Loca por ti
© inepub.com
Capítulo 1
— E h, Meredith.
Eché un vistazo hacia un lado y vi a mi hermano, Samson, sonriéndome como un idiota mientras me esperaba fuera de la puerta del nuevo diner del pueblo. Estaba de un animado que me sacaba de quicio.
—¿Me has echado tanto de menos? —pregunté, bajando las gafas de sol hasta la punta de la nariz. Di unos golpecitos en la montura.
Él le echó un vistazo a mi atuendo y gruñó—. Esos tacones son demasiado altos para ti, y la falda demasiado corta —me sostuvo la puerta del diner—. Y la blusa escotada de más. Es muy fina. —Hizo ademán de quitarse la camisa que llevaba encima y yo solté un gemido.
Sería capaz de quedarse en cueros con tal de evitar que nadie se atreviera a ver que yo tenía algo de forma.
—Samson, basta —puse los ojos en blanco, riéndome de él. Siempre había sido exageradamente protector, hasta el defecto—. Los tacones son los mismos que llevo casi a diario. La falda me pasa de las rodillas y la blusa no enseña nada que no deba. Deja de exagerar.
No parecía muy contento conmigo mientras me guiaba entre los clientes del diner hasta un rincón acogedor cerca de la barra. Prácticamente me empujó al asiento del fondo, y otra vez fue a por su camisa. No me habría sorprendido lo más mínimo que me exigiera ponerme un saco de patatas.
Me puse en pie y me planté con las manos en las caderas, sin preocuparme lo más mínimo por armar un escándalo.
Conocía a la mayoría de la gente del diner de toda la vida.
A esas alturas ya estaban acostumbrados a mis teatrillos.
Era poco probable que nada de lo que dijera o hiciera cambiase mucho la opinión que tenían de mí.
—Samson, no me obligues a tirarte de la oreja hasta la calle antes de darte una patada en todo el culo. Lo haré.
—Ya lo has hecho antes —dijo alguien, haciéndome sonreír.
Samson alargó la mano hacia mí—. Mer, deberías taparte. Se te ven las… em… —echó un vistazo a mi pecho y palideció. Era cómico ver lo incapaz que era de pronunciar la palabra tetas refiriéndose a las mías. Por lo visto, en su mundo, nadie emparentado con él las poseía—. Por favor.
—Soy una mujer —sacudí ligeramente el pecho, y se puso verdoso por los bordes—. Vienen con el territorio.
—No me lo recuerdes —dijo, bajando la cabeza.
Miré por encima de él hacia una mesa llena de mujeres a las que no conocía. Observaban a mi hermano como si fuera carne fresca. Carraspeé, captando su atención—. Va a comer conmigo. Si os lo pasáis toda la comida desnudándolo mentalmente, yo no voy a poder digerir.
Los ojos de Samson se abrieron de par en par un segundo antes de inclinar la cabeza y echarse a reír con ganas—. Ay, Mer. Te he echado de menos.
Las mujeres apartaron la vista y se lo agradecí. Lo último que quería era pensar en mi hermano como un símbolo sexual. En mi cabeza, Samson era cualquier cosa menos eso.
Peggy y Marsha, dos vecinas del pueblo y auténticas gallinas cluecas, sonrieron al vernos a Samson y a mí.
—Lo siento de antemano —dijo Samson con un gruñido—. Pensé que podríamos disfrutar de una comida juntos sin que nadie se te echara encima.
Snortee. En un pueblo del tamaño de Paxton Falls, todo el mundo sabía de tu vida y la convertía en asunto propio en cuestión de segundos—. Ya, ni de coña.
Se acercaron. Peggy me guiñó un ojo—. Samson nunca mencionó que fueras a venir de visita —su contoneo era casi tan legendario como su profundo acento sureño.
Mi hermano se puso rígido.
A esas dos se las podía contratar como interrogadoras de la CIA, y ellas lo sabían. Tragué saliva, sin tener claro si quería contarlo todo, pero sabiendo que no iban a aflojar del todo a menos que les diera algo con lo que tirar—. No estoy de visita. Me vuelvo a vivir por la zona.
Peggy se tocó el pecho con delicadeza y Marsha soltó un grito lo bastante alto como para atraer la atención de todo el mundo—. ¿Te vuelves a casa?
Un murmullo contenido llenó el diner. Esperé a que se apagara antes de mirar a mi alrededor, hacia todos—. Sí —dije—. Me vuelvo a casa.
—¿Por qué no nos lo has dicho? —preguntó Peggy, dando un azote suave en el hombro de Samson—. Le habríamos organizado una fiesta de bienvenida. Podríamos haber tenido tarta.
—Y galletas —añadió Marsha, echándole a Samson una mirada asesina.
Decidí acudir al rescate—. Es algo que llevo dándole vueltas meses y al final me he decidido. Samson se ha enterado esta mañana, cuando le he llamado de camino desde la ciudad.
Peggy y Marsha empezaron a rondarnos como tiburones.
Marsha echó un vistazo a la pareja de la mesa más cercana y, fuera lo que fuese lo que vieron en su mirada, los puso a correr para buscar otro sitio donde sentarse. Así nos dejaron libre su mesa a Peggy y a ella. Las mujeres se sentaron rápido y acercaron sus sillas a la mía, atentas a todo.
—¿Y a qué se debe esto? —preguntó Marsha.
Samson se irguió en la silla—. A mí también me gustaría saberlo.
Había más de una razón por la que había hecho las maletas, cargado el coche y conducido toda la noche del tirón para volver a casa. Ninguna de las cuales quería comentar con las cotillas del pueblo, por mucho que las quisiera como si fueran de la familia.
—Simplemente era el momento de hacer un cambio —respondí, esperando que bastara.
—Vaya que sí que es un cambio —dijo Peggy, arrancándole un asentimiento a su mejor amiga.
Marsha se inclinó hacia mí—. ¿Te ha pasado algo en la ciudad? ¿Es eso? Allí hay tanta delincuencia.
Atrapé su mirada—. No. No es nada de eso.
—Entonces, ¿qué lo ha provocado? —preguntó Peggy.
Samson me observó, esperando una respuesta.
—Simplemente era hora de volver a casa. Me puedo ir si quieres —dije.
Los tres negaron con la cabeza, respondiendo al unísono—. No.
Estuve a punto de soltar la risa.
Marsha fue la primera en rendirse en su búsqueda de respuestas que yo no estaba dispuesta ni preparada para dar. Señaló los platos del día en la pizarra sobre la barra—. Parece que tiene una buena selección.
—¿Tiene quién? —pregunté. En cuanto vi aparecer sonrisas en las caras de las dos, supe que acababan de tenderme la trampa.
—Landry —dijo Peggy, sonriendo con inocencia—. Ahora el diner es suyo. Lo compró después de que muriera el Viejo Henry.
Marsha señaló de nuevo los platos del día—. Es guapo también. Me pregunto si estará casado.
Estaba casi segura de que ya sabía la respuesta. Por la expresión de su cara, estaba tramando algo, y su amiga también.
Samson se rió—. No. Landry no está casado.
Peggy y Marsha se espabilaron, de lo más interesadas en el dueño del diner. Sabiendo que iban a acribillar a Samson a preguntas jugosas, me disculpé y me encaminé al baño, deseando estar lejos de su atención.
Había dado unos cuantos pasos cuando mi amigo de la infancia, Jeremiah, entró en el diner. Me vio y sonrió de oreja a oreja—. Mer, ¿qué haces en casa?
—Se vuelve a vivir —informó Peggy, en un tono lo bastante alto para que la oyera todo el mundo en el abarrotado diner.
A Jeremiah se le cayó la mandíbula—. No me lo creo.
—Pues créetelo —dije—. Y me estoy meando.
Gruñó—. Igual de encantadora que siempre. Tengo que hablar con Samson un segundo. ¿Te quedas para que podamos ponernos al día?
—Sí.
Pasó a mi lado y yo me giré, chocando de lleno con un hombretón de camiseta roja. Su mirada color chocolate se posó en mí justo cuando el plato que llevaba en la mano se tambaleó. Alcé la mano rápidamente para estabilizarlo, incapaz de apartar los ojos de él. Era sencillamente de infarto.
Alto, moreno y cargado de comida. ¿Qué más podía pedir una chica?
Di un paso hacia un lado y él se movió en la misma dirección. Carraspeé y traté de moverme de nuevo, encontrándomelo otra vez delante, imitándome. Soltó una risita nerviosa y yo sonreí.
—Perdona —dijo, con una voz tan profunda que me hizo cosquillas por dentro.
Intentamos rodearnos una vez más, solo para volver a chocarnos. Incapaz de evitarlo, rompí a reír. Le agarré de la cintura de acero y jadeé al sentirlo.
Su mirada oscura se calentó mientras me miraba desde lo alto de su percha de un metro noventa y pico. Yo no era precisamente baja, con mi metro setenta y cinco, y disfrutaba estando al lado de hombres más altos que yo.
Me humedecí el labio inferior, de repente sedienta de algo más que agua—. Eh… tú quieto. Ya paso yo.
—¿Meredith? —preguntó Marsha, con una voz que atravesó el diner—. Vaya, vaya, ¿con qué te has topado?
Peggy aplaudió—. ¡Un tiarrón!
No se me conocía precisamente por ser tímida.
Hice lo que me salió natural. Puse las manos en las caderas del hombre y empecé a moverme hacia él y luego a alejarme, mientras canturreaba una canción de un grupo que me encantaba.
Iba sobre el apareamiento y los juegos que se hacían para conseguirlo.
Tenía un aire muy James Bond, una vibra que me encantaba.
Di por hecho que reaccionaría como cualquiera al conocerme por primera vez: confundido.
Pero cuando levantó el plato y movió las caderas, me perdí, riéndome y aferrándome a él.
Él me siguió, haciendo lo mismo, sujetándome con un brazo y equilibrando el plato con el otro—. Mmm, ¿es eso un demonio en mi bolsillo?
Incliné la cabeza, sorprendiéndome de que, claramente, conociera la canción. No era precisamente famosa—. ¿Te apetece ser concursante? Si es así, me echo un pulso con Peggy por ti.
—Siéntate —dijo Samson, con voz baja y amenazante.
—No puedo —respondí.
—¿Y eso por qué?
Negando con la cabeza de forma dramática, miré por encima del hombro hacia Samson—. Hola, ¿te has perdido que estoy en mitad de un juego improvisado de azar? No te puedes ir así sin más. Sería…
—Sacrílego —aportó el hombre.
Me reí.
Samson gruñó—. No la animes. Ya está bastante loca de por sí.
Guiñé un ojo—. Nadie duda de que todas las mujeres estamos locas; la única cuestión es el grado.
El tiarrón a mi lado soltó una risita—. W.C. Fields. Bien tirado.
Impresionada, me giré hacia él, mis manos volviendo a sus caderas—. Ay, amor mío, nuestro tiempo juntos tiene que llegar a su fin —me humedecí el labio inferior—. La naturaleza llama.
—Qué pena. Estaba disfrutando de nuestro tiempo juntos, amor mío —se movió a la vez que yo, rozando con todo su cuerpo el mío al pasar.
Por la expresión de sus ojos, sabía exactamente lo que estaba haciendo: poner mi cuerpo al borde de prenderse fuego.
Aunque parecía igual de afectado. O al menos eso supuse, porque fue mirando hacia mí y se estampó de lleno contra una silla vacía.
Samson se levantó en un segundo, viniendo hacia mí y dedicándole al hombre una mirada dura—. Meredith, ¿has decidido ya qué quieres?
—¡Ah, escógelo a él! —dijo Peggy, señalando al maromo de la camiseta roja.
Sonriendo, seguí hacia el baño, zigzagueando entre la gente, queriendo no solo esconderme, sino también echarme agua en la cara.
Sonó mi móvil y suspiré, metiendo la mano en el bolsillo de la falda para sacarlo. Eché a andar hacia la salida y, al dar un paso atrás, volví a chocar con el tiarrón de la camiseta roja. Él enarcó las cejas—. ¿Qué tal si me quedo quieto?
Me sonrojé y supe que toda mi cara estaba roja, algo que no me pasaba a menudo—. Suena a buen plan.
Abrí el teléfono e hice la cosa más rara.
Apoyé la palma de la mano en el pecho del hombre mientras saludaba a la persona que llamaba.
En cuanto oí la voz al otro lado, hice una mueca, molesta por haber contestado siquiera—.
Brice, ¿qué quieres? He dimitido, ¿recuerdas?
Usé palabras cortas en mi carta de renuncia para que te resultara sencillo.
¿Debería haber pegado dibujitos, mejor? Uy, a lo mejor tendría que haberme lo escrito a lo ancho del pecho.
Ya sabes, ahí donde siempre parecías estar mirando.
—Te quiero de vuelta, Meredith —dijo, sonando desesperado—. No puedo hacer esto sin ti.
—Oh, ya sé que no puedes. Intenté decírtelo, pero estabas demasiado ocupado hablándome por encima como si fuera una de tus seguidoras —ya sabes, de esas que no pueden esperar a cazar a un marido rico.
—He dicho que lo siento. Por favor, no…
Puse los ojos en blanco—. No sabía que las disculpas consistieran en presentarte en el trabajo ciego como una cuba mientras intentabas agarrarme el culo. Que tu papi sea el dueño de la empresa no significa que tú estés capacitado para dirigirla. Madura, Brice.
—Meredith, lo sé. Más que tú. Te necesito. Me mantienes en el buen camino. Eres mi mano derecha. No sé cómo lo hacía sin ti.
Resoplé—. Oh, sé perfectamente cómo lo hacías antes de mí. Salías a esa piscina de secretarias y escogías a las de ojos de cervatillo, las que sabías que iban a pasar más tiempo debajo de tu mesa que en la suya.
Exhaló ruidosamente—. ¿Ves? Este es el ejemplo perfecto de por qué te necesito de vuelta. No te cortas en ponerme en mi sitio.
—No me necesitas a mí —dije—. Necesitas el número de un burdel de lujo. Espera, ¿no lo tienes ya en marcación rápida?
—Dame un respiro, Meredith. Me estoy tragando mi orgullo aquí.
No pude evitar reírme—. ¿Que te dé un respiro?
Eh… no. Entré casi recién salida de la universidad y tú viste a una chica joven de un pueblo pequeño, una que pensaste que podrías avasallar y mangonear porque, en tu mente, pueblo pequeño equivale a simple.
Pocas luces y muchas piernas y tetas. ¿No es eso lo que te oí decirle a Materson?
—Bueno, no, yo no… em…
—Ni te molestes en negarlo, Brice. ¿Llegaste a leer mi currículum, o me contrataste por el físico? ¿Sabes qué? Tampoco te molestes en contestar a eso. Creo que los dos sabemos la respuesta.
Gimoteó—. Te lo estoy rogando, Meredith. Te necesito de vuelta. Puedo demostrarte hasta qué punto estoy comprometido a arreglar esto contigo.
—¿Y cómo puedes demostrarlo? ¿Te has hecho votos de monje? ¿Has empezado a ir a reuniones de adictos al sexo? ¿Te has sacado la cabeza del culo? Soy toda oídos, Mr. Jonston . ¿Cómo puedes demostrar que estás comprometido a hacer que algo funcione?
—Primero, dime dónde estás —tragó saliva—. ¿Estás en casa de tu padre?
Fruncí el ceño—. ¿Por qué quieres saber si estoy en casa de mi padre?
—Hazme este favor —suplicó—. ¿Dónde estás?
—Estoy en el diner del centro del pueblo. ¿Por qué?
—Te llamo ahora mismo —colgó, dejándome allí plantada, mirando el teléfono.
Tardé un momento en darme cuenta de que seguía acariciando el pecho del tiarrón. Retiré la mano de golpe y me sonrojé. Maldita sea, ese hombre tenía definitivamente efecto en mí—. Perdona.
—No lo sientas —replicó—. He encontrado la conversación de lo más entretenida.
—Yo no —dijo Samson, apareciendo detrás del tiarrón con los brazos cruzados sobre el pecho—. ¿Ese capullo te ha agarrado el culo?
El tiarrón señaló a Samson—. Parece que tu novio no está muy contento.
Abrí mucho los ojos—. Puaj, qué asco.
Samson se frotó la frente—. No soy su novio. Soy su hermano, Landry. Eso ya lo sabías.
Sonreí—. ¿Tú eres Landry?
—Culpable —dijo, con su mirada castaña clavada en mí.