Los cerezos de Central
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Prólogo
Nueva York
Ian Brennan apretaba los dientes y trataba de fundirse con la pared en una oscura esquina del callejón, mientras contemplaba el dantesco espectáculo frente a sus ojos: dos tipos enormes golpeaban a otro sin tregua, y este ya ni se protegía.
Tras la última patada de uno de aquellos gorilas, el hombre dejó de moverse.
Todo había comenzado minutos antes dentro del Ice, un speakeasy del Lower East Side de Nueva York.
Tras una discusión en voz queda con otros dos, un hombre arrancó a cantar a voz en cuello, y los camareros le advirtieron de que callase.
La Prohibición mantenía entre susurros el ocio, ocultos de las autoridades, los locales clandestinos donde se servía alcohol, pero ese desgraciado se había empeñado en llamar la atención.
Desde su posición en el bar, Ian no lo veía bien; la escasa luminosidad desdibujaba los rostros de los clientes, pero concluyó que debía de ser irlandés por la versión de Fields of Athenry que masacraba con su nulo oído musical.
El tipo no había llegado ni al estribillo cuando uno de los matones apareció de detrás de una cortina y, sin más preámbulos, le asestó un primer puñetazo que lo aturdió.
Un silencio espeso suspendió el local en una pausa; apenas se escuchó el ruido de algunas tazas —de las que disimulaban el consumo de alcohol— chocando contra los platillos.
Incluso el humo de los cigarros pareció detenerse en el aire un instante.
Los allí reunidos, la mayoría hombres y una minoría de mujeres, dejaron sus bebidas para no perderse el altercado.
Casi en silencio, como se hacía todo desde la Prohibición.
Qué lejos quedaba la ruidosa fiesta de la última Nochevieja, antes de que entrase en vigor la Decimoctava Enmienda: el entusiasmo, el descontrol, los ríos de alcohol que corrieron como preludio a un tiempo que iba a cambiarlo todo.
La calma extraña en el Ice duró apenas medio minuto, lo que tardó el irlandés en levantarse del suelo.
Tras sentir un calor líquido resbalándole por el rostro, se tocó la cara y después se observó la mano embadurnada de rojo.
Ian pensó que, si hubiera sido un tipo listo, habría recogido su gorra y se habría largado de allí en ese momento, pero parecía solo un hombre envalentonado por el alcohol.
—¿Quieres pelea? —gritó, poniéndose en guardia.
Apretó los puños frente a la cara del matón e inició un baile tambaleante. Este rio. El irlandés, orgulloso, le escupió.
—¡Malditos irlandeses, sois todos unos borrachos de mierda! —dijo el gigante, quitándose de la cara, con la manga, los restos de saliva.
—¡Inmundos escoceses…!
Al borracho no le dio tiempo a decir nada más, porque apareció otro matón y le propinó un puñetazo en el estómago que lo dejó sin respiración y lo dobló por la mitad.
—¡Eh! ¿Se puede saber qué estáis haciendo? —gritó uno de los dos hombres con los que el primero discutía cuando empezó todo. El otro se había desvanecido.
—¡No te metas! —le advirtió uno de los matones con un gesto, antes de desaparecer arrastrando al irlandés hacia la puerta que comunicaba con el callejón lateral.
Algunos clientes se removieron incómodos en la sala, pero ninguno más alzó la voz en una mínima protesta.
Al cabo de unos instantes, la fiesta silenciosa continuó como si nada.
Ian decidió entonces marcharse de allí. Al llegar a la calle, la tibia noche de septiembre lo recibió, y él la saludó con un involuntario escalofrío.
Iba a ponerse en marcha hacia casa cuando escuchó la pelea en el callejón.
Decidió alejarse en dirección contraria, pero no había dado media docena de pasos cuando su maldita curiosidad lo detuvo.
Se volvió y se deslizó hasta un lugar oscuro, a salvo de cualquier mirada.
Sentir curiosidad por el destino del hombre era una actitud instintiva en él; exponerse, algo muy diferente.
Había aprendido de niño que la cautela era la mejor compañera en las calles de esa parte de Nueva York.
Un cuarto de hora después, seguía en aquel callejón, petrificado.
Los dos matones, tras abandonar inmóvil al irlandés, entraron de nuevo en el Ice sin preocuparse de ocultar el cuerpo.
Ian pensó que, desde la distancia, estaba errando su hipótesis y que aquel hombre aún no estaba muerto, solo inconsciente.
Tras meditarlo unos momentos, decidió acercarse, manteniéndose lo más a la sombra que pudo de la tímida luz de las farolas.
No le hizo falta agacharse a su lado para concluir que había perdido la vida: no se movía, y un charco de sangre cada vez más grande enmarcaba su cabeza.
Ian sintió que le faltaba el aire y lo asaltaron unas tremendas ganas de vomitar; quizá lo habría hecho de no ser porque escuchó ruidos procedentes de la puerta trasera del local.
Se movió todo lo rápido que pudo para ocultarse tras una pila de cajas, lejos de cualquier punto iluminado.
Los dos matones se colocaron junto al cadáver mientras encendían un cigarro y mantenían una charla insustancial, ignorando que a sus pies yacía el hombre al que acababan de quitar la vida.
Al cabo de unos eternos minutos, Ian escuchó detenerse el motor de un coche en la calle principal. Hasta el cadáver se acercó un hombre vestido con ropas elegantes, al que fue imposible ver la cara. Ambos matones lo saludaron quitándose las gorras, en un gesto de pleitesía.
—¿Qué hacemos con él? —preguntó uno.
El recién llegado meditó un momento antes de hablar.
—Os dije que no hacía falta ir tan lejos, tarados. ¿Qué ha pasado?
—Se ha puesto a cantar y hemos tenido que callarlo.
Esa era una de las sencillas pero estrictas normas del local: no se podía armar un escándalo que atrajera la atención hacia el negocio. Quien la incumpliera se arriesgaba a no salir bien parado.
—Registradlo.
Los dos matones miraron en los bolsillos del cadáver, y uno de ellos le entregó al hombre elegante algo que brilló un instante, alentado por la luz de la farola más cercana. Un brillo que dejó sin respiración a Ian al reconocer el objeto.
—¡Deshaceos de eso! —resopló el tipo elegante—. Y será mejor que descanse en el fondo del río. Limpiad esto; no quiero problemas.
El hombre se colocó el sombrero y dio un rodeo hacia la calle principal, mientras los dos gorilas arrastraban el cuerpo inerte del irlandés hacia un lugar oscuro, tras unos sacos de basura situados frente a Ian.
Él temió que lo descubrieran, pero no miraron en su dirección.
Cuando desaparecieron, soltó el aire retenido en los pulmones, horrorizado por lo que había visto y por los recuerdos de una tarde, cuando tenía catorce años, a la que aquella escena le había devuelto.
En cuanto se sintió a salvo, se alejó de allí lo más rápido que pudo.