CAPÍTULO 58
L a tarde siguiente, cuando volvieron a la marina del club náutico y amarraron el barco, toda la tripulación, excepto Holvik, bajó a cambiarse y maquillarse.
Renata se puso un vestido vaporoso verde esmeralda, de largo medio.
La falda tenía un corte discreto, pero con una abertura profunda a cada lado, de modo que hasta la más leve brisa dejaba entrever sus largas piernas… lo justo para atraer miradas.
La verdad es que estaba cansada, igual que el resto de la tripulación. Había soplado un viento inusualmente fuerte en alta mar. Aun así, todas parecían entusiasmadas con la velada.
Cuando todas terminaron de arreglarse y subieron a cubierta, Holvik bajó. Reapareció unos minutos después, impecable, con un traje de verano Gucci y camisa de vestir sin abrochar.
Decidieron ir caminando juntos hasta el restaurante, que estaba a solo dos manzanas hacia el interior.
Renata recogió su bicicleta al llegar a la pasarela.
—¿No tienes coche? —le preguntó Holvik mientras ella la empujaba por el muelle.
—No lo necesito —respondió—. Vivo cerca.
—¿Cuánto tiempo crees que te quedarás este año?
—Oh, al menos hasta que acabe la temporada de regatas. Quiero adquirir toda la experiencia posible.
Él asintió y no preguntó más.
Cuando el grupo llegó al restaurante, Renata reparó en una limusina negra aparcada al otro lado de la calle, con el chófer uniformado esperando atento junto a ella. Holvik se acercó, echó un vistazo por las ventanillas tintadas y luego los guio hacia el interior del restaurante.
Por lo visto, sus amigos ya habían llegado.
El grupo entró en el edificio y subió en el ascensor hasta la cuarta planta, los ocho apretujados dentro.
—Venimos a reunirnos con alguien —oyó Renata que Holvik le decía a la anfitriona. Dio un nombre que no logró distinguir.
La anfitriona consultó la pantalla del ordenador y asintió.
—Síganme.
El grupo avanzó en fila india entre las mesas del abarrotado comedor principal.
—¿Has visto este lugar? —susurró Jitka a su espalda.
Era bastante espectacular, pensó Renata.
El comedor parecía un gigantesco invernadero, con un techo de cristal altísimo y filas de enormes lámparas de araña alineadas a cada lado.
A través de los ventanales se veían las luces centelleantes de Miami.
Estaba anocheciendo, y por la ventana del fondo se divisaba una vista impresionante de la bahía de Biscayne, con numerosos barcos y veleros en el horizonte.
Llegaron a una mesa grande y redonda en un rincón, donde estaban sentados dos hombres de mediana edad.
Ambos iban bien vestidos, con americanas sport y camisas de vestir, pero sin corbata.
Uno era moreno y parecía de Oriente Medio.
El otro era caucásico y muy pálido, pelirrojo y de constitución robusta.
Daba la impresión de no haber pisado jamás un velero, ni de haber permitido que un solo rayo de sol le tocara la piel.
Holvik se acercó y los saludó efusivamente: estrechó la mano del más moreno y le dio al pelirrojo un abrazo breve, de esos de palmada en la espalda.
—Hola a todos —dijo, volviéndose hacia los demás—. Este es Abdul —el hombre asintió y sonrió— y este es Trevor.
—Es un placer conocerlas, señoritas —dijo Trevor con marcado acento británico.
De pronto, Renata sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Reconoció aquella voz, que despertó en ella un recuerdo fugaz de terror.
«Cariño, te va a encantar esto».
Las notas que había escrito la mañana después de la violación acudieron a su mente:
«N.º 1 Bien constituido, bien dotado, acento británico, piel pálida, anillo de oro en el meñique de la mano izquierda…»
No podía verle las manos: la mesa las ocultaba.
Su mirada se deslizó hacia el rostro del otro hombre, luego hacia su cuello… y hacia unos lunares en un lado.
«N.º 7 piel aceitunada, tal vez de Oriente Medio o hispano, cuatro lunares dispuestos en un cuadrado irregular en el lado derecho del cuello, algo así como el cazo de la Osa Mayor».
—¿Estás bien? —le preguntó Holvik. Acababa de retirarle una silla para que se sentara, justo al lado de Trevor.
—Aunque no lo creas —dijo, tratando de mantener la voz firme—, creo que me he mareado un poco hoy. Será mejor que vaya al aseo, disculpadme.
Se dio la vuelta y se alejó entre el mar de mesas. Oyó a Holvik explicarles a sus amigos:
—Las olas estaban bastante bravas esta tarde.
Cuando Renata llegó a los aseos, se metió corriendo en uno de los cubículos, convencida de que iba a vomitar… pero no lo hizo.
«Contrólate», pensó desesperada, con el pulso latiéndole en las sienes. «No van a reconocerte. Mantén las distancias y no les hables».
Renata permaneció allí un par de minutos, respirando hondo para calmarse, y luego salió del cubículo y se acercó al lavabo. Había otras dos mujeres, lavándose las manos y retocándose el maquillaje.
Renata se miró en el espejo, luego se lavó las manos, más tranquila, diciéndose que viera el lado bueno. Tenía dos nombres más. No eran nombres completos, pero sí nombres de pila.
Mientras se secaba las manos con una toalla de papel, pensó en cómo podría averiguar al menos uno de los apellidos.
Se le ocurrió una idea.
Renata salió del aseo, dobló la esquina hacia el vestíbulo y echó un vistazo al mostrador de recepción. La misma anfitriona estaba allí, buscando la reserva de una pareja mayor. Cuando la encontró y los acompañó al comedor principal, Renata se acercó al mostrador sin hacer ruido.
La pantalla del ordenador estaba girada hacia el otro lado. Se inclinó sobre el mostrador para verla.
—¿Puedo ayudarla? —dijo un hombre que se acercó. Era un camarero.
—Eh, sí, he quedado con alguien que tiene una reserva aquí.
—¿Nombre? —preguntó mientras se colocaba detrás del mostrador.
—Ferguson.
—Ferguson —repitió el camarero mientras deslizaba el dedo por la pantalla—. No veo ningún Ferguson.
—Puede que fuera su amigo... ¿puedo ver?
El camarero se hizo a un lado, un poco a regañadientes, mientras Renata examinaba la pantalla. No buscaba nombres, sino el número de comensales en las reservas... ninguna pasaba de cinco o seis...
—¡Ah, ahí está! —dijo—. Barclay, grupo de diez.
—Sígame, por favor...
En cuanto entraron en el comedor, Renata dijo:
—Oh, ahí están... gracias —y se adelantó a él.
Cuando se acercó a la mesa, se sintió aliviada al ver que una de las otras mujeres estaba sentada en la silla que Holvik le había apartado. El propio Holvik estaba sentado junto a Abdul, charlando, con una copa de vino en la mano.
Había una silla vacía al otro lado de la mesa, junto a Zola, frente a los tres hombres.
Renata la apartó rápidamente y se acomodó en ella.
—¿Estás bien? —preguntó Zola, mirándola con el ceño fruncido.
—Estoy bien, gracias. Solo tenía el estómago un poco revuelto, eso es todo.
Trevor Barclay , pensó Renata, observando con frialdad al hombre pálido del otro lado de la mesa mientras este charlaba animadamente con la rubia que tenía al lado, gesticulando.
Y ahí estaba: el anillo de oro en el meñique.
En la mano izquierda.
Te tengo, Barclay. Ahora solo necesito conseguir el apellido de tu amigo.
Dos horas más tarde, cuando parecía que todos estaban saciados y bastante borrachos, Renata se excusó y volvió a levantarse de la mesa.
Esta vez bajó las escaleras y comprobó si la limusina seguía aparcada en la calle.
Así era, el conductor uniformado seguía cerca, fumando discretamente un cigarrillo.
Sabía con certeza que la limusina era de ellos, y por cómo hablaba Trevor Barclay, parecía que él la había alquilado... había ofrecido llevar a casa a quien quisiera.
Renata echó un vistazo a la calle, como si esperara que alguien la recogiera, y luego sacó el teléfono y fingió enviar mensajes. Lo que realmente hizo fue apuntar el número de matrícula de la limusina.
Paseó por la acera mientras tecleaba en el teléfono, examinando discretamente el largo vehículo negro en busca de algo más que pudiera identificarlo. Si los dos visitantes eran de fuera, tenía que ser un servicio de limusinas.
Entonces lo vio, impreso discretamente en el portamatrículas trasero.
ELITE RIDES LIMO SERVICE .