CAPÍTULO 7
Los hombres se movían por el dormitorio, la mayoría frente a ella, abrochándose los cinturones. Algunos le lanzaban miradas furtivas, como queriendo comprobar en qué estado se encontraba.
¿Sentiría alguno de ellos culpa por lo que acababan de hacer?
Al menos dos parecían evitar mirarla a los ojos, así que debían de sentirse culpables, razonó.
Tragó saliva con dificultad mientras un escalofrío le recorría el cuerpo.
Van a matarme ahora.
De pronto, dos manos con guantes de látex entraron en su campo de visión. Sujetaron la mordaza y empezaron a girar algo acoplado a la bola de goma, una especie de tornillo o pieza insertada.
—Voy a soltar un tranquilizante líquido muy potente en tu boca —le susurró una voz al oído—, y te lo vas a tragar. Despertarás en unas horas en la playa. Todo esto te parecerá una pesadilla, y tienes que convencerte de que eso fue todo: una pesadilla. ¿Entiendes?
Esto es mentira , pensó Renata, aterrorizada. Van a envenenarme.
La mano enguantada introdujo una jeringa por la abertura de la bola de goma y empezó a empujar el émbolo lentamente. Renata sintió cómo un líquido frío le entraba en la boca.
—Traga —susurró la voz.
Tenía un leve sabor y olor a medicamento.
Tenía la garganta completamente cerrada; clavó la mirada en el dosel de la cama mientras el veneno se le acumulaba en la boca.
—Traga —dijo la voz, y de repente unos dedos le taparon la nariz.
Incapaz de respirar, Renata se sacudió contra las ataduras e intentó instintivamente abrir la garganta para coger aire. Parte del «tranquilizante» le bajó por la garganta y tosió varias veces; después bajó el resto y le soltaron la nariz.
Ahora la mano le acariciaba la frente sudorosa, y al cabo de un minuto empezó a sentir que caía por un túnel largo y oscuro.
—Cuando despiertes —susurró la voz—, ve directamente a tu habitación. Allí encontrarás algo que hará todo esto más llevadero.