Loba de Hierro 1. La manada de lobos
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Loba de Hierro

Loba de Hierro

Por Alejandro Moreno

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1. La manada de lobos

Salón del Hotel Adlon, noche de gala para oficiales del Tercer Reich

Los primeros acordes del vals de Strauss podían oírse mucho antes de llegar a la puerta principal, flotando como un espectro elegante.

Aunque no lograban disimular lo que era imposible de ocultar: el embriagador perfume de la ambición, del miedo disfrazado de poder y de la sangre aún por derramarse.

Elsa se abrió paso entre los oficiales con una naturalidad que rozaba la provocación.

El uniforme negro de las SS ceñía su figura como una segunda piel: impecable, reluciente, letal.

Las runas de sus solapas brillaban como una amenaza pulida a la luz de las lámparas.

Su cabello, recogido en un moño severo, dejaba escapar algunos mechones rubios que suavizaban apenas la dureza de su rostro.

Sus ojos azules, entrenados para observar, calcular y decidir en segundos, no pestañeaban con facilidad.

No pasaba desapercibida. Impresionaba. E imponía respeto.

También el salón central del Adlon estaba vestido para impresionar: columnas de mármol, candelabros de cristal bávaro, camareros uniformados deslizándose como sombras. En el estrado, la orquesta militar interpretaba un vals con una precisión casi ofensiva.

— Fräulein von Kepler, por fin nos conocemos —dijo una voz grave a su izquierda.

Un general condecorado hasta lo ridículo le ofreció la mano. Ella la estrechó con firmeza, sin pestañear. Le sostuvo la mirada con una frialdad que rozaba la arrogancia.

—Mi padre me habló de usted, Herr General. Dice que es un estratega admirable.

—Viniendo de él, es todo un cumplido… ¿Y usted? ¿Es tan buena con el fusil como dicen los informes?

—Mejor.

—No esperaba encontrar a una mujer en una unidad como esta —dijo el general, midiendo cada palabra mientras su mirada se detenía en el contraste de los uniformes.

Elsa sonrió sin calidez, con la precisión de un disparo.

—Acostúmbrese, Herr General —replicó Elsa con una media sonrisa helada—. La guerra no pregunta por el género ni por el color de los uniformes.

Los oficiales del Reich se agrupaban como manadas: unos reían fuerte, otros murmuraban nombres y rumores.

En un rincón, Joseph Goebbels discutía con el periodista Fritz Hippler sobre el guion de un nuevo noticiero de propaganda, su voz atronaba en la estancia y casi tapaba las notas de la música de la orquesta.

Más allá, el Gruppenführer Reinhard Heydrich lo observaba todo como un lobo aburrido mientras Elsa se movía entre ellos con el porte de quien pertenece…

y al mismo tiempo se burla de pertenecer.

A ambos lados del pasillo, empleados y oficiales se apartaban discretamente a su paso.

Algunos la miraban de reojo. Otros no se atrevían.

A sus veinte años, Elsa era un fenómeno: la única mujer francotiradora asignada como observadora avanzada a la SS - Verfügungstruppe .

No figuraba oficialmente en la cadena de mando, pero demostraba —con precisión y sangre fría— que una mujer podía ser letal.

Sabía lo que decían de ella. Que había llegado por su belleza de valquiria, o por influencia de su padre.

Muchos estaban convencidos que la propaganda la había puesto allí.

Lo que creyeran le resultaba útil. Nunca corregía a nadie.

Los hombres bajaban la guardia cuando creían que una mujer no era peligrosa. Y entonces cometían errores.

Elsa caminaba entre las salas abarrotadas abriéndose paso entre oficiales de la Wehrmacht, miembros del Partido, ejecutivos de IG Farben, diplomáticos húngaros, austríacos, y hasta un par de italianos con bigote ridículo. Hombres grises en un mundo blanco y negro.

Se detuvo un segundo bajo el arco del salón.

No por vacilación, sino por evaluación. Una costumbre: estudiar el terreno antes de avanzar.

Puntos de entrada, de salida, sectores con visibilidad, posiciones elevadas.

Todo salón de gala era, para ella, un campo de batalla encubierto.

En ese instante, no era una invitada. Era una estratega en territorio hostil.

No estaba allí por gusto, y obedecía la orden de presentarse en la fiesta para saludar y exhibirse como la nueva curiosidad de las SS.

El general Dietrich, comandante de la Leibstandarte SS Adolf Hitler, se le acercó con paso firme. Hombre cuadrado, mandíbula de mármol y mirada de serpiente. Le besó la mano sin sonreír.

—Fräulein von Kepler. Su expediente me impresiona cada vez más.

—Me halaga, general.

—Espero que ese talento no sea solo papel. Debo recordarle que en esta unidad no bastan las apariencias.

—No, general. Tampoco los prejuicios.

Heydrich, que había oído la réplica, sonrió desde su copa. Elsa sintió su mirada recorriéndole la columna como una hoja helada.

— Unteroffizierin Kepler —dijo con su tono de predador cortés—, necesitamos más mujeres como usted para el nuevo orden que está llegando.

Elsa asintió, aceptando el cumplido. Su padre le había dicho una vez que la Alemania de 1918 se rindió por dentro mucho antes de firmar en Compiègne.

Que esta Alemania del 38 también se rendiría algún día.

Entonces, no le creyó. Él ya no era un soldado.

Ya hacía mucho tiempo que era un padre roto que hablaba con un vaso en la mano.

Y todas las opiniones contrarias al nuevo régimen empezaban a verse con sospecha.

— Fräulein von Kepler —la voz surgió a su derecha, suave como terciopelo, pero hueca.

Un teniente joven, ayudante de campo, le indicó con un gesto hacia un grupo donde más oficiales esperaban hablar con ella.

Con una leve inclinación de cabeza y una breve disculpa se despidió de su superior para seguir con la interminable secuencia de presentaciones.

Caminó hacia ellos como si llevara un fusil al hombro.

Pero en ese momento, bajo los candelabros, la memoria rozó otro lugar.

No a Berlín, sino a Stuttgart. No a un vals, sino al barro frío de un bosque.

Allí, su padre le enseñaba a tumbarse boca abajo con un fusil, a contener la respiración y a disparar contra un casco colgado de una rama.

El recuerdo se disipó al pasar a una de las puertas laterales del salón. Dos hombres de las SS custodiaban la entrada. Uno de ellos hablaba en voz baja con un civil al que mantenía contra la pared. Elsa no se detuvo de inmediato, pero redujo el paso lo justo para observar.

—Comentarios derrotistas —oyó decir—. Ha sido denunciado por varios testigos.

El hombre negó con la cabeza. No gritaba. Solo repetía, nervioso, que no había dicho nada…Pero su agitación le delataba, y Elsa comprendió al instante que un solo error como ése podía condenarte para siempre.

Uno de los guardias levantó la vista al verla. Reconoció el uniforme, el rango, y se cuadró al instante.

—Todo está bajo control, Unteroffizierin .

Elsa evaluó la respuesta con la misma frialdad con la que había aprendido a evaluar muchas cosas que había visto: distancia, consecuencias, silencio.

Aquello no iba con ella y lo mejor que podía hacer era no intervenir.

Ignoró los ojos suplicantes de ese hombre y asintió sin volver a mirarlo.

Siguió caminando sin mirar atrás y el murmullo del vals regresó poco a poco, amortiguando cualquier otra cosa.

Nadie en el salón parecía haber oído nada.

Un camarero pasó con una bandeja; el cristal tintineó, idiota y limpio, y Elsa pensó —sin querer— en el hombre contra la pared, en cómo había dejado de hablar cuando ella asintió.

Se detuvo un instante junto a una columna, fuera del haz de los candelabros. Se ajustó los guantes. El paño negro le apretaba las muñecas y durante un instante le faltó el aire.

Cuando el ayudante de campo la buscó de nuevo con la mirada, ella ya había compuesto la cara. Sonrió lo justo para que la fiesta siguiera. En el Adlon o en la finca de su infancia, el instinto era el mismo: observar, calcular, sobrevivir…