Capítulo 12
C on el coche parado en el aparcamiento de Ox Drove, Craig observaba a su hermano en el asiento del acompañante.
Quieto, inmóvil, en la oscuridad.
Sin embargo, Craig sabía la verdad. Keith estaba lleno de una energía inquieta que no afloraba durante aquellos momentos de calma.
Bullía en su interior, cobrando intensidad, a la espera de la oportunidad perfecta para liberarse.
—¿Debería preocuparme? —preguntó Craig.
—¿Por qué?
—Recuerdo lo que le hiciste a Timothy Drake.
Un atisbo de sonrisa cruzó fugazmente el rostro de su hermano.
—Se lo hizo él solo.
A Craig no le interesaba saber si Keith lo decía en sentido figurado o literal. Lo único que le importaba era que no volviera a ocurrir.
—Que sea rápido, ¿vale? —insistió Craig—.
Mejor que ni siquiera se entere. Antes tenía un código respecto a matar mujeres.
Pero, en los últimos tiempos, lo había dejado de lado.
Cada vez había más mujeres en puestos de poder y, por tanto, atraían con mayor frecuencia la atención equivocada.
Aun así, eso no significaba que tuviera que gustarle.
Nunca le había gustado.
—¿Has leído su expediente? —preguntó Keith.
La pregunta era retórica.
Harriet era una antigua supremacista blanca. Su marido había muerto, pero la Hermandad de Albión había cuidado de ella. Había sido muy generosa, de hecho.
Pero eso no la había detenido.
Recopilar pruebas. Nombres. Fotografías. Conexiones. La clase de información que ponía nerviosa a la gente poderosa.
La clase de información por la que te mataban.
Se había puesto en contacto con investigadores antifascistas, convencida de que traicionar a los suyos era lo correcto, de que así podría mejorar su suerte.
Sin tener en cuenta a quienes velaban por los intereses nacionales.
—Entonces, ¿no crees que se merece un poco de creatividad?
Craig miró a su hermano con una mueca de repugnancia y negó con la cabeza.
Das asco , pensó.
—Cambio de planes —dijo Craig—. Me ocuparé yo ahora. Consultó el reloj. Faltaban trece minutos para que Harriet Spring entrara con el coche en aquel aparcamiento y sellara su destino. —Tú quédate aquí.
—No... —dijo Keith—. Eso no era lo acordado.
—Que le den a lo acordado —siseó Craig.
Keith golpeó la guantera con el canto del puño: una leve grieta en su gélida fachada.
Su hermano recobró de inmediato su estado habitual. Inmóvil. Con la mirada fija al frente.
Siguieron un par de minutos de silencio durante los cuales Craig tuvo que aceptar que se vería obligado a matar a otra mujer.
De verdad había estado en busca y captura para evitar aquello.
Tres trabajos más, incluido aquel.
Tres más. Miró a su hermano. Y después seguirá por su cuenta de todos modos .
Entonces no podré controlar a ese cabrón chiflado, ¿verdad?
—Vale —dijo Craig—. Pero, por favor, no hagas que me arrepienta.
Keith asintió con rapidez.
—Lo prometo.
Lo cual no significaba nada.
—No son juguetes —insistió Craig—. Nadie es un juguete. ¿Lo entiendes?
—Sí.
Pero Craig sabía que no lo entendía.
Y que nunca lo entendería.
Unos faros aparecieron en la carretera que discurría más abajo. Un coche ascendía por la colina hacia ellos, despacio, con cautela.
Craig sintió el cambio. El estrechamiento de su percepción. Lo había sentido muchas veces en Bosnia, mientras caía la nieve y la gente gritaba. Aquella fría concentración.
Una parte de él capaz de presenciar cualquier cosa, soportar lo inconcebible y seguir funcionando.
—Es ella —dijo Keith.
El coche —un viejo Vauxhall Corsa, con la pintura descascarillada y el tubo de escape dejando una estela de humo en el aire frío— entró en el aparcamiento y se detuvo a veinte metros. El motor seguía en marcha. Los faros, encendidos.
Harriet Spring salió.
Tan joven.
¿Por qué no pudiste dejar las cosas como estaban? , pensó.
Se quedó de pie bajo el resplandor de los faros y miró a su alrededor.
Craig reparó en sus marcados pómulos y sus ojos inquietos. Llevaba una carpeta.
Su traición.
—Hazlo rápido —dijo Craig.
Keith salió del coche y caminó hacia ella.
Craig observó a través del parabrisas cómo se acercaba su hermano: despreocupado, seguro de sí mismo, con las manos a la vista y sin mostrar arma alguna.
Interpretando el papel del intermediario.
El comprador anónimo con el dinero en efectivo en el maletero.
Harriet salió a su encuentro a medio camino, entre los dos coches. Su lenguaje corporal se volvió de pronto defensivo: los brazos cruzados, el peso cargado sobre el pie de atrás, los ojos escrutando la oscuridad. Preparada para correr de vuelta al vehículo y salir disparada si era necesario.
No sería lo bastante rápida.
Keith dijo algo. Su voz no llegó hasta Craig, pero este podía imaginar el guion. ¿Tiene los documentos? Bien. Deje que los compruebe. Después podremos hablar del pago.
Harriet respondió. Vaciló. Miró hacia su coche.
Le entregó la carpeta.
Keith la abrió. Páginas. Documentos. Fotografías. Nombres, cifras y conexiones que habrían destruido a la Hermandad si alguna vez hubieran llegado a las manos adecuadas. Fue pasando las hojas despacio, con deliberación, tomándose su tiempo.
Haciéndola esperar.
Entonces Keith miró hacia el coche de Craig y asintió.
La señal. Verificado. Procede.
De acuerdo, pensó Craig. Acaba con esto de una vez. Rápido y limpio.
Esperaba que Keith echara mano de la pistola que llevaba metida en la parte trasera del cinturón.
No lo hizo.
Craig vio cómo su hermano dejaba caer la carpeta al suelo. Vio cómo daba un paso al frente, agarraba a Harriet del pelo y, con una brutal patada, le barría las piernas.
Cayó con fuerza. Las rodillas le crujieron al chocar contra la grava. Un grito de dolor atravesó el aparcamiento vacío y resonó en las colinas lejanas.
¿Qué demonios?
Keith le tiró de la cabeza hacia atrás, dejando su garganta al descubierto. Le abrió la mandíbula a la fuerza con eficacia experta. Levantó la otra mano, en la que sostenía algo pequeño —Craig no alcanzaba a ver qué—, y se lo metió a la fuerza en la boca.