Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 20 — LA SAL CONSERVA #3
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Capítulo 20 — LA SAL CONSERVA #3

—Enterrador —dijo Irati, con la voz que se le asentaba en la garganta—.

El último secreto. El de la última puerta.

El que la organización le ordenó guardar.

—Miró al enterrador—. No se va con usted.

Se queda. Se queda en el monte. Se queda en la cueva.

Se queda en la sal. —Hizo una pausa—. Y cuando salga, enterrador, cuando la marea lo traiga, cuando la sal lo conserve, cuando la verdad lo desentierre, la última puerta, la que usted guardaba, la que la Dama protegía, se va a abrir del todo.

—Miró al enterrador—. Y la verdad, enterrador, la de la última puerta, la de la última verdad, se va a contar entera.

—Hizo una pausa—. Como se ha contado la de la cueva.

Como se ha contado la de la cuenta. Como se ha contado, enterrador, la de la historia entera.

El enterrador se quedó un momento en silencio, con la niebla alta y el monte que se abría, con las palabras de Irati girándole en la cabeza.

—Inspectora —dijo, con la voz que se le asentaba en la garganta—.

La última puerta. La que la organización me ordenó guardar.

La que, según la organización, la que enterraba, la que callaba, se iba a cerrar conmigo.

—Hizo una pausa—. Pero usted, inspectora, la que desentierra, la que no entierra la verdad, me ha enseñado que la última puerta no se cierra.

Se abre. Se abre con la marea. Se abre con la sal.

Se abre, inspectora, con la verdad que no se entierra.

—Miró a Irati—. Y la última puerta, inspectora, la que yo guardaba, la que yo conocía, se va a abrir.

Se va a abrir cuando la marea la traiga.

Se va a abrir cuando la sal la conserve.

Se va a abrir, inspectora, cuando la verdad la desentierre.

—Hizo una pausa—. Y entonces, inspectora, la última puerta, la que yo guardaba, la que la organización creía cerrada para siempre, se va a abrir del todo.

Y la verdad, inspectora, la de la última puerta, se va a contar entera.

Como se ha contado la de la cueva. Como se ha contado la de la cuenta.

Como se ha contado, inspectora, la de la historia entera.

La brEC detuvo al enterrador, con la niebla alta y el monte que se abría, con las esposas y la radio, con la certeza de que la última amenaza, la del enterrador, se cerraba ahí.

Y mientras la brEC se llevaba al enterrador, mientras la niebla se abría y el monte se quedaba en silencio, Irati se quedó un momento en el refugio, con la memoria de la cueva y la memoria de la sal.

El enterrador había caído.

La última puerta se había cerrado.

El último secreto, el que el enterrador guardaba, el que la organización creía que se iba con él, se quedaba.

Se quedaba en el monte.

Se quedaba en la cueva.

Se quedaba en la sal.

Se quedaba, pensó Irati, con la niebla alta y el monte que se abría, en la verdad que no se entierra.

La última puerta se había cerrado.

La última amenaza se había neutralizado.

Sin gran estruendo.

Sin gran estruendo, pensó Irati, con la niebla alta y el monte que se abría, como el que entierra su último secreto.

Y con la certeza de que la última puerta se había cerrado, con la niebla alta y el monte que se abría, Irati bajó por la senda de la vieja, con la memoria de la cueva y la memoria de la sal, con la historia contada entera.

Bajó por la senda de la vieja con la niebla alta y el monte que se abría, con la brEC que se quedaba atrás y la última puerta que se cerraba, con la memoria de la cueva y la memoria del reocultamiento, con la certeza de que el hilo del asesino técnico, el del enterrador, se cerraba ahí.

Recordó la cueva.

Recordó el reocultamiento.

Recordó la sal que conservaba.

Recordó el cuerpo de Koldo, el que la organización enterró dos veces, el que la cueva devolvió.

Recordó a Ane, la del anorak verde, la del 2016, la de la fila de los que no volvían.

Recordó la senda de la vieja, la que el enterrador conocía, la que había subido esa mañana, la que la última puerta guardaba.

Y con la memoria, con la niebla alta y el monte que se abría, con la senda que bajaba y la última puerta que se cerraba, Irati respiró hondo, con la sal en los labios y la certeza de que el hilo, el del enterrador, se cerraba ahí.

El monte seguía ahí.

La cueva seguía ahí.

La sal seguía ahí.

La última puerta se había cerrado.

Y la verdad, la que no se entierra, la que se cuenta, seguía ahí.

Seguía en el monte.

Seguía en la cueva.

Seguía en la sal.

Seguía, pensó Irati, con la niebla alta y el monte que se abría, en la historia contada entera.

Y con la certeza de que la última amenaza, la del enterrador, se había neutralizado, con la niebla alta y el monte que se abría, Irati bajó hasta el coche, con la memoria de la cueva y la memoria de la sal, con la historia contada entera.

Bajó por la senda de la vieja con la niebla alta y el monte que se abría, con la brEC que se quedaba atrás y la última puerta que se cerraba, con la certeza de que la amenaza, la de la noche, la de la llamada, la del enterrador, se había cerrado.

La llamada anónima.

La de la voz que no reconocía.

La de la Dama que guardaba la última puerta.

La del enterrador que no había huido.

Se había cerrado.

Se había cerrado con la niebla alta y el monte que se abría, con la brEC que se llevaba al enterrador y la última puerta que se cerraba, con la certeza de que la última amenaza, la de la noche, se había neutralizado.

Sin gran estruendo.

Sin gran estruendo, pensó Irati, con la niebla alta y el monte que se abría, como el que entierra su último secreto.

Mundaka la esperaba.

Jules la esperaba.

El mar la esperaba.

La sal la esperaba.

Y la última puerta, la que guardaba el enterrador, la que la Dama protegía, se había cerrado.

Se había cerrado con la verdad.

Se había cerrado con la sal.

Se había cerrado con la marea que no se lleva.

Se había cerrado, pensó Irati, con la niebla alta y el monte que se abría, con la historia contada entera.

III. El encuentro

La casa de Mundaka se abría al mar, con la vela que se encendía al anochecer y el salitre que entraba por la ventana, con el Urdaibai que se quedaba al fondo y la luna que subía sobre la ría, con la certeza de que el encuentro, el de la reconciliación, se jugaba ahí.

Irati llegó con la noche, con la sal en los labios y la certeza de que la última amenaza se había cerrado, con la memoria del monte y la memoria del enterrador, con la historia contada entera.

Jules la esperaba en la puerta, con la vela encendida y el salitre entrando, con la certeza de que el encuentro, el de la reconciliación, el de la plenitud, se jugaba ahí.

—Irati —dijo, con la voz que se le asentaba en la garganta, con la vela encendida y el salitre entrando—.

El enterrador. La última puerta. La última amenaza.

—Miró a Irati—. Se ha cerrado. Se ha neutralizado.

Se ha enterrado. —Hizo una pausa—. Y ahora, Irati, en esta casa, en esta vela, en este salitre, en esta luna sobre Urdaibai, no queda más que nosotros.

—Miró a Irati—. La verdad. La sal. La marea que no se lleva.

—Hizo una pausa—. Y la reconciliación, Irati, la que la false flag nos enfrentó, la que la duda nos apartó, la que Lisboa nos devolvió, se da aquí.

En esta casa. En esta noche. En esta verdad.

Irati se quedó un momento en silencio, con la vela encendida y el salitre entrando, con las palabras de Jules girándole en la cabeza.

La false flag.

La duda.

La desconfianza.

La que los había apartado.

La que, según Jules, según la reconciliación, según la noche, se daba aquí.

—Jules —dijo, con la voz que se le asentaba en la garganta, con la vela encendida y el salitre entrando—.

La false flag. La duda. La desconfianza.

—Miró a Jules—. Quedaron en Lisboa. Quedaron en el tejado.

Quedaron en la plaza. —Hizo una pausa—. Y ahora, Jules, en esta casa, en esta vela, en este salitre, en esta noche, no queda más que nosotros.

—Miró a Jules—. La verdad. La sal. La marea que no se lleva.

—Hizo una pausa—. Y la reconciliación, Jules, la que la false flag nos enfrentó, la que la duda nos apartó, la que Lisboa nos devolvió, se da aquí.

En esta casa. En esta noche. En esta verdad. —Miró a Jules—. En nosotros.

Jules la tomó de la mano, con la vela encendida y el salitre entrando, con la certeza de que el encuentro, el de la reconciliación, se daba ahí.

La llevó hacia la habitación, con la vela encendida y el salitre entrando, con la luna sobre Urdaibai y el mar que se quedaba al fondo, con la certeza de que el encuentro, el explícito, el lento, el sensorial, se daba ahí.

Las velas de la casa de Mundaka se encendían en las ventanas, con la luna sobre Urdaibai y el salitre entrando, con la cama que se abría y la ropa que se iba quedando en el camino, con la piel que se encontraba y la sal que se quedaba en los labios.

La habitación olía a salitre y a cera, con la luna sobre Urdaibai que entraba por la ventana y el mar que se quedaba al fondo, con las sábanas que se estiraban y las manos que se buscaban, con la certeza de que la noche, la de la reconciliación, era de los dos.

Jules le quitó la camisa con la lentitud de los que se saben de memoria, con los dedos que recorrían la cicatriz de la ceja izquierda, con la boca que bajaba por el cuello y los hombros, con la sal de Mundaka en la piel y la certeza de que el encuentro, el explícito, el lento, se daba ahí.

Irati sintió las manos de Jules en su espalda, con la vela encendida y el salitre entrando, con la piel que se erizaba y la certeza de que la reconciliación, la de la plenitud, se daba ahí.

Le devolvió el gesto, con las manos que le quitaban la ropa y la boca que le encontraba, con la sal en los labios y la luna sobre Urdaibai, con la certeza de que la noche, la de la reconciliación, era de los dos.

Los besos sabían a sal.