2. Infancia
Casa de campo del comandante Ernst von Kepler
El olor a pólvora era parte de su infancia. No los cuentos, ni las muñecas. Elsa recordaba mejor el tacto de la culata de una carabina que el de una muñeca de trapo.
—Otra vez —decía su padre, sin alzar la voz, pero sin dejar espacio a la réplica.
Tenía nueve años. El viento le helaba los nudillos, pero no se quejaba.
Tumbada boca abajo en el barro, respiraba con control, sincronizando cada inspiración con el latido de su corazón.
El blanco era un viejo casco imperial colgado de una rama, a unos treinta metros.
No se trataba solo de apretar el gatillo: era alinearse con la respiración, con la distancia, con el objetivo.
—Dispara como si le hablaras al mundo, niña —le decía su padre—. Y que el mundo escuche.
El disparo partió el aire y el casco cayó con un golpe seco. Su padre no la felicitó. Solo asintió. Eso era suficiente. Caminaron en busca de un nuevo objetivo. Quedaba mucho entrenamiento todavía.
A los doce, dormía con sábanas limpias y un Mosin - Nagant capturado bajo la almohada. Su regalo de cumpleaños.
A los quince, desmontaba cualquier fusil con los ojos vendados mientras el tic-tac del cronómetro marcaba su ritmo.
A los diecisiete, recitaba de memoria las doctrinas de von Seeckt sobre la guerra de maniobras.
A los dieciocho, un viejo general bávaro quedó tan impresionado con su puntería que le escribió una carta de recomendación.
Gracias a eso —y al peso del apellido von Kepler—, fue aceptada en la Junkerschule de Bad Tölz , la escuela de élite de la SS.
Era algo totalmente excepcional al tratarse de su sexo, pero en los primeros días demostró que había recibido un entrenamiento previo de muchos años a cargo de su padre y le permitieron continuar.
Paradójicamente, entrar fue lo más fácil, pero después vendría el desprecio sordo de quienes no aceptaban mujeres en un mundo exclusivamente masculino.
Se mantenía apartada de sus compañeros en los ratos de descanso ocupando el tiempo con tareas pesadas o leyendo en la biblioteca militar.
Sus profesores se sorprendieron con sus progresos y desde la dirección reportaron el potencial que tenía y el provecho que podrían sacarle.
Cuando se graduó, fue asignada a la SS- Verfügungstruppe como observadora avanzada.
A pesar de sus cualidades, su puesto era un experimento de la propaganda, ya que la mujer tenía reservado un lugar secundario en el Reich, como «guardiana del hogar» y «madre» pero una mujer como ella podía ser la excepción que confirmara la extraordinaria versatilidad de una raza única que podía desempeñar el papel de cualquier soldado llegado el momento.
Solo Elsa conocía el precio de ese esfuerzo.
Dormía con disciplina, estudiaba con disciplina, respiraba con disciplina.
A veces, aun así, sentía que vivía la vida que otros habían trazado en un mapa ajeno.
Su padre siempre la quiso en la Wehrmacht . Era un militar de la vieja escuela que despreciaba a las SS como meros juguetes del nuevo régimen.
—Eres un soldado —gruñó al enterarse—. No una cortesana de Himmler.
Pero Elsa tenía otros planes. Fue su primer acto de rebeldía oponerse a la voluntad de su padre y entrar en las filas negras del Reich.
Ahora había pasado de ser su marioneta a ser dirigida por los hilos oscuros de la SS y quizás en el campo de batalla podría encontrar su lugar, o descubrir quién era.
Y, aun así, no podía engañarse. Había cortado unos hilos para enredarse en otros, pero al menos estos los había elegido ella. Esa pequeña diferencia, entre dos formas de obedecer, era lo único que le pertenecía.
El Reich predicaba la maternidad como destino supremo de la mujer, y sin embargo a ella le habían dado un fusil desde su infancia.
¿Era un privilegio… o una condena? A veces se sorprendía a sí misma observando a otras jóvenes que se cruzaban en la calle.
Lazos en el cabello, labios pintados, vestidos con vuelo…
las miraba como si pertenecieran a un mundo muy diferente al suyo.
Ella solo conocía el roce áspero del uniforme, la frialdad del acero y la sombra de un deber que no admitía coqueterías.
Entonces dudaba cuál era el mejor destino: ¿el de aquellas muchachas que soñaban con bailes y cortejos, o el suyo, hecho de disciplina y obediencia?
Quizá ser mujer no significaba nada en tiempos de guerra. Quizá solo existían los útiles y los inútiles, los que obedecían y los que morían. En ese cálculo impersonal, ella había elegido ser útil. Pero a costa de qué, aún no lo sabía.
* * *
Más tarde, en el Adlon
Un mozo del hotel le ofreció una copa de champán.
Elsa lo rechazó con una leve inclinación de cabeza.
Nunca bebía en público. Sin embargo, no era así para el resto de los participantes de la fiesta, donde ya más de uno se había desplomado en los sillones con patas doradas que estaban convenientemente distribuidos a lo largo del salón.
En la estancia contigua, se reunían aristócratas de la posguerra, venidos a menos.
Según los rumores de los camareros, se contrataban gigolós entre esos nobles desempleados para entretener a las damas en bailes vespertinos.
Elsa no lo creía, pero tampoco le importaba demasiado.
Había llegado el momento de marcharse. Elsa se retiró discretamente por una puerta lateral, alejándose del bullicio del salón hasta alcanzar el automóvil que la esperaba junto al portón. No era un coche oficial, sino uno del servicio de su padre.
El trayecto hacia Grunewald transcurrió en silencio.
El chófer no habló; Elsa tampoco. Berlín se deslizaba fuera de la ventanilla como un animal dormido y herido.
Las calles aún mostraban los rastros de la noche de los cristales rotos: escaparates vacíos, vidrios rotos que relucían bajo la luna como cicatrices recientes.
Otros, en cambio, brillaban ya relucientes con sus escaparates intactos.
El Reich sabía barrer deprisa. Seguía con el uniforme de gala que había llevado al baile.
Ni una mancha, ni una arruga. Era su manera de presentarse ante su padre no como hija, sino como soldado.
La villa familiar emergió entre los pinos, severa y sobria.
Una casa vieja, prusiana, sin adornos. Como si también ella hubiera aprendido a no mostrar emociones.
Su padre la había heredado de su abuelo, un coronel del Imperio.
Hacía tiempo que necesitaba una buena mano de pintura y arreglos en varios sitios, pero su padre había languidecido mientras ella estaba en la academia.
Se refugiaba en su despacho la mayor parte del tiempo con la única compañía de una botella y sus viejos libros y mapas.
Entró sin llamar. La puerta siempre estaba abierta.
Ernst von Kepler estaba en su despacho, como siempre, rodeado de mapas y antiguos libros de estrategia.
De constitución aún sólida a pesar de los años, mantenía una postura erguida, casi rígida, como si su columna vertebral respondiera aún a un reglamento invisible.
Su rostro era anguloso, de líneas severas, con una mandíbula cuadrada y marcada por la costumbre de apretar los dientes.
La piel, curtida por años de maniobras al aire libre, tenía un tono pálido-rojizo en las mejillas, como de cuero expuesto al invierno báltico.
Arrugas profundas surcaban su frente y el entrecejo, no tanto por la edad como por la costumbre de pensar en silencio.
Sus ojos eran de un azul acerado, gélido, dominantes; los mismos que Elsa había heredado.
Cuando fijaba la mirada en alguien, resultaba difícil sostenerle la vista.
Siempre vestía con sobriedad. Dentro de casa solía llevar camisas de algodón blanco, tirantes oscuros y botas limpias, incluso en su vejez.
Cuando se ponía el uniforme ceremonial de la Reichswehr —a veces solo por costumbre—, parecía no haber pasado un solo día desde el armisticio.
Su voz era grave, áspera, como si estuviera hecha para dar órdenes cortas y juicios definitivos. Nunca gritaba. No lo necesitaba.
No levantó la vista al verla entrar en el despacho .
—Llevas el uniforme como si te lo hubieran cosido al nacer —dijo, sin mirarla—. Aunque no es el uniforme de un soldado de verdad.
Elsa se detuvo frente al escritorio. No saludó. No hizo el ademán de sentarse.
—Tendrás que asumir algún día mis decisiones, padre. No tendrás más remedio.
Él cerró el periódico. Lo dejó sobre la mesa con una lentitud que parecía calculada. Entonces la miró.
—No te eduqué para servir a una banda de fanáticos —dijo él—. Te entrené para sobrevivir, no para convertirte en símbolo de un régimen que juega a ser eterno.
—Me educaste para obedecer —replicó ella con frialdad—. Yo elegí a quién.
Elsa no le apetecía empezar otra discusión, estaba cansada y se dio la vuelta para marcharse al refugio de su habitación.
Pero su padre se levantó de la silla con una rapidez inesperada y la detuvo sujetándola por el brazo.
Elsa sintió el deseo de liberarse empujándolo, pero el respeto por su padre se impuso y clavó su mirada en él.
Ernst la observó fijamente por un momento, como si su rostro le recordase a otra persona, tan hermosa como ella, pero ferozmente distinta a la vez.
—Sé que pronto te marcharás. Esto es para ti —dijo, y le tendió un sobre oscuro—. No lo abras ahora. Hazlo cuando dudes por primera vez. Cuando dudes de tu propósito.
—¿Y si nunca dudo?
—Entonces nunca sabrás quién eres.
Elsa guardó el sobre sin leerlo. Caminó hacia la puerta sin mirar atrás. Afuera, la ciudad empezaba a helarse de verdad. Y ella también.