Logan (Agencia Pipen 5) Capítulo 1
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Logan (Agencia Pipen 5)

Logan (Agencia Pipen 5)

Por Maya R. Stone

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Capítulo 1

La oscuridad era constante, opresiva. Era mucho más que ausencia de luz, parecía tener peso.

Nadia sentía que se le apoyaba sobre el pecho, le cerraba la garganta, la obligaba a respirar despacio y a aspirar el olor metálico del contenedor.

Oxido viejo, gasóil rancio y el sudor de ocho mujeres atrapadas, tendidas sobre el suelo de chapa estriada, débiles, sin reacción, sin esperanza.

Cada balanceo del carguero hacía crujir los remaches y el agua golpeaba el casco con un ritmo sordo y constante. De vez en cuando, un sollozo escapaba de alguna de ellas, pero moría enseguida, sofocado contra una manga o una mano.

Nadia no lloraba. Sus dientes dolían de tanto crujirlos y la garganta parecía abrasada, pero estos días había aprendido que cada lágrima exigía agua al cuerpo y que el agua era ahora más valiosa que cualquier otra cosa.

Así que contaba. Uno, dos, tres. Otra sacudida del motor. Uno, dos, tres, cuatro.

Intentaba encontrar un patrón en las vibraciones del barco, en la inclinación del suelo, en el tiempo que tardaba el ruido del agua en desaparecer después de cada embestida contra el casco.

Durante las últimas horas, el frío había aumentado. Ya no era el aire húmedo y pesado del puerto de Bulgaria. La temperatura se había desplomado hasta obligarla a encoger las piernas contra el pecho. El Bósforo había quedado atrás, probablemente.

Solo podía suponer dónde estaban. ¿Mar Negro?

¿Mediterráneo? No podía saberlo. Pero era lejos de su casa, de su familia, de su vida.

Apoyó la nuca contra la pared de chapa y el frío le atravesó la piel y le arrancó un escalofrío.

¿Cuántos días habían pasado desde que salió de casa con una carpeta de plástico bajo el brazo y la esperanza de conseguir el dinero para pagar el tratamiento de su madre?

Cinco, tal vez seis. Era tan difícil llevar registro del tiempo en este encierro terrible.

El rostro de chicho Yavor apareció detrás de sus párpados. Su tío. Ese maldito, ese monstruo. Era su familia, ¿cómo pudo? Cerró los ojos con fiereza. Recordó su sonrisa fácil, las botellas de vino barato que llevaba a las fiestas familiares, la presencia en sus vidas desde que tenía memoria.

¿Cómo iba a sospechar que la traicionaría de un modo tan atroz? Nadia, sobrina, hay una agencia de traducción en Bruselas que busca filólogas con tu nivel de ruso y dominio de textos antiguos. Pagan muy bien. Lo suficiente para que cubras los gastos de la clínica de Sofía.

Había saltado de alegría ante la posibilidad.

Le creyó sin más. Su desesperación por salvar a su madre la había vuelto presa fácil.

Subir en aquella camioneta hacia Bruselas fue el error más caro.

Nadia todavía recordaba el traqueteo del motor y el momento exacto en que comprendió que algo no iba bien.

Entonces, cuando gritó que quería irse, vino un golpe. Un fogonazo de dolor en la nuca. Una puerta cerrándose. Un cerrojo. Y aquel taller abandonado entre los astilleros. Cuando entendió que no había empleo, que no habría dinero para su madre, ya no había esperanza para ella.

Estaba perdida. Aturdida, aterrorizada, fue abofeteada, maniatada, manoseada y había escuchado lo que le esperaba, con horror.

Desde entonces, había perdido la cuenta de las horas y su cuerpo y su cabeza disociaban.

El primero buscaba sobrevivir, la segunda se enredaba en escenarios espantosos. Pero no lloraba, no.

—Tengo sed... por favor...

La voz de la chica a su izquierda era apenas un hilo.

Nadia giró la cabeza. La chica era muy joven.

Dieciocho años, quizá.  Tenía los labios partidos y las rodillas contra el pecho.

Venía de la capital, de Sofía. Elena se llamaba, Nadia recordaba haber escuchado el nombre cuando las obligaron a subir al contenedor.

—Conserva la saliva —susurró en búlgaro.

La muchacha levantó los ojos.

—No puedo.

—Tienes que poder, si quieres vivir.

Nadia le tendió la mano y cerró los dedos alrededor de los suyos.

—No hables. Respira por la nariz. Despacio.

—Tengo miedo.

—Lo sé.

Nadia estaba aterrada también. Elena le apretó los dedos.

—¿Qué nos van a hacer?

Nadia miró hacia la puerta cerrada. No tenía una respuesta bonita para darle. Mejor callar y no pensar en eso.

—Ahora mismo, nada —dijo—. Estamos aquí. Concéntrate en eso.

—Mi tío Sergei me buscará. Él…

Un golpe metálico recorrió la bodega y las ocho mujeres se quedaron inmóviles. Luego, hubo otro, seguido de pasos pesados. Elena soltó la mano de Nadia y se llevó ambas al pecho. El sonido de las botas descendiendo por las pasarelas metálicas se acercó hasta detenerse frente al contenedor.

El pestillo se movió. Nadia se incorporó cuanto pudo.

La puerta se abrió unos centímetros y una luz amarilla brutal irrumpió en la oscuridad.

Todas se cubrieron los ojos. Nadia apretó los párpados.

Un dolor agudo le atravesó las órbitas. Cuando volvió a abrirlos, dos siluetas ocupaban el marco de la puerta.

Hombres corpulentos con chaquetones marineros manchados de grasa. El primero llevaba una barra de hierro. ¿Esperaba resistencia de un grupo de mujeres debilitadas y aterradas? Cobarde , pensó. El segundo sostenía una botella de agua y un paquete de pan.

—A ver, perras...

El idioma ruso sonó tosco, con las consonantes arrastradas y un acento que Nadia reconoció al instante. Rumano. La banda estaba conformada por gente toda de europeos del este, como ella. ¿Dónde las estaban llevando?

El hombre lanzó varios trozos al suelo mientras reía con malicia.

Como si alimentara cerdos. Maldito, maldito .

La rabia se enquistó en su estómago y este rugió, vacío, exigente.

Había pasado mucho desde que habían comido, estaban al borde de la inanición.

Eso explicó la velocidad con la que las otras se movieron.

La barra de hierro golpeó la chapa como un gong. ¡CLANG! Todas retrocedieron a la par.

—¡Atrás! —rugió el hombre—. Si una se mueve sin permiso, hoy no come nadie.

Nadia se retrajo fingiendo obediencia, pero observó.

Las botas negras de su carcelero tenían suelas gruesas con restos de barro seco.

La barra tenía manchas de óxido. El hombre de la botella no parecía armado.

Su mirada descendió lentamente por el grupo y Nadia sintió que el estómago se le contraía.

Conocía ya aquella clase de inspección. Bajó la vista antes de que él llegara hasta ella y cerró los dedos alrededor de la muñeca de Elena. La muchacha había empezado a temblar.

—Tú.

El maldito vino hacia Elena, que se encogió y sollozó.

—¡Cállate la boca! Llevas dos días chillando como una rata.

Elena tembló y gimió sin poder evitar que su espanto se filtrara.El hombre levantó la mano con expresión desdeñosa, y entonces Nadia se movió y se interpuso entre ambos para cubrir la cabeza de la muchacha. La bofetada le explotó en el pómulo y el golpe la lanzó contra la pared.

Durante un instante no oyó nada, salvo un zumbido agudo. Luego llegó el dolor. Caliente. Profundo. Algo tibio le resbaló desde la comisura de los labios. Sangre. Nadia apoyó una mano en el suelo. Inspiró, y el aire entró rápido.

No se movió hasta recuperar el control de las piernas. Entonces levantó la cabeza. El marinero seguía frente a ella, amenazante, sus ojos ranuras de ira, lanzando improperios. Nadia escupió sangre sobre la chapa.

—Si vuelve a golpearla —dijo en ruso—, entrará en shock.

El hombre gruñó y Nadia señaló a Elena con la barbilla.

—Si no puede caminar cuando lleguemos al puerto, alguien tendrá que cargarla.

Silencio. Los ojos del hombre se estrecharon.

—¿Qué coño sabes tú?

Nadia sostuvo su mirada.

—Imagino que no nos trajeron hasta aquí para matarnos en el viaje.

El hombre de la botella soltó una risa corta.

—Mírala. La profesora es lista.

El marinero de la barra dio un paso hacia Nadia, pero ella no retrocedió.

—Los compradores pagan por mujeres sanas —continuó, ignorando como su estómago se contraía al decir esto.

Estos eran lacayos, basura que debía rendir cuentas con sus jefes, y eso era lo único que podía salvarles la vida en este barco en medio de la nada—.

No por mercancía rota. Supongo que su jefe estaría furioso si…

El hombre la observó durante varios segundos y dibujó una expresión de desdén profundo. Después escupió al suelo.

—Maldita perra culta, ¿te crees muy lista?

Arrojó la botella, que rodó por la chapa hasta detenerse junto a Nadia.

—Repártela. Si vuelve a haber gritos… —La barra de hierro golpeó una última vez el suelo—. L próxima vez no será una bofetada. Los accidentes pasan, la mercancía puede fallar.

La puerta se cerró y el cerrojo selló su salida.

La oscuridad volvió a tragárselas. Nadia se llevó la mano al pómulo y solo cuando los pasos se apagaron al otro lado de la bodega dejó escapar el aire.

Le temblaban las manos, y se apresuró a esconderlas entre los pliegues de la ropa. No quería que Elena las viera.

—Nadia...

La joven lloraba y se disculpaba con ella.

—Lo siento. Lo siento mucho.

Nadia recogió la botella. El movimiento le arrancó una punzada en el pómulo.

—No ha sido tu culpa—Le tendió el agua—. Bebe.

Elena negó con la cabeza.

—Tú primero.

—No tengo sed. Vengan, un sorbo cada una, debemos ser cautas. No sabemos cuándo volverán a traer.  nEra mentira.

Elena acercó la botella a los labios y luego la pasó. Las ocho estaban ahora apiñadas en un círculo.

Sus rostros, su silencio, sus temblores, cada expresión y movimiento delataban la desgracia, el pavor, la derrota.

Nadia cerró los ojos. El dolor de la cara latía al ritmo del motor.

No sabía dónde estaban, adónde iban, en qué manos terminarían, qué les pasaría.

No sabía cuánto tiempo faltaba para que abrieran aquella puerta otra vez.

Pero sabía que esta era una banda organizada, que no estaban en Bulgaria, que las llevaban a un puerto para ser vendidas.

El hombre de la botella llevaba una alianza de oro en la mano izquierda, sus ojos mezquinos eran inconfundibles, no lo olvidaría. Nadia empezó a reconstruir la escena en su cabeza. Una pieza. Otra. Otra más, hasta formar un mapa.

No iba a llorar. No iba a gritar. Y, sobre todo, no iba a olvidar. Si resistía, si se salvaba, si alguna vez volvía… Iban a pagar.