CAPÍTULO 14 #3
El lago de los susurros fue lo primero: cómo Jen le contó que había crecido en una cueva, que la habían entrenado toda su vida para matarlo y cómo lloró al decírselo, no de rabia sino de vergüenza, como si el peso de su propia historia fuera una carga que ninguna espalda podía sostener sola.
Luego vino la confesión de Kaeros a cambio: que su nombre no era suyo, que el Conquistador se lo había arrebatado junto con todo lo demás, que el hombre que existía antes de aquella noche simplemente se había borrado del mundo. Por suerte quedaban fragmentos.
Después llegó el silencio compartido. Una hora entera sentados en la orilla con los pies descalzos en el agua y el sol de la mañana calentándoles la cara sin pedir permiso.
Y la caída de Jen al intentar levantarse de la roca: la misma torpeza absurda que una vez con Aelith lo hizo sonreía, la misma forma de lanzar las manos hacia adelante, el mismo gesto de sorpresa ridícula.
En ese instante algo dentro de Kaeros se detuvo como un reloj al que le arrancan la cuerda.
Porque, al final, confeso, que no era lo mismo. No se parecían en nada. Pero mirar a Jen le daba nostalgia, le recordaba esos fragmentos que danzaban en su mente de una vida feliz que una vez tuvo.
Malachi escuchó sin interrumpir cuando llegó la parte de la carne.
Cómo Kaeros se la cortó en silencio, sin mirarla, sin esperar gratitud.
Cómo ella dijo "gracias" con una voz que era mitad vergüenza y mitad algo más tibio, algo que no supo identificar pero que le hizo sentir, por primera vez en siglos, que estaba vivo de verdad y no simplemente existiendo.
Malachi había estado allí y, aun así, dejó que lo volviera a explicar.
Y cuando al fin terminó, Malachi permaneció callado un buen rato, con la copa vacía entre los dedos y la sonrisa torcida dibujada en el rostro como un hábito que ya no podía abandonar del todo, pero con los ojos apagados, como brasas que alguien ha soplado con demasiada fuerza y que ahora solo guardan un rescoldo moribundo.
—Oye, Kaeros —dijo al fin, con una voz desprovista de toda broma.
—Dime.
—¿Sabes qué es lo más irónico de todo esto?
—¿Qué?
—Que el Conquistador te ha ordenado matar a la única persona en cuatrocientos años que te ha arrancado una sonrisa.
Y que tú, el hombre más peligroso de Draevorn, el tirano que ha pulverizado seis resistencias, el monstruo que aterroriza a medio continente, has dicho "no" a una entidad capaz de borrarte del mapa con un pensamiento.
Kaeros no respondió.
—Eso —prosiguió Malachi, bajando todavía más la voz— es lo más valiente que he presenciado en cuatro siglos. Y he visto cosas de todo tipo. Incluido a un hombre tirar un hueso de melocotón a un guardia imperial desde un balcón de tres pisos y acertarle en la nariz o eso me han contado.
Kaeros dejó escapar algo que se parecía a una risa. Pequeña, cansada, agrietada, como la de alguien que ha llevado un peso sobre la espalda durante tanto tiempo que ha olvidado lo que es caminar erguido y que de pronto descubre que hay otra persona ayudándole a sujetarlo.
—¿Y ahora qué hago?
Malachi lo miró un momento. Luego la sonrisa se le ensanchó, adquiriendo un brillo que era mitad complicidad y mitad advertencia.
—Ahora salvamos a la niña del agua. Porque si el Conquistador quiere que muera, eso significa que mantenerla viva es lo más importante que podemos hacer.
—¿Esa es tu lógica?
—Es la lógica de cuatrocientos años de experiencia. Y en cuatrocientos años solo me he equivocado tres veces. Las tres por confiar en la cerveza barata.
Kaeros rio. De verdad esta vez. Una risa breve, rota, que dolía al salir, pero que era suya. Auténtica. La primera en mucho tiempo que no sonaba a ecos de algo muerto.
—Gracias, Emeric —dijo, usando el nombre verdadero de Malachi por primera vez en cuatro siglos.
Las sombras.
Porque con ellas había sabido el nombre real de su amigo.
Algo destelló en los ojos de Malachi, algo rápido e intenso que apareció y se esfumó antes de poder atraparlo. Luego la sonrisa se expandió hasta casi desbordarle la cara, más amplia y más honesta y más cálida de lo que Kaeros le había visto jamás.
—De nada, Kaeros —respondió, devolviéndole el favor de usar el nombre real.
Se quedaron en la escalera un rato más, sin hablar, dejando que el silencio existiera entre los dos como un territorio compartido que no necesitaba ser llenado de palabras.
Las estrellas seguían clavadas sobre Drakheim.
El viento se colaba entre las almenas con un sonido que era casi una canción.
Y en algún lugar de la ciudad, en una habitación de un albergue llamado "La Cama Dura", Jen dormía con la marca palpitándole en el pecho, el agua en las venas y un destino que acababa de cambiar de curso como un río que rompe un dique.
El Conquistador había dado una orden.
Kaeros había dicho que no.
Y eso, pensó Malachi mientras la cerveza se entibiaba entre sus dedos y las constelaciones parpadeaban sobre las cumbres nevadas, era lo más significativo que había ocurrido en cuatrocientos años.
Porque cuando un hombre le dice que no al diablo, el mundo entero lo escucha.
Y el mundo, por primera vez en mucho tiempo, estaba empezando a cambiar.