CAPÍTULO 55
R enata pasó casi dos semanas merodeando a diario por la pasarela del puerto deportivo del club náutico, con la esperanza de conseguir tripular para Alec Holvik.
Su objetivo era convertirse de algún modo en miembro permanente de su equipo, al menos como aprendiz, y luego encontrar el momento de castigarlo.
A medida que pasaban los días, su plan no solo parecía una posibilidad remota, sino que además podría llevar una eternidad.
La llamaban para tripular la mayoría de los días, al final de la tarde, cuando casi no quedaba nadie más disponible.
Los navegantes se daban cuenta de que no tenía mucha experiencia con solo mirarla y hacerle una o dos preguntas.
Decidió que era mejor ser sincera y admitir que no tenía experiencia en navegación oceánica, lo que parecía ser el factor clave en la elección de tripulantes. Solo era una «navegante de lago».
Todos los días, a primera hora de la tarde, Alec Holvik y su tripulación exclusivamente femenina pasaban por la pasarela con su equipo y provisiones, y él nunca se dignaba a mirarla a ella ni a ninguno de los «extras». Al parecer, siempre tenía toda la gente que necesitaba.
Sorprendentemente, ninguna de ellas era una «chica trofeo»: todas eran atléticas, algunas muy bronceadas y de aspecto curtido, como si se hubieran criado navegando. Dos asiáticas, una mujer de rasgos hispanos, dos negras y dos blancas.
La suerte de Renata comenzó a cambiar una tarde en que había conseguido el puesto de segunda trimmer en un velero J29.
Su barco volvió al muelle solo unos minutos antes de que Alec Holvik y su tripulación regresaran en el suyo.
Mientras el barco de Holvik se deslizaba lentamente entre los muelles, hubo cierta conmoción a bordo.
Parecía que una de las tripulantes se había lesionado.
Al mirar hacia el muelle contiguo, Renata pudo ver a una rubia de pelo corto sentada en la cubierta con un pie descalzo en alto, mientras Holvik se lo vendaba.
El barco de Holvik estaba en el muelle contiguo, en el amarre más alejado de la pasarela.
Renata y la tripulación de su velero casi habían terminado de recogerlo todo, así que se disculpó y se dirigió rápidamente al muelle principal. Había visto una silla de ruedas plegada y apoyada contra la valla, al parecer disponible para quien la necesitara.
La sacó, la desplegó y la empujó rápidamente por el muelle hacia el velero de Holvik.
Llegó con la silla de ruedas justo cuando Holvik y la tripulación estaban ayudando a la rubia a subir al muelle.
—Oh, es muy amable de tu parte —dijo Holvik, mirándola.
—Gracias —dijo la mujer lesionada, y se acomodó en la silla.
Renata mantuvo las manos en los mangos de la silla de ruedas como si fuera su trabajo llevar a la mujer lesionada hasta el aparcamiento.
Holvik y dos de sus tripulantes echaron a andar por el muelle, mientras Renata empujaba la silla.
—Nosotras nos encargamos de todo —le gritó una de sus tripulantes desde el barco—. ¿Salimos mañana?
—Por supuesto —respondió Holvik—. Estad aquí a las dos.
—Puedo tripular mañana —dijo la mujer lesionada, como si temiera perder su puesto en el equipo.
—No, no puedes —dijo Holvik—. Vas a necesitar puntos; no podrás tripular en una o dos semanas.
Enfadada, la mujer sacó el teléfono y llamó a alguien.
—¿Qué le ha pasado en el pie? —le preguntó Renata a Holvik.
—Se ha hecho un corte feo con un tornillo suelto de la cubierta; no llevaba zapatos.
No llevar zapatos náuticos era un error de principiante para la tripulación de un velero. Era evidente que Holvik estaba molesto por lo ocurrido.
Cuando llegaron al muelle principal, Holvik dijo:
—Yo me encargo desde aquí —y tomó el control de la silla de ruedas. Le hizo un gesto de agradecimiento a Renata—. Te lo agradezco mucho.
Renata siguió caminando a su lado y dijo en voz baja:
—Puedo ocupar su lugar mañana, si quieres. Solo hasta que ella pueda volver a tripular, por supuesto.
Holvik la miró de arriba abajo, evaluándola.
—¿Qué experiencia tienes en navegación?
—Navegación y tripulación en los Grandes Lagos, cinco años. Lo que me falta en experiencia lo compenso con entusiasmo.
Holvik soltó una risita.
—¿Cómo te llamas?
—Madison Brown.
—Bueno, nos estamos preparando para una regata importante que se celebra dentro de tres semanas. ¿Puedes comprometerte si decido que das la talla?
—Claro que sí.
—De acuerdo, entonces te daré una oportunidad. Ven a las dos en punto; pondré tu nombre en la lista de tripulación.