Los asesinatos dominó (Los 4 episodios) CAPÍTULO 66
50%

CAPÍTULO 66

Boston, Massachusetts

E l vuelo de Renata llegó al Aeropuerto Internacional Logan de Boston a las diez y veinte de la mañana siguiente.

Ahora era Emma Porter, de ochenta y dos años, de Gary, Indiana.

Compró el billete de avión en efectivo y llevaba su disfraz completo, con el bastón y los guantes.

Sus suaves y tersas manos de veintidós años la delatarían al instante; ni todo el maquillaje escénico del mundo podría disimularlo.

Tenía que mantenerlas cubiertas en todo momento.

Le costaba un poco acostumbrarse a cómo la trataba todo el mundo: las mujeres le sonreían con dulzura, los hombres se ofrecían a ayudarla sin que sintiera que estaban ligando con ella. Al cabo de un rato, Renata decidió que quizá envejecer no era tan malo al fin y al cabo.

Lo más importante era que nadie la percibía como una amenaza.

Para sus propósitos, el disfraz era perfecto.

Nada más aterrizar el avión, Renata tomó un taxi hasta una empresa que alquilaba coches destartalados a precios de risa. Se quedó con un Toyota de cuatro puertas con veinte años a cuestas. Tenía la puerta del conductor muy abollada y profundos arañazos en el otro lado.

—¿Está segura de que está, eh, en condiciones de conducir? —le preguntó el empleado, mirando el bastón.

Ella le lanzó el carné de conducir.

—Pues claro que estoy en condiciones de conducir. No es un maldito avión, ¿no?

Él examinó el carné y se lo devolvió.

—Necesitaré una tarjeta de crédito.

—No me fío de esos inventos modernos.

—¿Modernos? Las tarjetas de crédito existen desde hace...

—Yo solo pago al contado, jovencito. Es mi única manera de funcionar.

—Eso está muy bien, señora, pero sin tarjeta de crédit...

Ella dejó caer un fajo de billetes de cien dólares sobre el mostrador.

—Si es la fianza lo que te preocupa, ahí tienes tres mil. ¿Te basta?

En cuanto alquiló el coche, Renata condujo hasta un aparcamiento cercano y raspó las pegatinas de la empresa de alquiler del parabrisas y el parachoques.

El siguiente problema era encontrar dónde pasar la noche: como el funeral era a la mañana siguiente, tenía que quedarse al menos una noche en la ciudad.

Aunque acampar le había funcionado bien en otras ocasiones, pensó que una mujer de ochenta y dos años sola en una tienda de campaña llamaría demasiado la atención.

Los apartamentos compartidos siempre se reservaban a través de páginas web que exigían tarjeta de crédito, así que su única opción era un hotel.

Y los únicos hoteles que aceptaban huéspedes sin tarjeta eran los cutres, esos que alquilan habitaciones por horas.

Al final tuvo suerte y encontró un pequeño hotel con albergue juvenil en Cambridge que atendía a estudiantes y a lo que parecía un montón de jóvenes turbios, la mitad de los cuales tenían pinta de ir drogados y de ser capaces de atacarte por conseguir la siguiente dosis.

Incluso con su entrenamiento en artes marciales, no se sentía segura allí.

Después de registrarse, condujo hasta la tienda de excedentes del ejército más cercana y compró un cuchillo de combate de segunda mano.

Era del mismo tamaño y forma que los de goma con los que había estado entrenando.

El arma, de un negro azabache, tenía una hoja normal en un lado y un filo dentado en el otro.

—Esto servirá —le dijo al empleado de cabeza rapada, que parecía un exmarine—. ¿Tiene una funda? Ya sabe, de las que se ponen en la pantorrilla.

Él enarcó una ceja, mirando la larga falda pasada de moda.

—Es para el cumpleaños de mi hijo —dijo ella con una sonrisa dulce.

Él se rio entre dientes.

—Ah, en ese caso, seguro que le encanta.

Lo siguiente que tenía que hacer Renata era alquilar un trastero: era una parte clave de su plan.

Condujo hasta un guardamuebles con acceso para vehículos que estaba bastante cerca del cementerio de Mt. Auburn. Eligió un espacio de metro y medio de ancho por seis de fondo. Como no tenía tarjeta de crédito, tuvo que pagar seis meses por adelantado.

Pasó el resto del día yendo de un mercadillo a otro, comprando cajas de cartón con libros viejos, utensilios de cocina y otras cosas que le servirían de atrezo; luego volvió al guardamuebles y lo cargó todo en el espacio.

Cuando terminó, dejó tres de las cajas de libros en el maletero, junto con otra caja que contenía una aspiradora vieja y varios accesorios.

Renata estaba bien preparada.

Solo esperaba poder dormir bien esa noche.