Los asesinatos dominó (Los 4 episodios) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Cleveland, Ohio

Catorce horas después

— D ios mío —exclamó Kay Richardson cuando Renata entró por la puerta principal.

La madre de Renata estaba sentada en el sofá viendo la televisión y se levantó de un salto, con el rostro de pronto preocupado a sus cincuenta y cuatro años.

—¿Qué ha pasado? ¿Algo ha salido mal?

Renata dejó la maleta en el suelo y se refugió en los brazos de su madre. Le costó un mundo no echarse a llorar.

—No, mamá, he tenido un golpe de suerte increíble, no te lo vas a creer.

Kay se apartó y la miró a la cara.

—¿Qué ha pasado?

—Pues resulta que conocí a un tipo que trabaja para uno de esos grandes centros de estudios. Ya sabes, esas empresas que hacen investigación para el gobierno y las grandes corporaciones.

—Sí...

—Fui su camarera casi todo el día y llegué a conocerlo.

Se llama Bradley, un tipo superagradable, de unos cuarenta años.

Le conté que me encantaba investigar y que el año que viene iba a sacarme el máster en biblioteconomía.

Pues al final me preguntó si me interesaría un trabajo a tiempo parcial, para hacer investigación para su organización en un proyecto nuevo muy importante que tienen.

—Dios mío.

—Pero primero tuve que demostrar lo que valía.

Me puso una prueba: investigar los antecedentes de cierto tema.

Dediqué cada momento libre a trabajar en ello con mi portátil.

Cuando le envié los resultados hace dos días, me dijo que había aprobado con nota y me ofreció el trabajo.

¡Y puedo trabajar desde aquí, desde casa!

—Eso es maravilloso —dijo su madre, algo aturdida.

—Ese centro de estudios me paga el triple de lo que ganaba en ese estúpido chiringuito, mamá. Voy a trabajar veinte horas a la semana online, y puedo conservar el trabajo mientras estudio, hasta que termine el proyecto. Así que no tenía sentido quedarme allí.

—Eso sí que fue un golpe de suerte, ¿no?

¿Había un deje de sarcasmo en la voz de su madre?

Renata no sabía qué pensar. Desde luego, «suerte» no era precisamente lo que sentía en ese momento.

Pero era la única historia que se le había ocurrido; llevaba inventándosela desde que salió de Priveza.

Tenía que explicar de alguna manera su repentino cambio de planes y el hecho de que ahora contaba con una fuente de ingresos mejor.

—En fin, me alegro tanto de que estés en casa —continuó Kay, abrazándola de nuevo—. Estaba muy preocupada, sobre todo cuando Hannah no pudo ir contigo.

Kay hizo una pausa y miró a Renata de arriba abajo.

—Estás más delgada. ¿Tienes hambre? Estaba a punto de preparar algo.

Alargó la mano hacia la maleta.

—Te la deshago yo.

—No —dijo Renata, y detuvo la mano de su madre antes de que la tocara.

Kay la miró con recelo.

—¿Por qué no?

—Tengo un regalo para ti y todavía está en la bolsa con el recibo. Quiero envolvértelo.

—Oh.

Kay sonrió, visiblemente complacida.

—No tenías por qué...

—Estoy agotada. Puede que me eche una siesta antes de cenar.

—No haré ni un ruido.

En cuanto Renata estuvo en su propio dormitorio, cerró la puerta y se derrumbó sobre la cama.

Lloró en silencio, sumida en un estado de absoluta angustia y desesperación. Sus emociones la abrumaron con la fuerza de las olas del océano, que se estrellaban sobre ella una y otra y otra vez.

Al cabo de un rato, por fin logró contenerse, mantener las olas a raya.

«Tienes que controlarte», pensó.

Se levantó de la cama a duras penas y contempló sus ojos hinchados en el espejo.

«Y tienes que esconder ese dinero».

Después de lavarse la cara con agua fría para intentar parecer más normal, arrastró por fin la pesada maleta hasta el armario.

En el suelo, debajo de todos sus zapatos y botas, había un rectángulo de moqueta que se podía levantar.

Debajo se veía una rejilla de hierro que cubría lo que en su día fue un conducto de ventilación de un horno de carbón en el sótano.

El armario se había construido después de retirar el horno.

El conducto en sí había sido tapado con un trozo de contrachapado, pero quedaba mucho espacio entre la rejilla y la madera, un escondite perfecto.

En sus años de adolescente rebelde, antes de sentar la cabeza, lo había usado para esconder tabaco y alcohol, además de otras cosas que no quería que su madre encontrara.

Una pila polvorienta de sus diarios personales seguía allí.

Renata apartó los diarios a un lado y apiló el dinero en el espacio restante, colocándolo de la forma más ordenada y compacta posible.

Encajaba a la perfección, con un poco de espacio de sobra.

Se quedó allí de rodillas, con la mirada fija en el cubo de billetes.

Un millón de dólares. Era casi imposible de asimilar.

Había sudado la gota gorda cuando el avión de Atenas aterrizó en Newark, Nueva Jersey, muerta de miedo de que los de Aduanas le registraran el equipaje.

Pero pasó directamente por el pasillo de la Línea Verde sin que ninguno de los agentes le prestara la menor atención.

Si la hubieran pillado con el dinero, la habrían detenido seguro. Su madre era contable y Renata conocía algunas de las normas de Hacienda. Sabía perfectamente que era ilegal introducir tanto dinero en efectivo en el país sin declararlo.

Y ahora estaba escondido allí, en el armario de su dormitorio. Si su madre lo encontraba, solo Dios sabía lo que pensaría. Renata no tenía ni idea de cómo podría explicarlo.

Volvió a colocar la pesada rejilla de hierro en su sitio, la cubrió con la alfombra y colocó sus zapatos y botas como estaban antes.