Los asesinatos dominó (Los 4 episodios) CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

E l viernes, último día del curso de caddies, Renata ya conocía a todo el personal del campo de golf y los tuteaba a todos.

Bernice, la empleada encargada del horario de salidas, era especialmente amable con ella y de vez en cuando le invitaba a un café o un refresco.

Su marido, Jake, también trabajaba allí, en la tienda del club.

Renata había estado atenta toda la semana a cualquier señal de los hermanos Baylor.

No tenía ni idea de qué aspecto tenían. Tampoco había oído a nadie del personal mencionar sus nombres, ni había visto el apellido Baylor en el libro de reservas, que siempre estaba abierto en el mostrador principal de la tienda del club, junto al ordenador.

Donna le había dicho que los dos hermanos jugaban al golf a diario.

Renata sabía que existían porque ya había visto sus casas. Si jugaban al golf allí a diario, desde luego mantenían un perfil muy bajo.

«Quizá estén de viaje» , pensó.

Durante la pausa para comer del viernes, Renata se apoyó con aire despreocupado en el mostrador, ojeando el libro de reservas en busca del nombre «Baylor».

Nada.

—Solo por curiosidad, ¿por qué tenéis un libro de reservas en papel? —preguntó Renata como quien no quiere la cosa, mientras Bernice contaba el dinero de la caja—. ¿No reserva ya todo el mundo por internet?

—No, qué va. La mayoría de nuestros clientes habituales prefieren llamarme por teléfono para que se lo haga yo. Son unos luditas.

Renata se rio.

—Así que tengo que combinar las reservas de internet con las del papel. Con tantos cambios cada día y los jugadores aquí delante, no resulta práctico hacerlo en el ordenador: quieren ver el horario completo y elegir a su gusto.

—Ya veo —dijo Renata, que ahora pensaba que podía hojear el libro de reservas sin dar la impresión de estar fisgoneando.

De todos modos, Bernice no parecía prestarle atención; seguía ocupada con el dinero.

Jake estaba al otro lado de la sala, colocando un expositor de palos de golf nuevos en oferta.

Renata pasó las páginas de la semana siguiente, repasando el horario, pero el nombre Baylor no aparecía por ningún lado.

Entonces reparó en algo en la parte inferior, anotado a mano en el último turno de salida.

BB .

Renata pasó las páginas con el corazón acelerado. BB aparecía en la parte inferior de cada página, en el último turno de salida, tan lejos como alcanzó a mirar.

—¿Qué significa este «BB»? —preguntó mientras volvía a la página del día.

—Hermanos Baylor. Son clientes habituales, siempre reservan el último turno del día y siempre juegan los dieciocho hoyos.

—Ah.

—Les gusta tomarse su tiempo en el campo, sin nadie detrás que los meta prisa. Disfrutan de las vistas y de las puestas de sol.

Jake soltó una risita desde el otro lado de la sala, lanzó una mirada a su mujer e hizo un discreto gesto de beber con la mano.

—Sí, de eso también disfrutan —murmuró Bernice.

Más tarde, una vez terminada la clase, Renata se aseguró de estar cerca del tee del primer hoyo cuando llegó el último turno de salida.

Bebía café de un vaso de papel cuando vio a dos hombres corpulentos que se acercaban en uno de los carritos del campo, con dos bolsas de palos en la parte de atrás. El que conducía era algo más fornido que su acompañante; ambos llevaban polos y pantalones de vestir.

Renata se dirigió hacia ellos con aire despreocupado, el vaso en la mano, y fingió contemplar la calle del primer hoyo.

Se cruzó justo delante de ellos, obligándolos a frenar.

—Oh, perdón —dijo.

Ambos se la quedaron mirando con una sonrisa mientras ella se apartaba del camino.

Se bajó las gafas de sol, cruzó la mirada con el conductor y se la sostuvo un poco más de lo necesario; luego sonrió y siguió su camino, contoneándose ligeramente al andar.

—¿Quién era esa ? —alcanzó a oír que uno de los hombres le preguntaba al otro.

Renata no pudo distinguir la respuesta.