CAPÍTULO 46
C uando Renata llegó a casa esa noche, su madre ya estaba dormida.
Fue a su habitación, abrió el portátil y tecleó el nombre que el difunto Thomas Baylor le había dado justo antes de caer por el acantilado.
Alec Holvik.
Tras solo un par de minutos de búsqueda, se dio cuenta de que Alec Holvik era un nombre muy poco común. Solo había una persona con ese nombre en internet.
Vivía en Palm Beach, Florida...
Le encantaban los yates y veleros, poseía docenas...
Los llevaba a competir en grandes regatas...
Había ganado varios trofeos de prestigio...
No encontró nada sobre su fuente de ingresos —ni una sola palabra—, pero Thomas Baylor había dicho que era un capitalista de riesgo.
Siguió buscando hasta que encontró un dato interesante.
Bueno, damas y caballeros, ¿a que no lo adivinan? Alec Holvik era conocido por sus tripulaciones exclusivamente femeninas .
Renata se recostó en la silla y se quedó mirando su fotografía. Parecía haber sido tomada en la playa, con el cielo azul de fondo; tenía el rostro con barba incipiente húmedo y salpicado de sal. Casi se podía ver la espuma del mar en su piel y en su espesa cabellera oscura.
Aparentaba unos cuarenta años y era bastante atractivo. Llevaba una cadena de oro muy a la moda alrededor del cuello, casi tan ceñida como una gargantilla, que parecía indicar, de algún modo, que era un «ligón».
Renata abrió la aplicación de notas de su teléfono y fue a los detalles que había anotado la mañana después de la violación.
N.º 3. Musculoso, delgado, cabello negro, con canas en las sienes, cadena de oro trenzada, ajustada, como una gargantilla.
Volvió a mirar la fotografía en la pantalla.
—Tú eres el siguiente, hijo de puta engreído.