CAPÍTULO 14 #2
La niebla comenzó a retirarse. La silueta se fue desvaneciendo como humo dispersado por el viento, pero su voz persistió un momento más, flotando en el espacio del sueño como un eco que se niega a extinguirse.
—Mátala, Kaeros. O muere con ella. La elección es tuya. Siempre lo ha sido.
Y el sueño se deshizo.
Se despertó con un grito enredado en la garganta que no logró salir.
El frío de la piedra le mordía la espalda a través de las sábanas empapadas de sudor.
Las sombras de la habitación se movían con una agitación febril, como animales despertados de golpe en una madrugada que no comprenden.
El corazón le golpeaba con tanta violencia que lo sentía en las muñecas, en la garganta, rebotándole dentro de las sienes con un ritmo que no era el suyo.
Se incorporó. El aire nocturno de Drakheim se coló por la ventana trayendo el olor a metal y a ceniza. Las estrellas colgaban sobre las montañas con la indiferencia de quien lleva miles de años contemplando el sufrimiento ajeno sin pestañear.
*La marca de Jen *. La sangre se le cuajó. *No es un rastro. Es una cuenta atrás. Y cuando llegue a cero.. *.
No terminó de formular el pensamiento. El terror se lo impidió, un terror que no experimentaba desde hacía cuatro siglos, desde aquella noche en que perdió todo lo que amaba con la misma facilidad con que se pierde una moneda en el bolsillo de un abrigo viejo.
*Mátala o muere con ella *.
Las palabras del Conquistador rebotaban dentro de su cráneo como piedras en una habitación sin puertas.
Se levantó de la cama. Le temblaban las piernas.
Las manos. Todo el cuerpo, como si de pronto hubiera olvidado la mecánica de estar quieto.
Se echó la túnica sobre los hombros, se calzó las botas sin atárselas y salió de la habitación sin tener la menor idea de hacia dónde iba. Los pies decidieron por él.
El pasillo estaba a oscuras. Las antorchas se habían consumido y solo la luz de la luna se filtraba por los ventanales, proyectando sombras plateadas sobre las paredes de piedra.
Kaeros caminó dejándose llevar, sin pensar, sin planear, sin el andamiaje de disciplina mental que había construido durante cuatrocientos años de soledad.
Los pies lo condujeron a la escalera de la torre.
Y allí estaba Malachi. Sentado con la espalda contra la pared y las piernas estiradas sobre los escalones, una copa de cerveza en la mano, la sonrisa torcida colocada como quien se pone un abrigo antes de salir.
Despierto, naturalmente. Siempre lo estaba cuando Kaeros lo necesitaba, como si poseyera un radar que detectara las crisis de su amigo antes de que este fuera consciente de tenerlas.
—Vaya —dijo, levantando la vista—. Tienes cara de haber visto un fantasma. O a tu suegra. Que en tu caso viene a ser lo mismo, porque no tienes, pero si la tuvieras, apuesto a que daría un miedo atroz.
Kaeros no contestó. Se dejó caer en el escalón contiguo, con la espalda contra la pared y la cabeza entre las manos. El frío de la piedra le atravesó la túnica. Las sombras, todavía alteradas, pululaban a su alrededor sin lograr calmarse.
Malachi lo observó un instante. La sonrisa se movió apenas, como un animal que capta una corriente de aire extraña.
—Oye —cambió el tono por completo, abandonando todo rastro de broma—. ¿Qué ha pasado?
El silencio se estiró entre ambos, espeso, preñado de algo que Malachi intuía, sin embargo, no podía nombrar. Luego, con una voz que parecía haber sido convertida en algo grave y seca, Kaeros habló.
—El Conquistador. Ha venido a mis sueños.
La copa de Malachi se quedó suspendida a medio camino entre el escalón y sus labios. Algo cruzó sus ojos, algo veloz y profundo.
—¿Qué ha dicho?
Kaeros levantó la cabeza. Sus ojos grises encontraron a Malachi en la penumbra, brillando con la opacidad del mercurio bajo el resplandor lunar.
—Que sabe de la resistencia. Conoce sus planes. Han traído un arma para matarme.
—¿Un arma?
—Jen.
El nombre quedó flotando en el aire del rellano. Malachi no se movió. Esperó.
—Dice que la marcó —continuó Kaeros y su voz se cuarteó como una rama bajo el peso de la escarcha—. Cuando era un bebé. Le puso una señal en el pecho. La misma que ella descubrió que no era normal hace días. No sirve para rastrearla. Es una cuenta atrás.
El corazón de Malachi se detuvo medio segundo.
—¿Una cuenta atrás?
—Cuando se agote, el agua de su cuerpo dejará de obedecerla. Se transformará en lo que siempre fue: un arma sin voluntad. Sin recuerdos. Sin nombre.
Malachi apretó los labios hasta que se le pusieron blancos.
—¿Y quién la diseñó así?
—El Conquistador. Con la complicidad de alguien cercano a ella.
—¿Quién?
—Su padre. El elfo. Fue él quien la entregó. Él quien consintió que marcaran a su propia hija.
Malachi cerró los ojos durante un segundo entero.
Cuando los abrió, su rostro había cambiado.
La sonrisa había desaparecido, sustituida por algo que rara vez se asomaba a aquella cara: una rabia fría, contenida, silenciosa, como el fuego que arde bajo el hielo y que no necesita llamas para ser peligroso.
—¿Qué más?
—Que mate a Jen. O que muera con ella. Porque cuando la marca se agote, ella me buscará primero. Para eso fue creada. Para acabar conmigo.
El silencio que llenó el rellano fue tan hondo que Malachi pudo oír el crepitar de una vela extinguiéndose un peldaño más abajo.
—¿Y tú? ¿Qué vas a hacer?
Kaeros no respondió de inmediato. Se quedó mirando sus propias manos, esas manos que habían matado a tantos durante cuatrocientos años y que ahora temblaban como las de un niño asustado.
—No lo sé —admitió al fin—. No sé cómo salvarla. No sé cómo detener la marca. O cómo enfrentarme a algo que me supera de la forma en que él me pasa por encima. No sé nada. Solo sé una cosa.
—¿Cuál?
—Que no voy a matarla.
Malachi lo estudió durante un largo rato. Luego, sin mediar palabra, le tendió la copa de cerveza.
—Bebe. No va a arreglar nada, pero el mundo se verá un poco menos horrible desde el fondo de un vaso.
Kaeros obedeció. La cerveza era amarga, fría, con un regusto a grano tostado que le rozó la memoria de algo que no supo identificar. No era lo que su cuerpo pedía, pero era real. Tangible. Algo que no era una orden dictada en la niebla.
—Malachi.
—Dime.
—Hay algo que llevo guardando demasiado tiempo.
La sonrisa regresó al rostro de Malachi, pero era otra versión: más pequeña, más honesta, la de quien ha decidido dejar de esconderse detrás de la broma y empezar a hablar con el estómago.
—Adelante. Para eso estamos. Confesiones nocturnas y cerveza regular.
Kaeros aspiró profundamente. El aire nocturno de Drakheim sabía a metal, a ceniza y a algo más cálido que no encontraba nombre.
—Después de Aelith —empezó, con la voz más baja que la había tenido jamás—. Después de que la matara. Después de siglos de soledad, de insomnio, de noches enteras mirando al horizonte buscando algo que ya no existe. Después de todo eso...
Se detuvo. Las palabras se le atascaron en la garganta como espinas.
—¿Sí? —animó Malachi.
—Jen es la primera persona que me hace pensar que podría volver a sentir algo.
El silencio siguiente fue tan hondo que Malachi escuchó su propio corazón latir dos veces antes de responder.
No dijo nada durante un rato. Se quedó mirando a Kaeros con esos ojos oscuros que parecían capaces de leer lo que uno no dice. Luego le arrebató la copa de cerveza con un gesto brusco y la volvió a llenar.
—Bebe —ordenó de nuevo—. Y después cuéntamelo todo. Desde el principio. Desde el lago. Desde la carne que le cortaste. Desde el helado que aún no le has dado. Desde cada maldito detalle.
Kaeros obedeció. La cerveza le supo a algo que no sabía nombrar, aunque que se parecía peligrosamente a la esperanza.
Y entonces habló.