CAPÍTULO 25
U nos minutos más tarde, Renata llegó con el coche a la entrada del Air Supreme FBO, todavía algo trastornada por lo ocurrido en el aparcamiento del centro comercial.
Las dos hojas de la pesada puerta de acero del FBO estaban abiertas de par en par, pero había un gran cartel que decía: POR FAVOR, DETÉNGASE Y REGÍSTRESE CON EL GUARDIA. ZONA DE ACCESO RESTRINGIDO.
Renata detuvo el Cruze. Un coche blanco con las palabras SEGURIDAD SFO en la puerta estaba aparcado junto a una garita.
Un guardia uniformado salió de un pequeño edificio con un portapapeles en la mano y se acercó al coche.
—¿Puedo ayudarla?
—Vengo de parte de mi empresa. Estamos buscando dónde guardar nuestro nuevo avión.
—¿Tiene cita?
—No. ¿Hace falta?
—No estoy seguro. Si me da un documento de identidad o una tarjeta de visita, llamaré para ver si hay alguien disponible ahora mismo.
Le entregó el carné a nombre de Melissa Davis.
El guardia comparó la foto del carné con su cara.
—Espere aquí, por favor —dijo, y volvió a entrar en la garita para coger el teléfono.
Renata tragó saliva, con el cuerpo en tensión.
El guardia colgó el teléfono y con el móvil fotografió algo que tenía en el escritorio: el carné de conducir, presumiblemente.
Salió de nuevo y le devolvió el carné. El hombre era grande, peludo y tenía forma de dirigible. No gordo exactamente, pero sí corpulento, macizo, del tipo que los bares suelen contratar como porteros.
—Tiene que hablar con la señora Palmer, la directora de operaciones. La esperará en el vestíbulo —señaló hacia la entrada del edificio con un brazo grueso—. Puede aparcar en cualquiera de las plazas de visitantes.
—Gracias.
Renata aparcó y bajó del coche. Por el rabillo del ojo vio que el guardia la observaba como un halcón. El hombre paseaba con aire despreocupado por la fila de coches más cercana a la calle, sin perder detalle de nada.
Una vez dentro del edificio, Renata se quedó impresionada por la atmósfera tranquila y relajada, y por el esplendor que la rodeaba.
El interior, reluciente y moderno, de madera y cristal, elegantemente amueblado, contaba con un amplio mostrador de recepción y una sala de espera con butacas de cuero carmesí.
Varios hombres y mujeres con ropa cara estaban sentados sin prisas, charlando por teléfono o leyendo The Wall Street Journal .
Nada que ver con el ruidoso, agobiante y caótico vestíbulo de un aeropuerto comercial.
—¿Señora Davis? —dijo alguien a su espalda.
Por un segundo, Renata olvidó que se suponía que Davis era su apellido.
Se volvió y vio a una atractiva mujer negra de piel clara, de unos cincuenta años, que se acercaba hacia ella con los tacones repiqueteando sobre el caro suelo de baldosas.
—Me alegro de que se haya pasado por aquí —dijo, y le tendió la mano—. Jalissa Palmer —hablaba con un ligero acento caribeño—. Tengo entendido que le interesan nuestros servicios.
—Sí —dijo Renata, tratando de disimular el nerviosismo—. Nuestra empresa está abriendo una nueva oficina en Silicon Valley. Estamos visitando todos los FBO de la zona para elegir el mejor como base para nuestra nueva aeronave.
—Entiendo —dijo, sonriendo—. ¿Puedo preguntarle qué tipo de aeronave es?
—Un jet privado.
Palmer se irguió un poco más.
—¿Qué modelo?
—Un Gulfstream G500.
La mujer se puso tan tiesa como un mástil, aunque parecía a punto de deshacerse en atenciones.
—¿Le apetece un café, un capuchino quizás? ¿O un latte frío, mientras le enseño las instalaciones?
—Un latte frío estaría genial, gracias.
Renata esperaba que la bebida volviera a traerle suerte.
Palmer le hizo a Renata una visita guiada completa: el centro de negocios con puestos de trabajo privados, salas de reuniones de distintos tamaños, una cocina, una sala para tripulaciones, otra de planificación de vuelos, una «sala de descanso» con butacas de cuero totalmente reclinables, una suite VIP e incluso una sauna.
Hasta el aire del lugar olía a dinero: una embriagadora mezcla de cuero fino y perfumes y colonias caros.
Bienvenidos a las vidas de los ricos y famosos , pensó Renata. Cada vez que doblaban una esquina esperaba toparse con Bill Gates o Elon Musk.
—Aquí tiene un folleto con toda la información —dijo Palmer, y le entregó a Renata un pesado catálogo satinado. Supreme Aviation lucía en la portada en elegante tipografía dorada—. Si me acompaña afuera, le mostraré las opciones de estacionamiento para su aeronave.
Llegaron a una puerta. Palmer tuvo que pasar una tarjeta e introducir un código para poder abrirla.
De pronto, Renata se vio en un vasto espacio abierto, con varios enormes jets comerciales rodando a lo lejos mientras sus motores zumbaban, y el estruendo de otro que despegaba.
Una ráfaga de viento, calentada por hectáreas de hormigón, le agitó el traje.
Por un instante de tensión, pensó que iba a salirle volando la peluca.
Había varios jets pequeños y avionetas dispersos por las inmediaciones, la mayoría amarrados con cuerdas.
—Para un G500 tenemos dos opciones —dijo Palmer. Ahora tenía que alzar mucho la voz para hacerse oír por encima del estruendo.
Renata echó un vistazo al edificio del FBO: era como un capullo que aislaba por completo a su exclusiva clientela de las duras realidades del transporte aéreo. Dentro no había oído ni un solo ruido de aviones, y aquí fuera aquello parecía el Armagedón.
—Podemos amarrar su jet en la plataforma —continuó Palmer—, como estas aeronaves, o guardarlo en uno de los hangares para protegerlo de la intemperie. ¿Sabe qué opción prefiere su jefe?
—Un hangar, sin duda —respondió Renata, alzando también la voz.
—Por aquí —dijo Palmer, y condujo a Renata hacia el edificio beige más cercano, un bloque sin ventanas de cinco o seis plantas.
—¿Y cómo dijo que se llamaba su empresa? —preguntó la mujer mientras caminaban hacia él—. Me temo que no lo pillé.
—No lo dije. Todavía no hemos anunciado oficialmente nuestra nueva oficina aquí, así que preferimos no dar nombres.
La miró.
—Por supuesto.
Renata se sintió aliviada de que aceptara la excusa.
Entraron en el hangar. Un suave olor a queroseno le cosquilleó la nariz, no del todo desagradable.
A la derecha había un jet ejecutivo verde pastel con una escalera que subía hasta uno de los motores, donde dos técnicos con monos naranjas de Supreme Aviation trabajaban. El repiqueteo de las herramientas metálicas resonaba por el espacio cavernoso.
Palmer la condujo hacia la izquierda, y tras pasar junto a otro pequeño jet inactivo… ahí estaba.
Renata se quedó contemplando el elegante jet privado de un blanco inmaculado, carísimo, que había llevado a los ocho hombres a la Isla Priveza.
El número de matrícula que había estado tecleando una y otra vez en formularios ahora estaba a seis metros sobre su cabeza, en letras grandes y gruesas.
De cerca, el jet Gulfstream parecía enorme.
Verlo justo delante de ella, en carne y hueso, e imaginar al asqueroso grupo de alimañas sentado ahí detrás de las ventanillas ovaladas mientras descendía hacia la isla, cachondos y emocionados ante la idea de violar a una virgen de veintidós años, le revolvió el estómago.
Palmer empezó a señalar distintos puntos del enorme edificio mientras explicaba todos los servicios de mantenimiento de aeronaves que ofrecían y las cualificaciones de sus mecánicos, pero Renata estaba tan nerviosa que no la escuchaba: el gran momento se acercaba.
Renata sacó el móvil y fingió revisar una página de notas. Había explicado que tenía una lista de preguntas que su «jefe» quería que hiciera, y que estaba allí para recopilar toda la información posible y compararla con los otros FBO que estaban considerando.
—¿Tienen lista de precios?
—Está al final del folleto —dijo Palmer con paciencia.
Renata abrió el folleto y lo encontró: estaba impreso en un papel tan grueso y elegante como el menú del único restaurante de cinco estrellas en el que había entrado, uno al que ella y su madre se habían colado por error durante unas vacaciones en Nueva York.
Hizo unas cuantas preguntas sueltas sobre las cuotas mensuales y por fin reunió el valor para lanzar la pregunta importante.
Fingió consultar de nuevo la «lista» en el móvil.
—Veamos… ah, sí. Mi jefe quería saber si podría hablar con un par de clientes antiguos y satisfechos sobre la experiencia que han tenido con ustedes.
Palmer arqueó las cejas, perfectamente depiladas, sorprendida. Antes de que pudiera responder, Renata señaló el jet que tenían delante.
—¿Quizá el propietario de este? Es un G500, ¿verdad?
—Bueno… sí, lo es, pero me temo que hablar con el propietario sería imposible.
—¿Por qué?
—La seguridad y la privacidad son pilares fundamentales de la promesa de Supreme Aviation.
Nunca revelamos los nombres de nuestros clientes a nadie, por ningún motivo, jamás.
Pero tenemos cientos de reseñas verificadas en nuestra web que su jefe puede consultar.
Y ofrecemos un período de prueba de tres meses.
Estoy convencida de que nuestro servicio le parecerá de cinco estrellas en todos los aspectos.
A Renata se le cayó el alma a los pies.
—Entiendo —dijo, procurando ocultar su decepción—. Se lo transmitiré.
Palmer sonrió y juntó las manos, adornadas con anillos, a la altura de la cintura.
—¿Alguna otra pregunta?