?

Niego con la cabeza, deprisa. Debería descansar en lugar de hacerme compañía.

—Quería hablar contigo de algo. Al fin y al cabo, he venido por un motivo concreto.

Frunce el ceño.

—¿Vico te ha vuelto a dejar tirada?

—No te preocupes, él…

¿Cómo describirlo? Lo primero que se me ocurre es esa mezcla tan atractiva de desapego y espíritu libre. Por supuesto, es una tontería.

—Lo está haciendo muy bien —digo. Antes de que pueda responder, saco el álbum—. Ha encontrado esto.

Por un momento se queda inmóvil, luego, con una sonrisa llena de ternura, alarga la mano hacia el álbum. Con cariño, su dedo recorre la inscripción.

—¿Dónde estaba? —susurra con reverencia.

—Arriba. El penúltimo cuarto a la derecha del pasillo.

Mientras hablo, gira la cabeza hacia mí.

—¿Vico entró en ese cuarto? —me mira, incrédula—. Increíble —murmura tan bajo que apenas la oigo.

Ahora debería preguntarle. Pero su expresión melancólica me detiene.

—Pensé que te gustaría tenerlo. Para que te trajera recuerdos.

De pronto, se le llenan los ojos de lágrimas.

—Sí. Gracias, Hanna. Esto de verdad… —aprieta el álbum contra el pecho, mientras las lágrimas le resbalan por las mejillas.

Me acerco más a ella y la rodeo con los brazos.

—Lo siento. No quería…

—Tranquila —acierta a decir, seguida de un largo suspiro—. No es culpa tuya.

Sin saber qué hacer, le acaricio la espalda hasta que se calma un poco.

—La familia es muy importante para ti. Lo entiendo mejor que nadie.

Asiente contra mi hombro.

—Es lo primero. Al final, nuestras raíces son las que nos definen.

—Como esta finca, que es una de tus raíces.

Me duele decirlo porque, de pronto, sé que es verdad. Nadie aquí quiere hacerme daño. Debería fiarme más de mi instinto que de los temores de Florian y no ser tan desconfiada.

—¿Por qué quieres vender tu casa?

—No queremos —responde con la voz temblorosa—. Tenemos que hacerlo.

Oigo cuánto la atormenta ese hecho. Lo veo en su expresión. Y lo siento en mi propio corazón. Ya durante aquella cena noté la profunda tristeza que las hermanas llevan dentro. Ahora, por fin, sé con certeza lo que significaban sus miradas silenciosas.

—¿Por qué ninguna puede salvar la finca? —pregunto, pero no para ir a contárselo a Florian.

Lo que más deseo es que esta familia pueda continuar con su tradición. Camilla se deshace de mi abrazo y pone el columpio en movimiento. Su mirada se pierde a lo lejos, sobre los prados altos y los cipreses que se alzan en el horizonte.

—Todas tenemos obligaciones que lo hacen imposible —responde.

Asiento, distraída. Vico también lo insinuó.

—Tú tienes a tus bebés. Dentro de poco te tendrán tan ocupada que no te quedará tiempo para nada.

—Además, Pietro lleva mucho tiempo insistiendo en que nos mudemos a su pueblo. Quiere estar más cerca de su familia, y también sería mejor para los pequeños.

Se acaricia el vientre con delicadeza.

Por supuesto. Un embarazo de mellizos es todo un reto, y aquí no tiene a nadie. Sus hermanas viven en otros lugares, su padre está enfermo, su madre murió. Y su hermano…

—Alessia es nuestro genio. Algún día habrá desarrollado un tratamiento contra los tumores cerebrales y ganará el Premio Nobel por ello —en su voz vibra el orgullo—. No puede renunciar a ese sueño —Camilla acaricia la tapa del álbum.

—Lo entiendo —digo, y de verdad lo siento así. Sé lo que es tener que sacrificarse una y otra vez, porque durante años no he hecho otra cosa. Puede que una aprenda a conformarse, pero nunca es realmente feliz.

Exhala en un suspiro forzado.

—Aurora no sabe nada de agricultura. Ninguna planta ha sobrevivido a su cuidado más de dos semanas.

—¿Y Vico?

Él podría quedarse aquí. Es libre, o al menos eso afirma.

—Se suponía que algún día se haría cargo de la finca —alza los hombros con tristeza y deja que la mirada se pierda—. Pero nada de esto tiene valor para él —a Camilla vuelven a correrle lágrimas por la cara mientras contempla la nada—. Incluso, creo que se alegra de que se venda.

Busco un pañuelo en los bolsillos, pero no encuentro ninguno.

—¿De verdad crees que la familia no significa nada para él? —no debería preguntarlo, y menos con un tono tan esperanzado.

Se encoge de hombros.

—Yo no lo creo.

¿Acabo de decir eso en voz alta? ¿Y con una convicción que no debería tener?

Sorprendida, me mira.

—¿Ha dicho algo?

—No exactamente.

Pero quiero pensar que detrás de su fachada hay más de lo que nos muestra. Porque a veces, cuando cree que nadie lo ve, se le cruza por la cara una expresión melancólica. Añora algo y, por supuesto, no sé si en realidad se trata de la familia.

—A Vico no le gustan los lazos. Ni con las personas, ni con las cosas. Quiere ser libre. Independiente.

Se seca las lágrimas de las mejillas.

Siento un pinchazo en el pecho que no debería estar ahí.

—Pero lo más importante que tienes que saber sobre Vico es que le quiero. Muchísimo.

—Y seguramente es por eso que no lo obligarás a renunciar a su libertad —termino la frase por ella.

Camilla es una mujer muy fuerte. La miro de reojo, observo sus pómulos marcados, sus manos firmes y la expresión rota que delata su postura. Haría cualquier cosa por su familia, aunque eso signifique que ella deba pagar por ello.

—¿Qué piensan Alessia y Aurora de todo lo que ha pasado aquí en los últimos años?

De pronto, me mira directamente. Pasan unos segundos sin que diga nada. Luego carraspea.

—La muerte de nuestra madre nos afectó profundamente, pero aprendimos a vivir con ello. Desgraciadamente, ahora estamos perdiendo nuestro hogar. El lugar al que creíamos que siempre podríamos regresar si nos perdíamos en la vida.

Ahora soy yo quien también lucha contra las lágrimas. Lo que está pasando aquí no está bien. La venta. Y la ruptura definitiva de la familia que traerá consigo. No está bien.

—¿No se puede hacer nada? —susurro, impotente, mientras la miro a los ojos.

En lugar de responder, se limita a negar con la cabeza.

Una noche después, el gesto de Camilla sigue rondando en mis pensamientos. Me cuesta apartarlo, pero me obligo a hacerlo.

Florian me ha encomendado una tarea. Confía en mí. ¿Qué clase de pareja sería si lo decepcionara? Además, también es mi objetivo, la razón por la que estoy luchando aquí. Ya no tendremos preocupaciones económicas. Estaremos a salvo. ¿No vale la pena el esfuerzo?

¿No lo vale?

Aunque afuera todavía está oscuro, me levanto de la cama y guardo mi cámara.

Dicen que las fotos más hermosas se toman con la luz suave del amanecer, así que no tengo otra opción.

Mis imágenes deben impresionar a Florian.

No solo a él. También a nuestros futuros huéspedes; deberían desear venir a la Toscana de inmediato.

Una punzada de amargura me recorre mientras me ducho y me visto. La idea de que pronto nada en este edificio será como antes me entristece.

Hago todo lo posible por ignorarlo y, por fin, salgo con todo mi equipo.

El tenue amanecer ya se insinúa en el cielo. Cruzo el patio. Solo se oye el crujido de la grava bajo mis pies y el alegre gorjeo de los pájaros mientras avanzo por el largo camino de entrada hasta llegar al lugar donde Vico aparcó su furgoneta Volkswagen.

Doy unos golpecitos suaves en la ventanilla, pero dentro no hay movimiento.

—¿Vico? —vuelvo a llamar.

De pronto, su rostro anguloso aparece en la ventana. Abre la puerta y, solo entonces, me doy cuenta de que solo lleva puestos unos bóxers. Vaya torso…

—¿Pasa algo? —pregunta, intentando en vano domar su pelo revuelto.

Se le marcan los músculos de los hombros.

Aparto la mirada enseguida. Tengo que concentrarme.

—Habíamos quedado en hacer fotos.

—¿Cómo?

¿Se le ha olvidado?

—Ayer hablamos de que hoy empezaríamos temprano —añado, insegura por la expresión confundida de su cara.

Entorna los ojos hacia la oscuridad a mi espalda.

—¿Ahora? ¿En serio?

—En internet dicen que...