CAPÍTULO 26 #3
—No me digas "Malachi" con esa cara. Si me dices "Malachi" con esa cara, voy a llorar.
Y si lloro, necesito cerveza y no la tengo, entonces me deprimiré.
Y si me deprimo, dejo de hacer bromas. Y ese será el momento en el que todo el mundo se pone triste y perderemos la guerra. Así que, por favor, no me hagas llorar.
Jen soltó una carcajada húmeda que le salió de las entrañas, una risa que mezclaba el alivio, el agotamiento y miedo atroz a perder a alguien que apreciaba de verdad.
Que había sido de las primeras personas de su vida en liberdad.
—Eres un idiota —dijo Jen.
—Soy tu idiota —respondió Malachi—. Y el idiota de Kaeros. Y el idiota de Brokk. Y el idiota de todos los soldados de Drakheim. Soy el idiota universal. Es mi vocación. Mi cruz. Y la única cosa que hago bien.
Kaeros apareció a su lado. La oscuridad se movió bajo el cuerpo de Malachi, sosteniéndolo, protegiéndolo, creando una red de sombras que amortiguaba el dolor.
—Malachi —dijo Kaeros.
—¿Qué?
—Eres un idiota.
—Ya me lo has dicho. Muchas veces. En muchos siglos. En muchos idiomas. Incluido en elfo antiguo, que es un idioma muy bonito para insultar a alguien.
—Y eres el hombre más valiente que he conocido —reconoció finalmente Kaeros.
Malachi parpadeó.
—Gracias, Thalion —dijo, usando el nombre real de Kaeros.
—De nada, Emeric —respondió Kaeros, usando el nombre real de Malachi.
La oscuridad de Kaeros se afianzó bajo el cuerpo de Malachi, sosteniéndolo con firmeza, creando una camilla de sombras que le permitió moverlo sin que el dolor fuera demasiado grande.
Jen lo sujetó por un lado. Kaeros por el otro.
Y los tres se movieron hacia la muralla despacio, sin prisa, como quien ha decidido que la urgencia es una ilusión y que todo llega a su debido tiempo si esperas lo suficiente.
El ejército se retiró al mediodía.
No porque hubiera perdido. No porque los guardianes hubieran caído.
No porque las catapultas hubieran sido destruidas.
Se retiró porque el Conquistador decidió que el día había tenido suficiente sangre.
Porque sabía que los defensores estaban agotados, que las murallas estaban debilitadas, que Malachi estaba destruido y que Jen estaba vacía.
Sabía que otro día de batalla podía romperlos.
Y el Conquistador prefería romperlos un día más, cuando estuvieran más cansados, más asustados y más solos.
Jen se dejó caer contra la pared de la muralla.
El cuerpo le pesaba como si alguien le hubiera metido plomo en los huesos.
El antebrazo derecho le palpitaba donde los vasos sanguíneos habían cedido bajo la presión de la corriente.
Una línea de sangre oscura le bajaba por la muñeca hasta los nudillos, mezclándose con el sudor y el polvo y la sangre de otros que no era suya.
Kaeros se dejó caer a su lado. Las sombras se arrastraron entre los dos, cálidas, lentas, como bestias que han terminado de trabajar y que ahora buscan refugio. Bajo la camisa de lino gris, las fracturas en sus hombros palpitaban con oscuridad viva, como grietas en un dique que se abre paso.
En la muralla este, Malachi estaba tumbado en una camilla improvisada, con las manos vendadas por los curanderos de la ciudad y la sonrisa torcida puesta. Dormía. O se había desconectado. Con Malachi nunca se sabía.
—Hoy has matado a un gigante —dijo Kaeros, rompiendo el silencio.
—Malachi mató al gigante —respondió Jen—. Yo solo le abrí las grietas.
—Sin las grietas, Malachi no habría podido hacer nada. Sin el agua, el fuego no habría servido. Sin los dos, el gigante seguiría golpeando la muralla.
—El agua y la sombra —dijo Jen.
—El agua y el fuego —corrigió Kaeros—. Y las sombras. Los tres juntos. Como siempre.
Jen miró el campo de batalla. Los muertos seguían ahí, con los rostros borrados por la distancia y la oscuridad y el horror.
Los restos del gigante de piedra negra yacían frente a la muralla sur, brillando bajo el sol de la tarde como diamantes caídos.
La torre de cristal negro seguía en la distancia, translúcida, brillante, esperando.
—Mañana —dijo Jen—. Mañana vendrán más.
—Así es —confirmó Kaeros.
—¿Y nosotros?
—Nosotros seguiremos aquí —respondió Kaeros—. Donde siempre hemos estado. Donde siempre estaremos. Luchando. Sobreviviendo. Resistiendo.
Jen lo miró. La mirada gris la encontró en la luz del crepúsculo, con un brillo que no era plata sino ceniza, algo más cansado, más honesto.
—Kaeros —dijo Jen.
—¿Qué?
—Malachi ha dicho que quemar enemigos es mejor que el sexo.
—Malachi dice muchas cosas. La mayoría estúpidas. Algunas verdaderas. Pocas ambas.
—Creo que esta vez tenía razón.
Kaeros casi sonrió. Casi.
—No se lo digas —respondió Kaeros—. Si se lo dices, no para de hablar durante una semana. Y no queremos eso, no sabes como son siglos lidiando con su carácter.
Jen se rio. Una risa breve, seca, que le dolió en las costillas pero que necesitaba soltar.
Los dos se quedaron sentados contra la pared de la muralla, con la oscuridad y el agua moviéndose entre ellos como un pulso compartido, y no dijeron nada más porque no hacía falta.
El ejército esperaba en la oscuridad.
Pero ellos estaban vivos.
Y eso era suficiente.