Loca por ti Capítulo 15
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Capítulo 15

— M eredith —dijo Samson, mirándome desde el patio lateral—. ¿Qué demonios estás haciendo ahí arriba? Creo que los tíos a los que les estás pagando pueden poner el tejado solitos.

Lo saludé con mi martillo azul bebé. —Lo sé, pero ¡esto es muy divertido!

Mi padre se acercó andando y se colocó al lado de Samson. Negó con la cabeza. —Hazla bajar tú. Si le digo yo que se tiene que bajar, se me duerme ahí arriba.

Hacía un día precioso y estaba disfrutando de ayudar a poner el tejado nuevo. A los obreros no parecía molestarles mucho mi presencia. Incluso se habían tomado su tiempo para enseñarme qué hacer. Y ni uno solo se había reído de mi martillo, lo que les hacía ganar muchos puntos conmigo.

Mi padre levantó una caja. —Esto ha llegado a mi casa. Supongo que serán las cortinas que has pedido. ¿Por qué necesitas unas nuevas? Acabas de comprar unas.

No me atrevía a decirle la verdad. Llevaba dos días evitando a Landry, haciendo todo lo posible por no verlo porque me daba vergüenza lo que había pasado entre nosotros. —Oh, ¿puedes dejarlas en la mesa de la cocina?

—Sí. —Le dio un codazo a Samson—. Hazla bajar.

—¿Cómo? —preguntó Samson, protegiéndose los ojos del sol—. Mer, te vas a matar. Bájate.

—Le quitas la diversión a todo —dije, sacándole la lengua. Me di la vuelta y volví a lo que estaba haciendo, ignorando a mi hermano. A medida que el sol subía, también lo hacía la temperatura. Me quité la camiseta de tirantes, quedándome con un top de bikini y unos shorts vaqueros cortados.

Todos los hombres del tejado me miraron con los ojos muy abiertos. Miré por encima del hombro, preguntándome qué pasaba. No había nada.

—Meredith, ¡bájate de ahí!

—¿Por qué gritas? —preguntó Landry desde abajo.

Me puse tensa al oír la voz de Landry.

—Porque mi hermana loca está ahí arriba en el tejado ayudando .

—¿Que está qué? —inquirió Landry, con preocupación en la voz.

Asomé por el borde y le dediqué una sonrisa. —¿No deberías estar en el trabajo?

—¿Y tú no deberías estar aquí abajo? —replicó.

Me incorporé, poniéndome de pie al borde del tejado. —He intentado explicarte que me lo estoy pasando bien.

—¡Jesucristo, Mer! —gritó Samson—. ¡Vuelve a ponerte la ropa!

Miré hacia abajo, a mi cuerpo. —Llevo ropa. Díselo, Landry.

La mandíbula de Landry colgaba abierta de par en par.

Samson estiró la mano intentando taparle los ojos a Landry. —Deja de mirar así a mi hermanita.

Apartando la mano de Samson, Landry siguió mirándome.

—Ya me has visto desnuda —dije, negando con la cabeza—. Muchas veces, si no recuerdo mal.

Samson se volvió hacia él de golpe. —¿Cuándo demonios ha estado ella desnuda contigo?

—Ja, explícale eso. Te reto.

Landry se puso rojo.

—Meredith, abajo. Ahora —repitió mi hermano.

—Estáis actuando como si nunca hubiera estado a tanta altura. En realidad, he estado muchísimo, muchísimo más alta que esto.

—Sí, con una puta piscina olímpica debajo. No el suelo.

—No es verdad. Si me hubiera caído del trampolín, me habría dado de lleno en el borde de la piscina. Eso no habría sido divertido.

—Bájate.

—Como sigas gritándome, hago el pino aquí mismo.

Samson dio una bocanada de aire. —¡Ni se te ocurra! ¡Papá! Sal aquí fuera y haz que tu hija baje.

—Das asco —dije, volviéndole a sacar la lengua.

Landry carraspeó. —Mer, baja de una vez o subiré yo a por ti.

—No te gustan las alturas —le dijo mi hermano.

—Lo sé, pero me gusta aún menos la idea de que se caiga.

Por compasión hacia Landry, sabiendo perfectamente que el hombre subiría a por mí, metí el martillo en el gancho de mis shorts vaqueros y me dirigí hacia la escalera. Bajé deprisa y uno de los obreros me silbó.

Me lanzó la camiseta de tirantes y la atrapé con una mano. —¡Gracias!

Samson y Landry dieron la vuelta por detrás, donde estaba la escalera, justo cuando mi padre salía al jardín desde el porche.

—Meredith —dijo mi padre—, ¿por qué he tenido que darte charlas sobre cosas que no he tenido que decirle a tu hermano que, en justicia, debería haber sido el que hiciera locuras como esa? Él es un chico. Tú no. Fin de la historia.

Sonriendo, saqué mi martillo. —Ya sé que no soy un chico. Mira mi martillo. Brilla. —Le había pegado pequeñas joyas de plástico.

Cerró los ojos un momento y negó con la cabeza antes de avanzar y besarme en la mejilla. —Te quiero. Intenta no matarte, ¿vale? Soy viejo. Mi corazón no lo aguanta.

—Papá, tienes cincuenta y cinco. Creo que todavía te queda gasolina en el depósito, colega. Deja de hacer como si tuvieras ochenta.

—Ya, bueno, hay días en los que me envejeces a pasos agigantados.

—Papá —dijo Samson—, haz que se vuelva a poner esa camiseta. Los tíos la están mirando. Y Landry también se está quedando embobado con sus tetas.

Mi padre puso una mano en el hombro de Samson. —Hijo, desde el minuto en que cumplió quince y se apuntó al equipo de natación, he tenido que acostumbrarme a la idea de que mi hija va por ahí en bañador y que los hombres la miran.

—Eso no es un bañador —replicó Samson—. Es hilo dental. Seguro que si tuviera parte de abajo, no sería más que una cuerdecita.

Desabroché mis shorts vaqueros y me quedé en pelotas allí mismo. La parte de abajo era tipo short, de chico.

—¡Meredith! —gritó Samson, viniendo hacia mí.

Riéndome, salí de los shorts y eché a correr como alma que lleva el diablo, hacia la playa.

Cogió mis shorts y mi camiseta y salió detrás de mí a la carrera. —Vuelve a ponerte la puta ropa. No me hagas disparar a todos estos por mirarte.

—Papi, Samson se está portando mal y mandándome otra vez —canturreé con voz de niña.

Mi padre se rió. —Hay cosas que nunca cambian. Samson, deja en paz a tu hermana.

Samson corría más que yo y me alcanzó, echándome por encima del hombro y llevándome de vuelta al césped.

—Bájame.

—No.

—¡Papá!

Mi padre se reía aún más. —Samson, baja a tu hermana. Eres más grande que ella. Podrías hacerle daño.

—Chorradas —dijo Samson—. Natasha me dijo que Mer hizo kickboxing en la ciudad. Yo creo que mi hermana podría conmigo.

Todos sabíamos que eso no era verdad. Samson había estado en las fuerzas especiales. Era letal. —Papi, Samson ha dicho una palabrota.

Mi padre se reía tanto que acabó tosiendo. Yo no podía verlo porque miraba hacia el lago mientras Samson miraba hacia papá.

—Bájame. Se me está subiendo la sangre a la cabeza.

—Ni hablar. —Samson soltó una risita—. Oblígame, Punky.

Odiaba ese apodo, y él lo sabía.

—Samson, te lo estás buscando —dijo mi padre.

Empecé a retorcerme sin control, dejándole sin otra opción que soltarme. Al caer, le agarré la camiseta, tirando de ella hacia arriba y por encima de su cabeza. Rara vez se dejaba ver en público sin camiseta. Sabía por qué. Por todos sus tatuajes. Se los había hecho mientras estaba en el ejército.

Mi hermano estaba fibrado. Nadie podía negarlo.

Intentó recuperar su camiseta, pero salí corriendo con ella, agitándola en alto.

Tatuajes de estilo tribal le cubrían la parte superior de los bíceps, y yo ya sabía que tenía un enorme dragón y un tigre formando una especie de yin y yang en la espalda, de omóplato a omóplato.

Me señaló con el dedo. —Cuando te pille, voy a tirar tu culo flacucho al lago.

Di una bocanada de aire, moviendo el trasero. —Mi culo no es flacucho. Espera. Oh, gracias. Sí, ¡mi culo es flacucho!

Bufó y amagó con venir a por mí. Di un salto hacia la arena gruesa y le sonreí con inocencia.

—Eres un puro problema de arriba abajo, Punky.

—Deja de llamarme así. Odio ese apodo.

—Lo sé. Pero de pequeña nos recordabas tanto a Punky Brewster que no pudimos evitar ponértelo.

Ella también era rara. —Intentó coger su camiseta, pero me escabullí, esta vez anticipándome a su siguiente movimiento.

Me agaché, rodé, aparecí detrás de él y me lancé a su espalda.

Éramos como dos críos pequeños en la arena.

Riéndose, Samson me llevó a caballito hasta donde estaba nuestro padre. Se quedó allí de pie y yo seguí subida a su espalda.

—Papá, ya te dije que la ingresaras cuando tenía diez años y no quería quitarse la máscara de Zorro en todo el verano. ¿Me hiciste caso? No.

A mi padre se le llenaron los ojos de lágrimas, y yo lo miré fijamente.

—¿Papá? —pregunté—. ¿Qué pasa?

—Me preocupas, Mer. Que si me pasara algo, no tendrías a nadie que cuidara de ti. Pero se lo veo a Samson. Él velaría por ti.

Me deslicé de la espalda de mi hermano. —¿Pasa algo? ¿Estás enfermo o algo así?

—No. Pero pienso en esas cosas. No me preocupa que Samson salga adelante. Es un superviviente por naturaleza. Creo que todo el tiempo que sirvió solo ha reforzado eso. Pero tú, Mer. Por muy independiente que te creas, siempre has tenido a alguien ahí, guiándote cuando hacía falta.

—Pues no.

Me dedicó una mirada suave. —Primero fui yo.

Luego fue Samson, cuando tuviste edad para salir a jugar con él.

Luego fue Phillip. Llevó esa antorcha durante años.

—A mi padre se le humedecieron aún más los ojos—.

Cuando lo dejasteis, pensé que te quedarías en casa conmigo para siempre.

Pero no. Te largaste a la ciudad. Natasha estaba allí para ayudarte a mantener los pies en la tierra.

Luego me hablaba de un tal Brice y de cómo, más o menos, también velaba por ti.

Eso me calmaba un poco los nervios. Ahora te tengo de vuelta en el pueblo y me descubro preocupándome otra vez.

Me mordí el labio inferior.

—Mer, no pongas esa cara, cariño. No lo digo en mal plan.

Eres una soñadora. Y eres tan joven. Eres todavía un bebé, en realidad, pero has hecho tantas cosas.

No debería haberte dejado saltarte cursos ni empezar antes.

No debería haberte dejado irte a la universidad cuando apenas tenías dieciséis.

Y desde luego no debería haber permitido que te comprometieras con diecinueve.

Landry frunció el ceño, confundido. —Espera, ¿cuántos años tienes?

—Tiene veinticinco —dijo mi padre en voz baja.

—Pensaba que estaba en la treintena.

—Ay —dije.

Carraspeó. —No quería decir eso.

Alcé las cejas. —Cumplo veintiséis dentro de dos meses.