CAPÍTULO 10
R enata pidió al taxista que la dejara a poca distancia del hotel donde trabajaba y le pagó. Sorprendentemente, los hombres que la habían violado habían dejado todo en su bolso completamente intacto, incluido el poco dinero que tenía en la cartera; ni siquiera parecía que la hubieran abierto.
Dio un largo rodeo alrededor del edificio con la esperanza de evitar a sus compañeros de trabajo. Mientras se dirigía hacia el pequeño estudio que le habían proporcionado, casi llegó a preguntarse si no habría soñado todo aquel horrible incidente.
Pero el dolor entre los muslos le decía que no había sido un sueño.
Durante el viaje en taxi había experimentado violentos vaivenes emocionales: a ratos se enfurecía tanto que temía ponerse a gritar sin control, y a ratos se alteraba tanto que pensaba que iba a romper a llorar.
Pensó en llamar a la embajada estadounidense más cercana, que estaba en Atenas; seguro que ellos la ayudarían.
Pero luego se imaginó dando los pasos necesarios, lo que les diría, y se dio cuenta de que acabaría exactamente en el mismo punto.
Contactarían con la policía local y llegarían a la conclusión de que o bien se había inventado toda la historia para llamar la atención y dar lástima, o la había soñado o alucinado.
Su estudio estaba en la segunda planta del hotel, y mientras subía las escaleras se detuvo, a punto de echarse a llorar otra vez.
«Deja de compadecerte» , pensó con un sollozo, y se secó los ojos. Como había dicho la detective, al menos estaba viva y entera.
—¡Renata!
Miró por encima de la barandilla. Era Frieda, la alemana jubilada que vivía en el apartamento justo debajo del suyo.
La mujer corpulenta estaba regando unas macetas con hierbas aromáticas que tenía fuera. Alzó la vista hacia Renata bajo el sol de la mañana y entrecerró los ojos.
—¿Qué pasa, cariño? —dijo con su marcado acento.
—Nada —dijo Renata, y se secó una lágrima—. Solo... tuve problemas con unos clientes problemáticos en el bar anoche.
—Agh —dijo Frieda con un gesto de la mano—. La gente es tan maleducada hoy en día, como animales salvajes, sin ningún tipo de modales. No les hagas caso, cariño. —Señaló hacia su puerta con la regadera—. Ven a tomar un té conmigo. Te sentará bien.
—Gracias —dijo Renata—. Quizá más tarde. Tengo que ir a trabajar enseguida.
La anciana asintió, todavía preocupada, pero volvió a regar las plantas. Por suerte, tenía el buen juicio de no meterse en los asuntos ajenos.
Renata continuó subiendo las escaleras hasta la puerta de su apartamento y se detuvo de nuevo. Frieda era la primera persona conocida que se había encontrado, apenas una conocida, y casi se había derrumbado.
«¿Ir a trabajar?» , pensó mientras sacaba la llave del bolso. ¿Cómo iba a volver al trabajo sin más después de todo aquello? ¿Actuar como si no hubiera pasado nada?
Y luego: ¿de verdad iba a dejar que esos monstruos se salieran con la suya?
Le había quedado dolorosamente claro que aquellos hombres, o su líder, la habían elegido con sumo cuidado para su entretenimiento, porque eso era lo único que significaba para ellos: sentirse poderosos al abusar en grupo de una joven relativamente indefensa.
Debían de saber mucho sobre ella: que venía de una familia humilde, que no tenía padre ni parientes poderosos...
¡Incluso sabían que era virgen, vete tú a saber cómo!
La idea de que la habían estudiado con lupa, quizá hackeándole el móvil y las redes sociales, para elegir a alguien que no tuviera recursos para enfrentarse a ellos después de consumado el crimen, le revolvió aún más el estómago.
Con ese pensamiento en la cabeza, metió la llave en la cerradura y abrió.
Apenas dio un paso antes de retroceder de golpe, con la mirada clavada al frente.
Había una maleta pequeña junto a la mesa del comedor.
Lo primero que pensó fue que alguien se había instalado en el estudio, quizá por error...
Y entonces le vino a la mente la última frase que le habían dicho la noche anterior.
Cuando despiertes, ve directamente a tu habitación. Allí encontrarás algo que hará todo esto más tolerable.
Lo había olvidado por completo hasta ese momento.
Se quedó inmóvil en el umbral durante unos buenos treinta segundos hasta que por fin reunió el valor para dar otro paso hacia la maleta... y luego otro.
Con cada paso que daba, echaba un vistazo alrededor para asegurarse de que no hubiera nadie más en el estudio. Era tan pequeño que no había dónde esconderse salvo en el baño, y esa puerta estaba abierta de par en par, con la cortina de la ducha descorrida.
Pero no había nadie más; lo único fuera de lugar, el único objeto ajeno, era la maleta.
Renata dio un paso más, ya lo bastante cerca para agacharse y alcanzar el asa. Examinó el frente, los lados y la parte de atrás, pero no encontró ninguna marca: ni etiquetas de equipaje, ni pegatinas de aerolínea, nada. Solo una vieja maleta de mano negra, algo abollada.
Cuando por fin agarró el asa y tiró un poco hacia arriba, le sorprendió lo mucho que pesaba.
Subió la maleta a la mesa, la apoyó sobre las ruedas y con cuidado la tumbó boca arriba.
Allí encontrarás algo que hará todo esto más tolerable.
Por alguna razón, esta vez aquel pensamiento le evocó la imagen grotesca pero satisfactoria de la cabeza cercenada del primer violador de la fila, envuelta en una toalla ensangrentada dentro de la maleta.
Eso sí que haría todo más tolerable.
Tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para agarrar el tirador de la cremallera y pasarlo por los tres lados de la maleta.
Tragó saliva con dificultad, agarró la tapa de la maleta y la levantó despacio, todavía sin saber qué iba a encontrar.
Se quedó mirando dinero.
Mucho dinero.
Fajos de billetes de cien dólares perfectamente apilados, hilera tras hilera.
Renata dio medio paso atrás. «¿Qué es esto?» , pensó mientras la ira le hervía por dentro. ¿Cómo lo llamaban? ¿Dinero para comprar su silencio? ¿Un soborno para que mantuviera la boca cerrada sobre lo que había pasado, para que no hiciera nada y siguiera con su vida como si tal cosa?
Se quedó allí mirando el dinero durante varios minutos, temblando, intentando comprender por qué se lo habían dado y qué esperaban que hiciera con él.
Lo primero es contarlo y ver cuánto hay.
Unos minutos después, el dinero estaba apilado en filas ordenadas sobre la mesa, igual que había estado en la maleta, que ahora descansaba de nuevo en el suelo.
Había exactamente cien paquetes de billetes de cien dólares, y cada paquete contenía diez mil dólares. Cien paquetes por diez mil dólares: un millón de dólares.
Usó la calculadora del móvil solo para asegurarse, con la vista fija en el número final de la pantalla.
Un millón de dólares en total, en dinero contante y sonante.
Jamás había visto nada parecido a esa cantidad de dinero en toda su vida.
Renata cogió uno de los paquetes, hojeó los billetes con el pulgar y lo tiró de nuevo sobre la pila.
Pensar que esos hombres horribles y repugnantes le hubieran dado ese dinero para comprar su silencio la enfurecía.
¿No se daban cuenta de que podía usarlo para contratar a un abogado de los caros, como hacían los ricos y los famosos cuando se metían en líos, para dar con ellos y meterlos entre rejas?
Pero entonces cayó en la cuenta de que, por supuesto, lo sabían.
También sabían que habían borrado sus huellas tan bien que obtener justicia por la vía legal sería prácticamente imposible, aunque contratara al abogado más caro del mundo.
Lo que significaba que habían dado por hecho que ella lo olvidaría todo en cuanto viera el dinero. Que la codicia y la mezquindad se impondrían.
Creían conocerla... pero estaban muy equivocados.
Ay, qué equivocados estaban...
De pronto, Renata supo exactamente qué iba a hacer con el dinero.
Volvió a poner la maleta sobre la mesa y empezó a meter el dinero dentro.
No quería justicia.
Quería venganza .