Los colores que deseamos (Amor y otros sueños 3)
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Prólogo
Hace ocho años
Hanna
A veces, el susurro del viento entre las hojas del abedul suena como música. A mi lado, las corolas de los narcisos brotan entre los primeros tallos verdes y frondosos del césped, resplandeciendo con un tono amarillo tan intenso que parece eclipsar todo lo que las rodea.
Como hoy. Aunque la primavera apenas empieza a obrar sus milagros, mientras avanzo por la orilla del camino ya alcanzo a ver cómo cambiará la naturaleza en las próximas semanas.
Veo asomar las primeras hepáticas, los delicados brotes que se forman en las ramas de los manzanos. El olor a hierba recién cortada me llena la nariz y el sabor de las fresas maduras al sol permanece en mi lengua.
En mi imaginación, echo a andar por un sendero.
Me sumerjo en un mundo nuevo, deambulando entre huertos y parterres de bayas que brotan de la nada ante mi mente, y paso junto a una terraza de pino bañada por el sol.
Aún se ve solitaria, pero pronto las margaritas alzarán nuevos tallos.
Sus flores blancas y amarillas se acurrucarán contra los postes de madera y el aroma de la lavanda llegará a la nariz de cualquiera que se siente en esas rústicas sillas para que el sol primaveral le caliente el alma.
Puedo imaginar todo esto y mucho más. Allí al fondo, donde el arco de rosas marca la entrada a un sendero oculto, sería el lugar perfecto para hacer un estanque con peces, nenúfares y juncos bordeando la orilla, donde hasta las almas más inquietas podrían encontrar la calma.
Un lugar de poder.
Un lugar donde cada uno pueda ser como es.
—¡Eh! —grita alguien a lo lejos.
No, todavía no . Quiero quedarme un instante más en este lugar de ensueño.
—¡Cuidado, estúpida!
El rugido estruendoso de los motores hace añicos la cúpula de cristal de mis pensamientos, como un mazazo. Emerjo entre los restos de mi sueño y parpadeo una y otra vez para volver a la realidad.
Trato de orientarme, mirando alrededor. Estoy de pie en medio de la carretera, con una caja de cartón en mis brazos. Asoman las cintas deshilachadas de mi delantal y las esquinas gastadas de una fotografía.
Justo delante de mí distingo tres motocicletas, con cinco personas, chicas y chicos. Aunque sus rostros están ocultos tras visores oscuros, por la ropa se nota que deben de tener más o menos mi edad.
—¿Eres tonta o qué? —Me llega una risa llena de desprecio—. ¿Por qué no te quitas de en medio?
Solo ahora me doy cuenta de que no estoy simplemente en la carretera, sino justo en medio. El pulso se me dispara al instante y se me humedecen las palmas de las manos. Aprieto la caja contra el pecho y echo una mirada a las motos.
—¡Es una mendiga! —grita la chica del pelo rubio alborotado que asoma por debajo del casco—. Nos está bloqueando el paso porque quiere pedirnos limosna.
Su voz me resulta conocida, pero no logro ubicarla.
No, yo no…
—¡Eso es! —se ríe uno de los chicos, con el tono burlón amortiguado por la visera bajada—. Una persona normal no iría vestida con harapos como esos.
Aprieto los labios y bajo la mirada hacia mis zapatillas destrozadas, cuyos cordones rotos sustituí por cuerda de jardinería.
Por el rabillo del ojo veo que alguien se acerca con unos botines de cuero nuevos.
—Espera un momento, la conozco.
Con desesperación intento reconocer la voz.
¿Es Jakob?
Por favor, que no sea él.
Niego con la cabeza y sigo adelante antes de que esto se vuelva aún más incómodo de lo que ya es.
Nunca eres capaz de controlarte, Hanna. No es extraño que te pasen estas cosas.
Ya no sé si es mi voz o la de mi madre la que ruge dentro de mí. Solo sé que dice la verdad.
A estas alturas ya he llegado al arcén, pero las motos que vienen detrás siguen extrañamente en silencio.
Por favor, dejadme en paz , suplico en silencio. Ya es bastante horrible haber perdido la plaza de aprendiz hace menos de una hora. No tengo la menor idea de cómo voy a salir adelante a partir de este momento.
—¡La conozco! —exclama de pronto una voz masculina—. ¡Es Hanna la Soñadora!
Maldición.
Aprieto las esquinas de mi caja de cartón y acelero el paso.
Todo el grupo me sigue entre vítores divertidos.
—Ah, así que en esto se ha convertido —se burla una mujer, probablemente la rubia—. Le pega, ¿no crees?
Lucho con desesperación contra las lágrimas que me suben a los ojos. Porque ahora sé quiénes son esos cinco, aunque todavía no pueda verles la cara.
Jakob, Peter, Maria, Melanie y Laura eran la pandilla más guay de mi antigua clase. Nos veíamos todos los días en el aula y también estuvieron entre el público durante la presentación del proyecto.
Dios, esto no puede estar pasando.
—Menudo sueño estás viviendo, Hanna la Soñadora. Enhorabuena.
En cuanto Jakob escupe esas palabras, los motores empiezan a rugir por fin.
Me atrevo a soltar el aire. Pronto se acabará.
Con la mirada clavada al frente, avanzo a trompicones por la carretera, en dirección a Semmtal.
El rugido de los motores crece.
Y crece aún más.
Pronto me adelantarán. El corazón me golpea tan fuerte contra el pecho que todo el cuerpo me tiembla.
Gritos sueltos se mezclan con el estruendo de las motos.
Contengo la respiración.
Es culpa tuya, Hanna . Si hubieras dejado de fantasear, ni siquiera se habrían fijado en ti.
Las motos pasan tan cerca de mí que, por puro instinto, salto hacia un lado. La caja de cartón sale volando por los aires. Apoyo el peso en el lateral del pie y me tuerzo el tobillo.
Un dolor punzante me atraviesa y me desplomo allí mismo.
Aspiro una bocanada de aire. Los gases de escape de las motos me arañan los pulmones.
A duras penas, me incorporo sobre los antebrazos y levanto la cabeza.
Entonces veo cómo la rubia de la moto se gira hacia mí, mientras el chico al que va abrazada por detrás reduce la velocidad.
—¡Rarita! —me grita a pleno pulmón, dedicándome una peineta.
Luego, por fin, los cinco aceleran y se alejan, dejándome tirada junto a la cuneta. Muy dentro de mí, sé que la chica rubia tiene razón.
Yo soy Hanna la Soñadora.
Y Hanna la Soñadora es un bicho raro.
En este planeta no hay lugar para mí. Mi madre ha intentado hacérmelo entender muchísimas veces, pero yo me negaba a creerlo. Los mundos de mi cabeza eran demasiado embriagadores y los sueños de mi imaginación, demasiado inmensos. Luché, y nunca gané.
No puedo seguir así. Aquí y ahora, por fin tengo que admitir la verdad, me guste o no. Si alguna vez quiero llevar una vida normal, solo me queda una opción: tengo que convertirme en otra persona.