Los asesinatos dominó (Los 4 episodios) CAPÍTULO 71
54%

CAPÍTULO 71

L a noche siguiente, Leo Grimaldi estaba solo en la lujosa terraza de su ático, dando sorbos a un whisky escocés de sesenta años mientras contemplaba el paisaje con la mirada perdida.

El apartamento coronaba un rascacielos de cincuenta y dos plantas de su propiedad, con unas vistas impresionantes de Central Park y Upper Manhattan.

Grimaldi era un hombre atormentado. Un alma perdida.

Nacido en el seno de una de las familias más ricas de Europa, había pasado los primeros treinta y cinco años de su vida despilfarrando activos financieros suficientes para rivalizar con el PIB de un país pequeño. El dinero era su mayor don y su mayor lastre.

En pocas palabras, era incapaz de ganarlo. Su único talento era gastarlo o perderlo.

Cuando cumplió treinta y tres años, su padre le dio dos opciones: vivir exclusivamente de unos ingresos pasivos fijos de un millón de dólares anuales, procedentes de un fondo fiduciario estrictamente controlado, o quedar completamente excluido de la fortuna familiar.

Leo había elegido lo primero, por supuesto.

Durante los últimos diez años, el aburrimiento casi lo había matado.

Intentó mantenerse ocupado coleccionando artefactos medievales, un pasatiempo inspirado por uno de sus tíos en Suiza, también coleccionista, pero acabó cayendo en una seria adicción a la cocaína.

Su familia lo obligó a ingresar en rehabilitación y logró desengancharse.

La siguiente adicción fue el juego: despilfarró millones en las carreras de caballos, pidió dinero prestado a manos llenas que, naturalmente, su familia acabó pagando.

Incluso intentó comprar sus propios caballos y contratar a sus propios jockeys.

Finalmente, se había dedicado a los deportes extremos, con la secreta esperanza de matarse, pero solo había conseguido romperse algunos huesos.

No tenía esposa, ni novia, ni hijos. Satisfacía sus impulsos sexuales con chicas de compañía de una discreta agencia de Manhattan. Pero descubrió que tenía ciertas necesidades que ellas no podían satisfacer.

Durante los últimos años, había sucumbido a la tentación de participar en algunos de los Tours Baltmann, como los conocía el puñado de personas en el mundo que sabían de su existencia.

Las excursiones eran peligrosas, increíblemente emocionantes y bastante repugnantes.

Las cosas que había visto, y en algunos casos aquellas en las que había participado, le provocaban asco después...

y sin embargo, siempre acababa diciendo que sí cada vez que Baltmann lo contactaba para ofrecerle unirse a otro tour.

Ahora parecía que algo había salido terriblemente mal en el último tour en el que había participado.

Un amigo íntimo de Boston le había enviado un mensaje de texto, y cuando volvió a sacar el móvil y lo releyó, sintió la misma inquietud que la primera vez.

Trevor Barclay y Abdul Laghmani han desaparecido. Extraño. Fueron al funeral de Alec y no se les ha visto desde entonces. No sé qué pensar. ¿Alguna idea?

El amigo de Grimaldi no sabía qué pensar porque nunca había participado en uno de los tours de Baltmann. Grimaldi sabía muy bien qué pensar: no hacía falta ser un genio. Primero habían muerto Ethan y Thomas Baylor, luego Alec Holvik, y ahora Trevor y Abdul habían desaparecido.

A Grimaldi le latía el corazón con fuerza mientras estos pensamientos inquietantes le daban vueltas en la cabeza.

Con el teléfono en la mano empapada de sudor, marcó el número del portero nocturno. Hoffman era un Navy SEAL retirado, seleccionado personalmente por Grimaldi para encargarse de la seguridad.

—¿Sí, señor? —dijo Hoffman con su voz áspera.

—Solo quería avisarte de que estés alerta los próximos días.

—Siempre estoy alerta, señor.

Grimaldi esbozó una sonrisa forzada.

—Lo sé, pero acabo de recibir una llamada de un amigo. Me ha dicho que los chiflados ecologistas están alborotados otra vez. Hay muchas protestas en Europa que los están agitando.

La familia Grimaldi era propietaria de docenas de conglomerados de industria pesada considerados una amenaza para el medio ambiente, si no una de las principales causas del calentamiento global.

—Estaré atento —dijo el portero—. No he visto ninguna señal de problemas, solo los pesados de siempre pidiendo donaciones.

Cuando Grimaldi colgó, no se sintió mejor. Por muy discreto que fuera con su vida personal, había formas indirectas de husmear y averiguar su dirección. Y si la gente de las organizaciones benéficas podía hacerlo, cualquiera podía.

Finalmente hizo algo que detestaba: volvió a coger el teléfono y marcó el número de contacto que tenía de Baltmann.