Capítulo 17
Capítulo Diecisiete
Hanna
Ha vuelto a pasar. Otra vez he perdido el control. Y eso no es todo.
Vico lo vio.
Sabe que me he quedado absorta en mis pensamientos.
—¿Vas a contarme en qué estabas pensando?
Su mano se alza y, por una fracción de segundo, estoy segura de que va a acariciarme la mejilla. Pero no pasa nada de eso.
Apretándome con fuerza el antebrazo con las uñas, niego con la cabeza. Nadie puede saberlo. Y mucho menos él.
—¿Por qué no?
Da un paso hacia mí y me mira con curiosidad genuina.
Hay algo en esa mirada que me hace dudar un instante. No sé qué es, pero siento que una parte de mí empieza a ceder.
—No pasa nada ¿no? —pregunta en voz baja mientras da otro paso. Luego su expresión se suaviza—. No lo creo.
No debería hacer eso. No debería hacerme sentir que mis ensoñaciones están bien. Porque, desde luego, no están bien.
Son ridículas, nada más.
Mi mirada vuelve a Vico, que ahora está tan cerca que puedo sentir su calor.
Sigue mirándome, y ahora incluso asiente.
¿Cómo reaccionaría si le explicara que la habitación destartalada se había transformado ante mis ojos en un dormitorio de ensueño?
Que veía cortinas vaporosas, de un delicado amarillo limón, enmarcando las ventanas.
Que sabía qué cuadros debían colgar sobre la cama con dosel de hierro forjado y que una cómoda shabby chic con un candelabro y un cuenco de fruta fresca le daría a la estancia un aire acogedor.
Todo era tan real para mí que incluso podía oler las manzanas.
Muchas veces tuve la sensación de que Vico era distinto a cualquier persona que hubiera conocido. ¿Y si pudiera entender un poco mis sueños?
Podría arriesgarme. Y averiguar si de verdad es diferente o si hasta ahora solo me lo había imaginado.
—Está bien si no quieres contármelo —dice, aumentando aún más mi confusión. Pero su expresión sigue atenta, como si temiera perderse algo—. Pero me haría ilusión saberlo.
No puedo. Por mucho que quiera compartir mi secreto con él, no puedo. Se va a reír de mí, como hicieron todos los demás antes.
—Solo estaba distraída, nada digno de mención —digo a toda prisa, bajando los párpados. Por mucho que deteste la lista, al menos ahora me ayuda a concentrarme. ¿Qué se suponía que tenía que anotar de las habitaciones?
Mientras busco las instrucciones a la desesperada, casi puedo sentir la mirada de Vico clavada en mí.
Por favor, no digas nada. Déjalo estar.
—No sé… Parecía que pasaba algo más que…
El tono de mi teléfono lo interrumpe. Con una sonrisa de disculpa, saco el móvil del bolsillo. En cuanto veo quién llama, la realidad me golpea de lleno.
Siento como si hace un instante hubiera estado ebria y ahora volviera a estar sobria.
—Es Florian. Tengo que contestar —murmuro y me doy la vuelta para irme, de modo que Vico no pueda escuchar nuestra conversación. No sé qué tal habla alemán, pero tengo la sensación de que a Florian no le haría gracia de todos modos.
Cuando llego al rellano, descuelgo.
—Hola, mi amor. —la voz de Florian suena cansada y su larga exhalación me dice que hay algo que le preocupa.
Esto no puede ser bueno.
—¿Hay algún problema?
—No —responde enseguida desde el otro lado de la línea, pero noto que no está siendo del todo sincero.
¿Por qué? ¿De qué intenta protegerme? ¿Tiene problemas para conseguir el crédito o la becaria sigue desbordada? De inmediato me invade la culpa. Me doy cuenta de que, desde nuestra última llamada, casi no he pensado en él ni en las dificultades a las que se enfrenta en casa.
Claro que me extraña. Al fin y al cabo, la gestión de la posada lo mantiene ocupado y apenas le deja tiempo para otras cosas. Y sin mi apoyo, tiene que cargar él solo con todo el peso de las responsabilidades.
—¿Cómo va todo con Natalie? —pregunto con cautela, procurando no agobiarlo. No quiero que piense que dudo de que pueda arreglárselas sin mí.
Carraspea.
—Se está adaptando bien —responde con una contención demasiado evidente—. Pero no te llamo por eso. Te llamo por las fotos de esa playa que me enviaste ayer.
Automáticamente, enderezo la espalda.
—¿Sí?
—Son… —Uy. No le gustan y ahora no sabe cómo decírmelo. Quizá debería terminar yo la frase por él.
—¿No son lo bastante buenas?
—A ver, veo que te has esforzado. Pero no puedo usarlas para el folleto promocional ni para la página web —teclea frenético al fondo, como si estuviera estresado y haciendo varias cosas a la vez.
—Lo siento —murmuro, apretando los labios mientras me apoyo en la fría pared de piedra del pasillo y sostengo la cabeza con la mano. Después de todo lo que ha hecho por mí, no puedo fallarle.
—Acabo de mandarte unas imágenes de muestra. Necesitamos algo parecido —insiste Florian.
Mientras reviso las fotos de mi bandeja de entrada, veo playas interminables y anchas, con sombrillas blancas y matas de hierba que se inclinan hacia la luz tibia del atardecer.
Hay tomas detalladas de una zona de piscina con mucho estilo, niños que saltan entusiasmados en camas elásticas y una pareja que se mira a los ojos con adoración, con el telón de fondo romántico de un viñedo.
—¿Qué te parecen? ¿Crees que puedes conseguir algo así? —pregunta Florian mientras, al pasar las imágenes, siento cómo se me revuelve el estómago de inquietud.
Estas fotos las tuvo que hacer un profesional, y la gente que aparece parece sacada de una agencia de modelos. ¿Cómo se supone que voy a estar a la altura?
—Es muy importante, Hanna. Si la promoción no la hacemos bien, la ampliación no va a funcionar —dice Florian con un tono razonable—. Las imágenes serán lo primero que vean los posibles huéspedes.
—Claro —respondo—. Quizá deberíamos…
—Ya se te ocurrirá algo —me corta antes de que pueda sugerir contratar a un fotógrafo.
—Sí —asiento, como si intentara convencerme a mí misma también—. Me las arreglaré. Buscaré información en internet. Seguro que hay trucos para hacer fotos así de espectaculares. Y si eso no basta, recrearé las imágenes tan fielmente como pueda.
Intento sonar más segura de lo que estoy. No dejo entrever que no tengo del todo claro que vaya a lograrlo. Florian no necesita preocuparse.
—Gracias, es una buena idea. Estoy seguro de que lo conseguirás —dice con un tono que pretende ser alentador, pero en el que late una presión soterrada. Una vez más, percibo que hay problemas de los que me protege.
—Te mandaré fotos nuevas para el fin de semana —le aseguro, aunque menos convencida de lo que dejo traslucir. Nuestra seguridad económica, la que por fin tendremos con la finca, será la base para formar una familia, eso que llevo tanto tiempo anhelando.
—¿Y por lo demás cómo va todo? ¿Han estado ya los obreros por allí? Y, sobre todo, ¿has averiguado si podemos confiar en los vendedores? —ha vuelto a ser el hombre concentrado y decidido de siempre, con la voz cargada de un fervoroso afán de más.
—Voy a ponerme hoy con ello —respondo. Siento que debería contarle los motivos de la familia Olivetta para vender y la extraña forma en que reaccionó Vico cuando, hace dos días en Spiaggia Bianche, le pregunté por qué ninguno de los hijos quería hacerse cargo de la finca. Pero algo me frena.
—Bien. El tiempo se nos echa encima, ¿sabes? —insiste—. En nada se acabará marzo. La venta tiene que estar cerrada a mediados de abril.
Cierto. Por un momento lo había olvidado. Debería intentar volver a hablar con Camilla. Quizá así por fin entienda cuáles son los motivos de la familia Olivetta.
—El reloj no se detiene. Entendido —contesto, incómoda. Para colmo, la cara de Vico se me aparece ahora en la mente. Me sonríe con un anhelo tan intenso que, de repente, el corazón me pesa en el pecho.