CAPÍTULO 25
"La batalla en las puertas"
El ejército llegó con el amanecer.
No hubo trompetas. Tampoco heraldos. Ni el sonido de cascos sobre piedra, ni el crujido de armaduras, ni el murmullo de soldados alertando al castillo.
Lo que hubo fue peor: vacío. Un silencio que no era paz ni calma sino algo más parecido al espacio que queda cuando alguien te arranca una palabra de la boca antes de que la pronuncies.
El mismo silencio que había precedido a la niebla hacía cuatrocientos años.
El que precedía a todo lo que el Conquistador tocaba.
Jen lo sintió antes de verlo. El agua dentro de ella vibró, como una cuerda de arpa pulsada por unos dedos invisibles.
La marca del pecho respondió con un pulso frío, enviando ondas de alarma que le recorrían el cuerpo como descargas eléctricas.
Las manos le temblaron. No de frío. De algo que venía de antes de que ella naciera, de antes de que el Conquistador la marcara, de antes de que el mundo fuera lo que era.
*Miedo*, pensó Jen y la palabra le supo a sangre. *Miedo de verdad. No el que sentí con mi padre, que era conocido y predecible. O cuando conocí a Kaeros, que era profundo y antiguo. Este es el miedo de alguien que sabe que va a morir y que no sabe cuándo ni cómo ni por qué*.
Estaba en la muralla sur, con los dedos hundidos contra la piedra fría y los ojos clavados en el horizonte.
El sol de la mañana se colaba entre las nubes grises como un invitado que cumple una obligación, tiñendo el cielo de un color que era mitad oro y mitad ceniza.
Las antorchas de las almenas crepitaban con un sonido que era mitad fuego y mitad pulso.
Y entonces los vio.
El horizonte se oscureció.
No fue un cambio gradual. Fue instantáneo, absoluto, como si alguien hubiera bajado una cortina de terciopelo negro sobre el borde del mundo.
Donde antes había montañas grises y nubes plomizas y el borde lejano del bosque de Sylvaen, ahora había oscuridad pura, densa, con una textura que no correspondía a ningún fenómeno natural.
Y de esa oscuridad, el ejército emergió.
Los vio aparecer como hormigas saliendo de un hormiguero: lentos, ordenados, implacables.
Primero los soldados de a pie, con armaduras de hierro negro que brillaban bajo la luz de la mañana como escamas de reptiles gigantes.
Luego los jinetes, montados en caballos que no eran caballos: criaturas negras, con los ojos rojos como brasas y el aliento de humo, que se movían con una sinuosidad felina que recordaba más a los gatos que a los équidos.
Luego las máquinas de asedio: catapultas de hierro y madera, torres de asalto con ruedas que crujían como huesos rompiéndose, arietes con puntas de acero que brillaban como colmillos.
Y detrás de todo eso, como una sombra que no se molesta en esconderse, los seres mágicos.
Los vio aparecer como figuras de una pesadilla: un ogro de tres metros de altura, con la piel del color de la piedra y los puños del tamaño de bloques de granito, que arrastraba una maza de hierro que dejaba surcos en el suelo como si la tierra fuera mantequilla.
Un grupo de elfos oscuros, con las pupilas del color de la sangre seca y los dedos largos y afilados como cuchillos, que avanzaban entre las filas con voluntad propia.
Un basilisco de escamas verdes, con los ojos amarillos que brillaban como ácidos, que reptaba entre las líneas con la gracia de una serpiente que ha crecido demasiado para ser pequeña.
Y más allá, perdidos en la oscuridad que precedía al ejército, siluetas que Jen no podía identificar pero que intuía que eran peores que todo lo demás.
—Mierda —susurró Jen, porque no sabía qué otra cosa decir.
—Exacto —respondió una voz detrás de ella.
Se giró.
Kaeros estaba a tres metros de distancia, con las manos cruzadas a la espalda y la mirada gris clavada en el horizonte.
Las sombras a su alrededor se agitaban con más nerviosismo que de costumbre, como bestias que detectan el peligro antes de verlo.
Las grietas en sus hombros se adivinaban bajo la camisa de lino gris, con oscuridad desplazándose en su interior con fluidez.
—¿Estás lista? —preguntó Kaeros.
Jen tragó saliva. Miró el ejército, las catapultas, al ogro, al basilisco, a los elfos oscuros, a todo lo que venía a matarla y sintió que el pánico le subía por la garganta como una bilis caliente.
—No —respondió, con una honestidad que le ardió en la boca—.
No estoy lista. Nunca he estado en una batalla.
Nunca he matado a nadie. Nunca he visto la muerte de cerca.
No sé lo que se siente cuando alguien muere delante de ti.
No sé lo que se siente cuando la sangre te salpica la cara.
No sé nada de lo que necesito saber para sobrevivir a esto.
Kaeros la miró. Luego, sin decir nada, se acercó. Las sombras se deslizaron entre los dos, cálidas, protectoras, como un velo de oscuridad.
—Escucha —dijo Kaeros—. Lo que sientes es miedo. Miedo real. Miedo de muerte. Y eso está bien. El miedo no es debilidad. El miedo es la cuerda que te ata a la vida. Si no tuvieras pánico, significaría que ya no te importa vivir. Y tú quieres vivir. Quieres vivir más que nadie que haya conocido.
Jen lo miró. La mirada gris la encontró en la luz de la mañana, brillando como plata fundida.
—Pero el terror no puede paralizarte —continuó Kaeros—. No puede detenerte. No puede convertirte en una piedra en medio de una batalla. Porque si te quedas inmóvil, mueres. Y si mueres, el Conquistador gana. Y el Conquistador no puede ganar. No ahora. No después de todo lo que hemos pasado.
—¿Y cómo lo hago? —preguntó Jen, con una voz que sonó más pequeña de lo que pretendía—. ¿Cómo se lucha con miedo?
—No luchas contra el miedo —respondió Kaeros—.
Luchas a pesar de él. Con el agua, con lo que eres, con todo lo que te han quitado y todo lo que te has ganado.
Con el recuerdo de Nerithim, con el sabor del helado de fresa, con el latido de tu corazón.
Y si el pánico viene, déjalo venir. Déjalo estar. Pero no le dejes el mando.
Jen cerró los ojos. El terror seguía ahí, pequeño y frío, encajado en algún punto detrás de sus costillas. Pero por debajo de él, más profundo, más antiguo, más suyo, había otra cosa. Algo que se parecía peligrosamente a la determinación.
—Vale —dijo Jen, abriendo los ojos—. Estoy lista.
—No estás lista —respondió Kaeros—. Pero estás aquí. Y eso es lo que importa.
La primera catapulta disparó a las ocho de la mañana.
El sonido fue ensordecedor: un crujido de madera, de hierro y de cuerdas tensadas al límite, seguido de un silbido que cortó el aire como un cuchillo y terminó con un impacto que sacudió la muralla como si alguien hubiera dado un puñetazo en una mesa.
La piedra voló describiendo un arco lento, casi poético, contra el cielo gris y aterrizó en el patio de armas con un estruendo que hizo temblar los cimientos de la torre.
Jen se agachó. El instinto la salvó: la piedra pasó sobre su cabeza como un meteorito, lo suficientemente cerca como para sentir el viento que levantaba en su paso y lo suficientemente lejos como para no convertirla en un pastel de carne y huesos.
El proyectil impactó contra la pared de la muralla con un sonido que era mitad explosión y mitad lamento, dejando un cráter del tamaño de un hombre en la superficie de granito negro.
—¡A cubierto! —gritó Kaeros, desde el otro lado de la muralla.
Las sombras se arremolinaron alrededor de Jen formando un escudo, envolviéndola, creando una burbuja de oscuridad que amortiguó la onda expansiva de los siguientes impactos.
Las piedras caían como lluvia: unas sobre la muralla, otras sobre el patio, otras sobre los tejados de la ciudad, dejando cráteres humeantes donde antes había piedra sana.
Jen se incorporó. El corazón le latía con tanta fuerza que podía sentirlo en las muñecas, en la garganta, en las sienes.
El pánico seguía presente, pero ya no paralizaba.
Ahora era un pulso más, un latido adicional que se sumaba al de su corazón y al del agua que corría por sus venas y al de las sombras de Kaeros que la envolvían como una segunda piel.
*Mira*, se ordenó Jen, apretando los puños contra la piedra de la muralla. *Mira lo que viene, lo que hay que matar, lo que hay que destruir. Y hazlo. Con el agua, con todo lo que tienes. Porque si no lo haces, mueres. Y si mueres, el Conquistador gana. Eso no puede pasar*.
El ejército avanzó.
No con prisa. No con estruendo. Con la seguridad y calma de quien sabe que tiene tiempo, de quien sabe que la ciudad no va a irse a ninguna parte, de quien sabe que la muralla puede resistir cien impactos, pero no mil.
Los soldados de a pie marchaban en formaciones perfectas, con las armaduras de hierro negro brillando bajo el sol de la mañana y las espadas desenvainadas.
Los jinetes cabalgaban en los flancos, con las bestias negras moviéndose con esa gracia depredadora que las hacía parecer más felinos que monturas.
Las catapultas seguían disparando, una tras otra, con el ritmo implacable de un corazón que no sabe detenerse.
Y detrás de todo eso, los seres mágicos masivos.
El ogro avanzaba por el centro, arrastrando la maza por el suelo y con los puños cerrados como rocas.
A su alrededor, los elfos oscuros se desplazaban con voluntad propia, con las pupilas del color de la sangre seca y los dedos largos y afilados.
El basilisco reptaba entre las filas con la gracia de una serpiente gigante, con los ojos amarillos que brillaban como ácidos.
Y más allá, siluetas que Jen no podía identificar pero que intuía que eran peores que todo lo demás: formas que se movían en la oscuridad que precedía al ejército, como nubes de tormenta que se condensan y se disipan y se vuelven a condensar.
—Preparad las catapultas —ordenó Kaeros, desde la torre de mando.