Los asesinatos dominó (Los 4 episodios) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

L a mañana después de que violaran a Renata Richardson en grupo, permaneció sentada en su apartamento durante un par de horas, sumida en sus pensamientos.

La maleta llena de «dinero para callarla» que había encontrado al llegar seguía abierta frente a ella.

Estaba en estado de shock, lo sabía, pero su mente parecía funcionar con suficiente claridad. La sola idea de aceptar el dinero como pago por lo que le habían hecho —y no hacer nada para vengarse— era más que impensable. Le resultaba tan repugnante que le daban ganas de vomitar.

Quizás a algunas chicas se las podía comprar así.

Quizás a la mayoría.

Pero a Renata Richardson no.

Al mediodía, Renata ya se había duchado y había recogido todo lo que trajo para el trabajo de verano.

Ahora estaba sentada en el sofá, con la puerta principal entreabierta, esperando el taxi que la llevaría al aeropuerto.

Ya había llamado a su jefe del chiringuito para decirle que su madre había enfermado de gravedad y que no le quedaba más remedio que volver a casa.

No había ninguna razón para quedarse en aquella isla ni un día más trabajando como una simple camarera. No teniendo un millón de dólares en efectivo. Se juró que usaría hasta el último céntimo de ese dinero para que aquellos ocho hombres se arrepintieran amargamente del día en que se lo dieron.

Antes de hacer la maleta, había anotado todo lo que intentó memorizar sobre cada uno de ellos y había creado un archivo en la aplicación de notas del móvil. Recordar todos los detalles la obligó a revivir la horrible pesadilla, pero sabía que tenía que hacerlo antes de que empezaran a desvanecerse.

Cuando oyó el claxon del taxi fuera, se secó los ojos rápidamente y se recompuso. Hasta ese momento, ni siquiera sabía que había estado llorando.

—¿Aeropuerto? —preguntó el taxista griego por la ventanilla al verla salir con la pesada maleta.

Renata asintió. Esperó a que bajara a ayudarla, pero el hombre no se movió.

Con un suspiro de fastidio, arrastró la maleta hasta el asiento trasero y se subió junto a ella.

Era suya, una enorme que había traído de casa y que había conseguido llenar con toda su ropa de verano.

Había metido todo el dinero dentro, apretando sus cosas alrededor del bloque compacto de fajos rectangulares.

Tuvo que dejar parte de su ropa y zapatos más viejos para que cupiera todo.

Rezó para que no le registraran la maleta en ningún momento del largo viaje de vuelta a Estados Unidos.

En cuanto aparecieron los carteles del aeropuerto, Renata le dijo al conductor:

—Lléveme a la torre de control, por favor.

El hombre la miró por el retrovisor.

—¿Cómo?

—No quiero ir al aeropuerto. Lléveme a la torre de control.

El taxista redujo la velocidad.

—¿Por qué quiere ir allí? La torre de control es zona restringida...

—Tengo una cita con alguien.

El hombre se encogió de hombros y giró a la derecha en el siguiente cruce.

Recorrieron una carretera sinuosa con un alto muro de hormigón a un lado y una serie de edificios anodinos de dos plantas más allá.

La torre de control se alzaba desde el edificio más alejado como un gigantesco desatascador invertido, con antenas que sobresalían de la parte superior.

Cuando llegaron a la verja, el conductor detuvo el taxi. Renata abrió el bolso para pagarle.

—¿Quiere que la espere? —preguntó él.

—No será necesario —respondió ella con frialdad. Le dio lo que marcaba el taxímetro con solo cincuenta céntimos de propina, y eso únicamente porque no quería esperar a que le devolviera el cambio.

Junto a la verja había una cámara de seguridad con un teclado encima y un botón con una inscripción en griego.

Renata lo pulsó y esperó.

En realidad, no tenía ni idea de lo que estaba haciendo.

No tenía un plan concreto; solo sabía que los siete animales que la habían violado, y su organizador, tenían que haber llegado y partido en avión.

Tenía que haber un registro en alguna parte.

Sería prudente averiguar lo que pudiera antes de abandonar la isla.

Pulsó el botón de nuevo y por fin el altavoz crepitó y cobró vida. Una voz masculina grave dijo algo en griego.

Renata contuvo sus emociones lo suficiente para dedicarle a la cámara una cálida sonrisa.

—Hola. Me preguntaba si sería posible hacer una visita a la torre de control.

Sabía que los aeropuertos organizaban ese tipo de visitas porque había hecho una a la torre de control del aeropuerto de Cleveland cuando estaba en sexto.

Hubo un largo silencio.

—Solo hacemos visitas los jueves, pero normalmente no en verano; solo durante el curso escolar, sobre todo para estudiantes.

Quien le hablaba dominaba el inglés a la perfección.

—Soy estudiante universitaria —dijo Renata, y añadió—: de Estados Unidos —con la esperanza de que eso marcara alguna diferencia.

Al no obtener respuesta, insistió:

—Quiero ser controladora de tráfico aéreo, es mi sueño. ¿Por favor?

Un momento después, un hombre alto y moreno de unos treinta años abrió la verja.

Era bastante guapo, con barba de varios días y mandíbula marcada.

Vestía unos pantalones negros sencillos y una camisa blanca de manga corta con una placa de identificación prendida.

STAVROS, era lo único que ella alcanzaba a leer.

Unos auriculares le colgaban del cuello con desenfado.

Cuando vio a Renata, se quedó mirándola. Ella llevaba un vestido de verano ceñido y unos tacones elegantes pero sensuales. También llevaba pintalabios y un perfume seductor.

Stavros la recorrió con la mirada de arriba abajo, sin ningún disimulo, de la manera en que ella había aprendido que hacían los hombres griegos sin intención de ofender. Cuando sus ojos volvieron a encontrarse con los de ella, estaba sonriendo.

—No estamos muy ocupados; los miércoles siempre son tranquilos. Puedo enseñarle las instalaciones.

—Oh, sería estupendo —dijo ella con entusiasmo—. Es usted muy amable.

—Hablas inglés muy bien —dijo Renata mientras caminaban hacia la puerta principal. Un poco de halago nunca venía mal. A diferencia del taxista holgazán, Stavros tuvo la caballería de llevarle la maleta.

—Como seguramente sabes, el inglés es el idioma internacional en la aviación. Tenemos que hablarlo bien.

Renata asintió.

—Ah, claro.

Ni lo sabía ni le interesaba lo más mínimo la aviación.

Él la recorrió con la mirada mientras se acercaban a la entrada principal; sus ojos se demoraron en sus pechos y luego pasaron a su cabello rubio.

—Así que quieres ser controladora aérea, ¿eh?

—Oh, sí.

—¿Por qué?

Se dio cuenta de que hacerse la rubia tonta podía jugar a su favor, y pestañeó como una concursante de certamen de belleza.

—Porque quiero marcar la diferencia en el mundo.

Él sonrió.

—Ajá.

Un guardia de seguridad estaba de servicio en el vestíbulo de la torre de control. Tras rellenar un breve formulario, a Renata le dieron un pase de visitante. Dio un nombre y una dirección falsos, con la esperanza de que no le pidieran el pasaporte, cosa que, afortunadamente, no hicieron.

—Puedes dejar tu maleta aquí abajo —dijo Stavros.

Ella vaciló y bajó la vista hacia la maleta. Había un millón de dólares en aquel maldito trasto.

—Estará segura —le aseguró Stavros. El guardia asintió y la deslizó detrás de su escritorio.

Quince minutos después, Stavros le había enseñado a Renata toda la parte superior de la torre. Estaba sorprendentemente oscura, teniendo en cuenta que era el último piso de un edificio con enormes ventanales en todo el perímetro.

Le explicó cómo los controladores aéreos gestionaban los despegues y aterrizajes, cómo la información de los vuelos se imprimía en pequeñas tiras de papel, y le mostró cómo intercambiaban esas tiras entre escritorios para controlar los movimientos de las aeronaves en tierra y en las pantallas de radar.

Era evidente que pensaba que una rubia con su aspecto tenía tantas posibilidades de convertirse en controladora aérea como él de llegar a Primer Ministro de Grecia, pero le siguió el juego sin problemas.

Mientras Stavros hablaba, Renata solo escuchaba a medias, atenta a cualquier pista que pudiera revelarle algo sobre los hombres que la habían atacado. A estas alturas, la visita exploratoria parecía un callejón sin salida, una completa pérdida de tiempo.

—Tengo que decirte —dijo él, mirándole los pechos de nuevo— que es un trabajo muy exigente. Requiere una mente aguda y reflejos rápidos. Y buena capacidad de visualización espacial.

—Sé que es estresante —dijo ella. Volvían hacia el ascensor.

—Superestresante —coincidió Stavros. Se detuvo frente a un gran cuenco de cristal en el centro de la sala, lleno de lo que parecían caramelos blancos.

—¿Caramelos de menta? —preguntó ella, alargando la mano para coger uno.

Él le detuvo la mano con suavidad.

—Son pastillas antiácidas.

—Dios mío...

—Solo el seis por ciento de los aspirantes a controlador superan las pruebas y el examen médico, y luego aproximadamente la mitad abandona solo por el estrés del programa de formación.

Renata suspiró.

—Quizá no estoy hecha para este tipo de trabajo.

De pronto se le ocurrió una idea.

—¿Hay puestos menos estresantes en la torre de control? Ya sabes, trabajos en los que solo haya que ocuparse del papeleo.

—Bueno, mi trabajo no es tan estresante.

Ella miró sorprendida los auriculares que llevaba al cuello.

—¿No eres controlador aéreo?

—Oh, no, yo no soy malabarista de aviones. Ya no.

—¿Qué haces exactamente?

—Bajemos, te lo enseño.

Stavros llevó a Renata a una sala en el tercer piso que se parecía mucho más a una oficina normal, con cuatro cubículos dispuestos en cuadrado. En el centro había una pequeña mesa de reuniones rodeada de cuatro sillas. Unos fluorescentes iluminaban el techo con luz intensa.

Solo uno de los cubículos estaba ocupado, el que daba a las ventanas. Allí había sentada una mujer de mediana edad, de aspecto bastante tosco y masculino, con auriculares puestos, tecleando en un ordenador.

La mujer reparó en Renata, le dedicó una sonrisa cortés, le echó un vistazo al vestido ceñido y enseguida volvió a lo suyo.

En cada escritorio había portapapeles esparcidos.

—Esto es lo que podríamos llamar nuestra «oficina administrativa» —dijo Stavros—. Resumimos los datos de los vuelos de llegada y salida y se los pasamos a Aduanas y Control de Pasaportes.

El interés de Renata se disparó cuando él cogió uno de los portapapeles. Estaba etiquetado como LL.C., y se lo mostró mientras recorría la página con el dedo.

—Estas son las Llegadas Comerciales. Como ves, registramos la matrícula de la aeronave, el modelo, la hora de aterrizaje, el código del aeropuerto de origen, los nombres del piloto y el resto de la tripulación, el número de pasajeros, el de maletas y muchos otros detalles.

Renata asintió con el corazón acelerado.

—Nos repartimos el trabajo según la carga.

Stavros señaló los escritorios vacíos.

—Como te dije, a mitad de semana no hay mucho movimiento. Así que hoy yo me encargo de todo el tráfico comercial, y mi colega María se ocupa de los vuelos privados y de carga.

Esbozó una media sonrisa.

—Fíjate que aquí abajo no hay ningún cuenco de pastillas antiácidas. Si tardamos un par de minutos en introducir los datos, los aviones no chocan entre sí.

Renata asintió con una sonrisa. Ya había visto un portapapeles etiquetado como Llegadas Privadas en el escritorio vacío detrás de María.

Se aclaró la garganta. —¿Tienes agua? Me muero de sed con este calor.

—Oh, debería haberte ofrecido algo. Lo siento. Tenemos una máquina expendedora un piso más abajo. Tiene agua, pero también café griego, café con hielo, capuchinos…

—Un café con hielo estaría genial —dijo ella, esperando que eso le llevara más tiempo. Abrió el bolso para buscar algo de cambio.

—No, no, invito yo —dijo Stavros. Volvió a sonreír, esta vez de forma abiertamente coqueta.

Señaló la silla más cercana a la mesa de reuniones y se dirigió hacia la puerta. —Siéntate. Vuelvo en un minuto.

Renata se sentó con el corazón latiéndole en los oídos. Nunca había hecho nada parecido en su vida. De repente estaba tan nerviosa que temblaba.

Sacó el móvil del bolso. Fingiendo mirar los mensajes, echó una mirada furtiva a María.

La mujer parecía completamente absorta en lo que hacía, con la mirada fija en la pantalla del ordenador, tecleando sin parar.

Renata miró hacia la puerta. Tenía un brazo hidráulico de cierre automático en la parte superior. Para entrar había que introducir un código en un teclado exterior, y una pequeña ventana rectangular le permitiría ver a Stavros antes de que abriera.

Abrió la cámara del móvil y se levantó en silencio, sin quitarle ojo a María. Renata levantó y bajó el teléfono en el aire, como si no captara señal. Se acercó más a la ventana, casi justo detrás de la mujer.

El portapapeles de Llegadas Privadas estaba justo delante de ella, a una distancia que le permitía leerlo.

El vuelo que aparecía en la parte superior de la página había llegado a las 23:48 de la noche anterior. Todos los demás habían llegado después de medianoche o más temprano.

Los hombres que la habían violado debían de haber llegado un par de horas antes, así que el vuelo probablemente figuraba en la página anterior.

Renata se secó una gota de sudor que le caía de la frente a los ojos, luego extendió la mano y, con el dedo índice, levantó la hoja superior del portapapeles. Pero temblaba tanto que el papel volvió a caer justo antes de que alzara el móvil para hacer la foto.

Miró la nuca de María: la mujer seguía tecleando sin parar.

Renata volvió a levantar el papel, colocó rápidamente el móvil sobre el portapapeles y pulsó el botón rojo.

¡Clic!

El sonido rasgó el aire como el maullido de un gato: se había olvidado de silenciar el móvil.

María se dio la vuelta.

En ese mismo instante, Renata giró el móvil hacia sí misma, alzándolo y alejándolo de su cuerpo, y se hizo otra foto con una sonrisa.

—¿Qué haces? —preguntó María, poniéndose de pie.

La puerta de la oficina se abrió de golpe.

Stavros entró con el café con hielo de ella en una mano.

Frunció el ceño al verla allí de pie con el móvil en la mano.

—Solo me estoy haciendo unos selfis —dijo ella con cara de inocente.

—No puedes hacer fotos aquí —dijo él, frunciendo el ceño—. ¡Es una zona restringida!

—Solo son selfis —dijo Renata, señalando la ventana detrás de ella—. Con el aeropuerto de fondo. —Se encogió de hombros—. Son para Instagram.

María le lanzaba una mirada de asco que parecía decir: ¿Por qué has traído a esta boba aquí?

—Tienes que borrarlas —dijo Stavros, acercándose a ella.

—Vale —dijo Renata, fingiendo fastidio. Seleccionó solo los dos selfis que se había hecho y los envió a la papelera.

Pareció quedarse satisfecho y le dio el café con hielo.