Los asesinatos dominó (Los 4 episodios) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

D espués de otro almuerzo deprimente en el comedor del hotel, Renata finalmente tiró la toalla y reservó un vuelo de regreso a casa que salía a las ocho y cuarto del sábado por la mañana. Se lo había prometido a sí misma y pensaba cumplirlo.

Decidió pasar el resto de la tarde del viernes disfrutando del aire libre; al fin y al cabo, era su último día en California.

Condujo hasta Golden Gate Park y alquiló una bicicleta.

A pesar de recorrer una hermosa reserva natural, llena de imponentes secuoyas y flores coloridas, con un clima ideal de veintiún grados y un sol perfecto, Renata se sentía fatal.

Había desperdiciado una semana entera en San Francisco en un intento inútil de encontrar a dos hombres que quizá estuvieran a solo unos kilómetros de ella en ese mismo momento.

Era tan ingenua .

¿Clubes deportivos? ¡Cualquier deporte que practicaran esos hombres probablemente tenía lugar tras las verjas de clubes de campo exclusivos!

¿Por qué no había pensado en eso antes? Probablemente porque nunca había pisado un club de campo, nunca había conocido a nadie de una familia con dinero suficiente para ser socios de uno, y la verdad es que no tenía ni idea de lo que pasaba dentro.

Una vez más, ¿qué sabía ella de cómo vivían los ricos?

¿Quién era ella, una simple estudiante universitaria de veintidós años de Cleveland, Ohio, para creer que podía enfrentarse a la camarilla de ricos que la habían atacado?

Esta gente es intocable de verdad. Estás soñando si crees que puedes hacer algo respecto a lo que te pasó, Renata . Vuelve a casa, gasta el dinero y da gracias por lo que tienes.

Justo cuando este último pensamiento le cruzaba la mente, un niño de unos doce años se metió en el carril bici.

Tuvo que frenar en seco para no atropellarlo.

El niño saltó hacia atrás con un grito de sorpresa. Llevaba en las manos un gran avión de aeromodelismo pintado de amarillo brillante.

—Perdón —murmuró, y siguió cruzando el carril bici hacia el césped. Se dirigía hacia un grupo de niños y adultos a lo lejos, algunos de los cuales manipulaban aviones similares y mandos a distancia con antenas.

Algo se encendió en la cabeza de Renata.

—Disculpa —lo llamó.

El niño se volvió para mirarla.

Señaló al grupo a lo lejos.

—¿Eso es un club de aeromodelismo?

El niño asintió.

—¿Cómo se llama?

—El Club de Aeromodelismo Golden Gate.

El niño se dio la vuelta y echó a correr hacia los demás.

Renata pedaleó tan rápido como pudo hasta el puesto del parque donde había alquilado la bicicleta, y luego fue corriendo hasta su coche de alquiler, empapada en sudor cuando llegó.

Una vez dentro, sacó el portátil de debajo del asiento del copiloto y lo conectó al punto de acceso wifi de su móvil.

Se puso a buscar frenéticamente clubes de aeromodelismo en el área de la bahía de San Francisco.

Había media docena, entre ellos el club Golden Gate.

Los investigó metódicamente, uno por uno, hojeando sus boletines en sus páginas web y redes sociales, con los nombres de los dos pilotos grabados a fuego en la memoria.

Algunos clubes tenían miles de fotos de sus reuniones al aire libre: niños y progenitores —sobre todo padres— construyendo, reparando y volando aviones de aeromodelismo.

Mientras pasaba las fotos de uno de los clubes, se quedó paralizada mirando una imagen de un hombre de mediana edad, alto y delgado, y un niño sentados a una mesa de picnic, trasteando con un avión rojo brillante.

De un modo extraño, supo que era uno de los pilotos que buscaba incluso antes de leer el pie de foto:

Dan Forester y su hijo Eric, a punto de hacer volar su Spitfire hecho a mano. Dan es piloto con licencia y Eric quiere seguir los pasos de su padre.

—¡Sí! —gritó Renata alzando el puño.

Había cientos de fotos que los miembros subían de sus eventos mensuales. Este había tenido lugar en una zona de picnic del parque. No había más de quince coches en el aparcamiento, y todas las matrículas, delanteras o traseras, eran claramente visibles en al menos una de las fotos.

Con el móvil abierto en la página web del DMV, Renata tecleó los números de matrícula uno tras otro, con los dedos volando sobre las teclas.

A la séptima, la matrícula de un Mercedes azul de alta gama le dio el premio gordo:

Vehículo registrado a nombre de:

Forester, Daniel R.

2564 Vallejo Street

San Francisco, CA 94115

—Te pillé, Danny boy —gruñó Renata.