CAPÍTULO 54
R enata dedicó su primer día completo en Coral Gables a instalarse y prepararse.
Localizó el estudio de artes marciales de Rafael Montero y acordó empezar a entrenar con él.
Curiosamente, una de las especialidades de Rafael era la defensa y el combate con cuchillo de Krav Maga.
Nunca había oído a Michael Yoo mencionar el combate con cuchillo, así que decidió que era una buena oportunidad para aprender.
Concertó sesiones individuales cada mañana.
Luego fue en bicicleta hasta el Club Náutico de Coral Gables.
Al ser un club privado, solo se permitía el acceso a los socios en la mayoría de las zonas, incluido el aparcamiento junto a los muelles.
Para pasar por aquella entrada, había que figurar en una lista de invitados que custodiaban los guardias de seguridad.
Sin embargo, había una excepción a la regla: la «tripulación de refuerzo».
Bastaba con presentar el carné de conducir y demostrar que se llevaba todo el equipo de navegación para obtener permiso de apostarse en la pasarela y ofrecerse como tripulante.
Por supuesto, se trataba de trabajo no remunerado, igual que en los clubes náuticos de Cleveland, con el fin de ganar experiencia.
Llegó sobre las once de la mañana con una visera y gafas de sol, por si había cámaras de seguridad. Mostró al guardia su documentación a nombre de Madison Brown. El hombre anotó su nombre y otros datos del carné en un portapapeles, se lo devolvió y la dejó pasar.
—Aquí no se elige —le advirtió el guardia—. Si te piden que salgas de tripulante y rechazas, se te prohibirá la entrada durante un mes. ¿Entendido?
—¿Dónde puedo dejar la bicicleta? —preguntó ella.
—Átala a la valla de allí —dijo él, señalando un lugar cerca de la entrada de la pasarela.
Luego le entregó un papel con un montón de normas impresas—.
No puedes pisar los muelles si no vas acompañada de un patrón —le advirtió—.
Si te pillan más allá de la puerta de la pasarela sin que te acompañe un socio, te denunciarán por allanamiento, así que ni se te ocurra colarte detrás de otra persona.
—Ni se me pasaría por la cabeza —dijo Renata con una sonrisa inocente—. Solo estoy aquí para ganar experiencia en navegación.
Por desgracia, había muchos otros aspirantes a tripulante que también buscaban ganar experiencia.
Una docena aproximadamente, por lo que pudo ver, tanto hombres como mujeres.
Y a juzgar por sus conversaciones distendidas sobre los barcos en los que habían navegado, que habían tenido buenos resultados en esta o aquella regata, parecía que todos tenían mucha más experiencia que ella.