Capítulo 16 #5
La sonrisa de William Wentworth se amplió hasta convertirse en un gesto pícaro.
—Mi amigo Robert Waddell y yo tenemos la intención de fundar un periódico. Él ya tiene experiencia, puesto que fue editor del Statesman durante un tiempo. Hemos traído con nosotros la maquinaria y el equipo necesarios.
George lo miró pensativo y sorprendido. El joven continuó:
—Lo necesitamos, señor. Será un periódico comprometido al que hemos decidido llamar Australian.
En sus páginas defenderemos con todas nuestras fuerzas los principios liberales, como la introducción del juicio con jurado, la libertad de prensa y la elección de los representantes del consejo del gobernador, por ejemplo.
Pero, sobre todo, apoyaremos las políticas del exgobernador Macquarie en relación con los emancipados, políticas que echo mucho de menos.
El gobernador Brisbane no las defendió, y me temo que el nuevo titular del cargo se pondrá, sin remedio, del lado de los «merinos puros».
—¿Qué le hace pensar eso? —replicó George con el ceño arrugado—. No me ha dado esa impresión, aunque he entendido que tiene un plan para reorganizar los distintos departamentos administrativos del gobierno. Y no es que no urja, Wentworth.
—No, juez, urge, en verdad —admitió Wentworth—, pero a las veinticuatro horas de su llegada, el general Darling le dijo a Vance Donaldson, es decir, al capitán Donaldson, del Quincuagésimo Séptimo, a quien acaban de nombrar comandante de la isla Norfolk, señor, que los emancipados debían ser tratados «como una clase inferior de personas a las que nunca se les debe permitir aspirar al reconocimiento social ni al poder político».
Esas fueron sus palabras exactas, según me han dicho.
¡Maldita sea, señor, ni siquiera el coronel Molle llegó tan lejos!
Aquello se contraponía aún más con la impresión que George tenía del nuevo gobernador, pero le preguntó con finura:
—¿Podemos esperar otro pipe en breve?
William Wentworth negó con vehemencia.
—No, juez, estoy forjando un arma mejor para luchar por las causas en las que creo —afirmó con convicción—.
Como acabo de decirle, señor, en el futuro, las columnas del Australian combatirán todas mis batallas en nombre de los desfavorecidos.
Lucharán con ánimo de justicia, le doy mi palabra, pero con el corazón y el espíritu secos y sin miedo a la intimidación, ¡y no me importará quién intente silenciar su voz!
—La expresión de Wentworth se relajó y, como por ensalmo, volvió a sonar juvenil—.
De verdad, es mejor que la travesura de una pipe, ¿no le parece, Su Señoría?
George imitó la sonrisa del joven.
—Me reservaré mi opinión, señor Wentworth —respondió—, pero será un honor para mi esposa y para mí recibirlos a usted y al doctor Waddell en casa, en un futuro próximo.
—Será un placer, juez —le aseguró Wentworth.
Se despidieron en la puerta del despacho de George. Se había hecho una extraña y tácita tregua entre los dos. Pensándolo bien, George decidió que esa tregua se pondría a prueba pronto, ya que William Wentworth parecía muy decidido.
Cuando se reunió con Rachel para almorzar, dos horas después, le dijo:
—Cariño, creo que aceptaré el nombramiento para la judicatura del valle de Hunter, si me lo vuelven a ofrecer, o incluso una comisión itinerante.
Ya he tenido suficiente de Sídney y muy pronto podríamos adquirir tierras en el valle de Hunter.
Ya se van los convictos. A menos, claro está, que tengas el corazón puesto en volver a Ulva.
—No —respondió Rachel, y sacudió la cabeza—.
Ulva estará bien con Aaron y Nelly Finch al mando.
Aún no podemos criar mucho ganado allí. Me gustaría abrir nuevos horizontes, George, y, si quieres marcharte de Sídney, me encantará irme contigo.
—Añadió, con un poco de nostalgia—: Una vez que Will se haya ido, Ulva ya no será un lugar al que añore.
—Luego, al ver la expresión en el rostro de su marido, se acercó y lo cogió de la mano—.
¿Por qué quieres irte de Sídney, querido George?
¿Había sido una reacción instintiva a su entrevista con el nuevo gobernador y su posterior conversación con el joven Wentworth?
, se preguntó George. ¿Era reacio a ponerse en uno u otro lado de la batalla?
La sociedad de Sídney estaba demasiado dividida.
Lo tenían cansado las disputas entre elitistas y emancipados, las rivalidades constantes, los celos y las malas lenguas.
Sentía un vínculo de lealtad hacia sir Thomas Brisbane, porque habían servido juntos, pero el general Darling era un desconocido, y Wentworth y su cruzada solo iban a servir para enardecer la situación actual.
Además, Rachel estaba embarazada de su segundo hijo.
Le acarició el vientre abultado con dedos delicados.
—Anhelo la paz y la tranquilidad, mi amor —le dijo—. Por ti y por nuestros hijos. Y quiero que mi espada se convierta, por fin, en un arado.
Rachel levantó el rostro hacia él.
—Que así sea —respondió en voz baja.