CAPÍTULO 24 #3
—No —respondió Kaeros, con una firmeza que no admitía réplica—. Tú vas a estar donde más te necesiten. Donde tus poderes hagan más daño al ejército. Donde el agua y la sombra puedan trabajar juntas.
—¿Y dónde es eso?
—En la muralla sur —respondió Kaeros—. Donde el ejército concentrará el ataque principal.
Donde las sombras son más débiles porque el sol da de lleno.
Donde el agua puede llenar las trincheras que Malachi ha ordenado cavar.
Donde tú puedes hacer lo que nadie más puede: usar el agua como escudo y como espada.
Jen lo miró. Los ojos del color del cielo nublado encontraron a los ojos grises de Kaeros y por un instante, solo un instante, Jen vio en ellos algo que no había visto antes: orgullo.
No el orgullo del comandante. No el orgullo del tirano.
El orgullo de alguien que ha visto a otra persona crecer y que sabe que esa persona es capaz de cosas que ni él mismo puede imaginar.
—Trato hecho —dijo Jen—. Muralla sur. Agua y sombra. Como siempre.
—Como siempre —confirmó Kaeros.
Esa noche, Kaeros se quedó en la muralla.
No porque tuviera que quedarse. No porque hubiera peligro inminente.
Se quedó porque necesitaba pensar. Necesitaba estar solo con sus sombras, solo con su silencio, solo con el peso de todo lo que se acercaba: el ejército, Edrin, el Conquistador, la batalla que probablemente definiría el destino de Draevorn.
Las sombras se movían a su alrededor con más calma que de costumbre.
La purificación de Jen había hecho algo con ellas: no las había eliminado, pero las había calmado, como un animal domesticado que ha dejado de morder y que ahora se limita a observar desde la esquina.
Las grietas en sus hombros eran más estrechas, pero seguían ahí, oscuras, visibles bajo la camisa de lino gris.
*Cuatrocientos años*, pensó Kaeros, mirando el horizonte donde las montañas se perdían en la bruma. *Cuatrocientos años sirviendo al Conquistador. Cuatrocientos años siendo su perro. Cuatrocientos años de sombras, de soledad, de noches en las que tosía niebla negra y nadie lo sabía *.
*Y ahora, de repente, todo cambia. De repente hay una chica que huele a agua y que se cae igual que Aelith y que me purifica las sombras con las manos.
De repente hay un ejército que viene a matarnos.
De repente hay un padre que quiere venganza.
De repente hay un mundo que se está cayendo a pedazos y que yo, el tirano de Draevorn, el monstruo que todos temen, tengo que sostener con las manos *.
*¿Puedo?*
La pregunta se quedó flotando en el aire de la muralla, sin respuesta, como el humo de las antorchas que se elevaba hacia el cielo nocturno.
Kaeros no sabía si podía. No sabía si las sombras lo dejarían.
No sabía si el control del Conquistador era demasiado fuerte.
No sabía nada, excepto que Jen estaba en algún lugar de la torre, con el colgante de Nerithim brillando contra su pecho y el agua dentro de ella vibrando con cada latido del corazón.
*Jen*, pensó Kaeros. *Si puedo hacer esto, es por ti.
Si puedo luchar contra el Conquistador, es por ti.
Si puedo ser algo más que un monstruo, es por ti.
Porque tú me has enseñado que el agua y la sombra pueden coexistir.
Que el dolor y la esperanza pueden coexistir.
Que el monstruo y el hombre pueden coexistir *.
*Y eso es más poderoso que cualquier ejército que el Conquistador pueda reunir *.
Kaeros cerró los ojos. Las sombras se movieron a su alrededor, cálidas, protectoras, como un manto de oscuridad. Y en algún lugar profundo de su memoria, en ese rincón que el Conquistador no pudo borrar porque estaba demasiado hondo, la risa de Aelith resonó como un eco lejano.
Pero ahora, junto a esa risa, había otra cosa. Esa cosa preciosa llamada esperanza.
El sonido de Jen riendo.
Y eso, pensó Kaeros mientras las estrellas parpadeaban sobre Drakheim y el ejército de las tinieblas se acercaba como una marea de oscuridad, era lo más valioso que tenía.
Más valioso que las sombras.
Más valioso que la inmortalidad.
Más valioso que cuatrocientos años de poder.
Porque el poder se puede perder. La inmortalidad se puede romper. Las sombras se pueden purificar.
Pero la risa de alguien que te ha enseñado a sonreír después de cuatrocientos años de silencio, eso no se puede quitar.
Eso es para siempre.
El viento nocturno de Drakheim soplaba entre las almenas, trayendo el olor a metal frío y a humo de chimenea.
Las estrellas brillaban sobre las montañas, indiferentes al terremoto que se estaba preparando bajo ellas.
Y en algún lugar del horizonte, detrás de las montañas, detrás de las nubes, detrás de la oscuridad, el ejército de las tinieblas marchaba hacia Drakheim.
Seiscientos soldados. Seis comandantes. Y un padre con ganas de venganza.
Pero aquí, en la muralla de la ciudad más temida de Elyrion, un elfo de cuatrocientos años con grietas en los hombros y sombras en las venas miraba al horizonte con la cara de alguien que ha decidido, por primera vez en cuatro siglos, que ya no va a huir.
Y eso era suficiente.