CAPÍTULO 27
"La última noche"
La tienda de campaña olía a sudor, a hierro y a la desesperación de dos personas que saben que el amanecer puede ser lo último que vean.
No era una tienda grande. Era una de las que los soldados usaban en el campo de entrenamiento, de lona gruesa y soportes de madera que crujían con cada ráfaga de viento.
Tenía el tamaño de un ataúd ligeramente ampliado: lo suficiente para que dos personas cupieran tumbadas, no lo suficiente para que el mundo entrase con ellas.
En la esquina, una vela de cera parpadeaba con la terquedad de alguien que se niega a morir, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de tela que se movían con el viento como pulmones gigantes respirando con dificultad.
Jen estaba sentada en el suelo de tierra, con la espalda contra un saco de provisiones y las rodillas contra el pecho.
La túnica gris estaba manchada de sangre que no era suya, de polvo de piedra que no era suyo, de sudor que era suyo pero que ya no sabía distinguir del de los demás.
Las manos le temblaban. No por el frío, aunque hacía frío.
No por el agotamiento, aunque estaba agotada.
Temblaban por algo más profundo, más antiguo, más suyo: el miedo de que el amanecer fuera a llegar y con él el fin de todo.
Dos días de batalla. Dos días de agua, de sangre y de catapultas y de gigantes de piedra que rompían murallas.
También días de Malachi que gritaba obscenidades en medio del horror.
Dos días que eran, simultáneamente, los más largos y los más cortos de su vida.
La habían vaciado, como una botella a la que alguien ha abierto el tapón y ha dejado salir todo el líquido de una sola vez.
Las manos le dolían. Los antebrazos le ardían donde los vasos sanguíneos se habían roto bajo la presión del agua.
Los hombros le crujían como ramas secas.
Y debajo de todo eso, debajo del dolor y del agotamiento y del miedo, la marca del pecho pulsaba con un ritmo que no era el suyo: más lento, más frío, más paciente. Como un reloj que cuenta hacia atrás.
Kaeros entró en la tienda con el temple de alguien que ha aprendido que la urgencia es una ilusión y que todo llega a su debido tiempo si esperas lo suficiente.
Pero esta vez la parsimonia no era suya.
Era una máscara. Jen lo supo porque las sombras se lo dijeron, porque las sombras le contaban todo lo que Kaeros sentía con la precisión de un espejo que no miente: el cansancio de cuatrocientos años que se acumulaban en sus huesos como plomo derretido, la presión de las grietas en sus hombros que pulsaban con cada latido del corazón, el miedo de que el amanecer fuera a llegar y con él el fin de todo.
El mismo miedo que ella sentía.
Se quedó de pie en el centro de la tienda, con las manos a los lados y los ojos grises clavados en ella.
La vela parpadeó, proyectando sombras que bailaban sobre su rostro como dedos de terciopelo.
Las sombras se movían a su alrededor con más calma que de costumbre, como animales que han aprendido a no temer a su dueño.
—Malachi duerme —explicó Kaeros.
—¿Está bien? —preguntó Jen.
—Las manos le duelen. Los curanderos le han vendado. Las sombras le están curando. Pero dice que mañana va a pelear, que si no pelea, se aburre. Y que si se aburre, bebe. Y no queremos que beba, lo cual es cierto. Sería una locura tener a un hombre con poder de fuego borracho en la batalla...
—Dios nos libre de ese evento —interrumpió Jen—. Todo el mundo se pondrá triste y perdemos la guerra.
—Exacto —respondió Kaeros—. Así que mañana pelea. Con las manos vendadas. Con el cuerpo roto. Con cuatrocientos años de cerveza en la sangre. Pero pelea. Porque eso es lo que hace Malachi. Pelea cuando todo lo demás se cae a pedazos.
Jen no dijo nada. Se quedó mirando a Kaeros desde el suelo, con las rodillas contra el pecho y el corazón latiéndole con un ritmo que no reconocía. La vela parpadeó. Las sombras bailaron. El viento sopló contra la lona de la tienda con un sonido que era mitad lamento y mitad canción de cuna.
—Ven —dijo Jen.
No fue una pregunta. No fue una orden. Fue algo más profundo, más antiguo, más suyo: una invitación que no necesitaba palabras para ser entendida.
Kaeros se acercó. Se sentó a su lado en el suelo de tierra, con la espalda contra el saco de provisiones y las piernas estiradas frente a él.
Las sombras se movieron entre los dos, cálidas, protectoras, como un manto de oscuridad.
El espacio entre ellos era de unos centímetros, lo suficiente para sentir el calor del cuerpo del otro sin llegar a tocarlo.
No hablaron durante lo que pareció una eternidad. El silencio entre ellos no era incómodo. Era compartido. Era un espacio donde las verdades podían existir sin ser juzgadas, donde las palabras sobraban porque los cuerpos ya se decían todo lo que necesitaban decir.
Jen lo miró de reojo. El perfil de Kaeros a la luz de la vela era un mapa de dolor y de belleza: la línea de su mandíbula marcada como una línea de montañas, la curva de su nariz, el mapa de cicatrices que le surcaba la piel como ríos secos, las grietas en sus hombros que pulsaban con cada latido del corazón.
Las sombras seguían en movimiento bajo su piel.
*Esto es lo que se siente*, pensó Jen, mirando su perfil a la luz de la vela. *Esto es lo que se siente cuando sabes que puede ser la última vez que miras a alguien. No con miedo. No con tristeza. Con algo más profundo. Con algo que tiene un nombre que todavía no me atrevo a pronunciar *.
—Thalion —dijo Jen, usando su nombre real.
Kaeros se giró hacia ella. Los ojos grises la encontraron en la penumbra de la tienda, brillando como plata fundida bajo la luz de la vela.
—¿Qué? —preguntó.
—Mañana podemos morir —dijo Jen, con una voz que pretendía ser firme, no obstante, sonaba a cualquier cosa menos firme.
Kaeros no respondió en unos segundos. El viento soplaba contra la lona de la tienda. La vela parpadeó. Las sombras se movían entre los dos como animales que detectan algo importante y no quieren interrumpir.
—Podemos —confirmó Kaeros —. Podemos morir. Podemos perder. Podemos ver cómo todo lo que hemos construido se derrumba como un castillo de naipes. Ver cómo el Conquistador gana y ser testigos de cómo cuatrocientos años de lucha terminan en una mañana de sangre.
—Entonces —dijo Jen, con una voz que ya no temblaba—, si esta es la última noche, quiero que sea nuestra.
Kaeros la miró. Los ojos grises la encontraron en la penumbra de la tienda y por un instante, solo un instante, Jen vio en ellos algo que no había visto antes: deseo.
No el deseo salvaje del guerrero. No el deseo frío del comandante.
El deseo desnudo de un hombre que lleva cuatrocientos años sin tocar a nadie y que por fin ha encontrado a alguien a quien quiere tocar.
—Jen...
—No me digas que no —interrumpió ella, con una voz que pretendía ser firme y sonaba a cualquier cosa menos firme—. No me digas que es peligroso. No me digas que mañana hay una batalla. Es el momento. No hay otro día. No hay otra noche. Solo está esta. Y esta es nuestra.
Kaeros la miró un momento largo. Luego, respondió:
—Es nuestra.
No supieron quién se movió primero, tampoco debatirían sobre ello.
Quizás fue ella, que se inclinó hacia él con el cuerpo actuando antes que la mente.
Quizás fue él, que extendió las manos hacia ella con la calma de alguien que ha estado cuatrocientos años sin tocar a nadie y que por fin ha encontrado ese ser a quien ansía tomar.
O tal vez, fueron los dos al mismo tiempo, como dos imanes que han estado demasiado cerca durante demasiado tiempo y que finalmente no pueden resistir la atracción.
Los labios de Kaeros encontraron los de Jen.
El beso fue diferente a los anteriores. No fue el beso de reconocimiento de la plaza, cuando las sombras se cerraron alrededor de los dos como un capullo.
Tampoco el beso de hambre de la torre, cuando las sombras y el agua se mezclaron en una niebla cálida.
Este era un beso de despedida. De dos personas que saben que el amanecer puede ser lo último que vean y que han decidido, con la plena consciencia de alguien que ha vivido demasiado y que ya no tiene nada que perder, que la última noche merece ser vivida con la intensidad de la primera.
Jen besó a Kaeros como si el mundo se acabara mañana. Con los labios que temblaban no de miedo sino de algo más cálido, más urgente, más suyo. Con las manos pequeñas que se enredaron en su pelo oscuro y tiraron de él hacia ella. Con el agua que brotó de su piel como rocío de la mañana.
Kaeros besó a Jen como si el mundo no se acabara nunca.
Con los labios fríos que se calentaban bajo los de ella.
Con las manos grandes que le sostenían la cara como si fuera de cristal.
Con las sombras que se movían alrededor de los dos como un manto vivo, ocultándolos, protegiéndolos, creando un espacio que era solo de ellos.
—Thalion —gimió Jen contra su boca.
—Jen —respondió él contra la suya.
Las manos de Kaeros bajaron por su cuerpo con una lentitud deliberada, explorando, descubriendo, conociendo. La cintura. Las caderas. Los muslos. Cada roce era como quemarse vivo y como si resucitase a la vez.
Jen tiró de la camisa de lino gris de Kaeros.
La tela se levantó por encima de su cabeza con un movimiento torpe, urgente, como quien pela una fruta que no quiere estropear.
El torso quedó al descubierto: cicatrices, músculos tensos, la piel pálida de un elfo que no sale al sol.
Las sombras se movían bajo su piel como venas oscuras, latiendo al ritmo de su corazón.
Las grietas en sus hombros pulsaban con cada latido, oscuras, visibles, con sombras moviéndose dentro como peces atrapados.