Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 20 — LA SAL CONSERVA #2
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Capítulo 20 — LA SAL CONSERVA #2

Irati se quedó un momento en silencio, con el mirador y el mar abierto, con la pregunta de Jules girándole en la cabeza.

—El siguiente caso —dijo, con la voz que se le asentaba en la garganta, con la ola izquierda que se levantaba a lo lejos—.

Vendrá. Vendrá con la marea. Vendrá con la sal.

Vendrá, Jules, con la verdad que no se entierra.

—Miró a Jules—. Y cuando venga, Jules, cuando la siguiente verdad suba, cuando la siguiente sal nos devuelva, nosotros estaremos aquí.

—Hizo una pausa—. En este cruce. En esta ola.

En esta sal. —Miró a Jules—. En la verdad que no se entierra.

—Hizo una pausa—. Y la desenterraremos, Jules.

La desenterraremos juntos. Como desenterramos la cueva.

Como desenterramos la cuenta. Como desenterramos el nombre.

—Miró a Jules—. Como desenterramos, Jules, la historia contada entera.

Jules miró la ola, con el mirador y el mar abierto, con las palabras de Irati girándole en la cabeza.

—Juntos —repitió, con la voz que se le asentaba en la garganta—.

Hasta el siguiente caso. Hasta la siguiente verdad.

Hasta la siguiente sal. —Miró a Irati—. Y hasta la siguiente historia contada entera, Irati.

La de los dos. —Hizo una pausa—. Porque la sal, Irati, la que conserva, la que no se lleva, la que nos va a ir devolviendo siempre, es la nuestra.

—Miró a Irati—. Es la de los dos. Es la de la historia contada entera.

Y en el mirador, con el Urdaibai a un lado y el mar abierto al otro, con la ola izquierda que se levantaba y la ría que se cruzaba con el mar, Irati y Jules se quedaron un momento en silencio, mirando la costa.

Con la sal en los labios.

Con la marea subiendo.

Con la promesa del regreso.

Con la promesa del siguiente caso.

Con la historia contada entera.

Con la certeza de que la sal, la que conserva, la que no se lleva, los iba a ir devolviendo siempre.

El epílogo, el del mar, el de la sal, se había dado.

Quedaba el enterrador.

Quedaba la última puerta.

Quedaba, pensó Irati, con los pies en el agua y la sal subiendo, la última amenaza.

II. El enterrador

La llamada llegó al amanecer del día siguiente, con la niebla alta y el monte que se abría, con la voz de Eneko en el teléfono y la certeza de que la última amenaza, la del enterrador, se cerraba esa mañana.

—Irati —dijo Eneko, con la voz que se le asentaba en la garganta—.

El enterrador. Lo han localizado. Lo han visto subir por la senda de la vieja, la que conoce, la del reocultamiento, la de la cueva.

—Hizo una pausa—. Va hacia el refugio, Irati.

Va hacia la última puerta. —Hizo una pausa—.

La brEC va a cerrar el monte. Va a cerrar la senda.

Va a cerrar la última puerta. —Hizo una pausa—.

Y yo, Irati, voy a estar ahí. Voy a estar en el monte. Voy a estar en la última puerta.

Irati se quedó un momento en silencio, con la niebla alta y el monte que se abría, con las palabras de Eneko girándole en la cabeza.

El enterrador.

El que no había huido.

El que la organización llamaba.

El que, según la llamada anónima, según la voz de la noche, guardaba la última puerta.

El que, según la senda de la vieja, según la cueva, según el reocultamiento, conocía el monte mejor que nadie.

El que, pensó Irati, con la niebla alta y el monte que se abría, iba a ser neutralizado esa mañana.

—Voy —dijo Irati, con la voz que se le asentaba en la garganta, con el teléfono en la mano—. Voy al monte. Voy a la última puerta. Voy, Eneko, a cerrar la amenaza.

El monte se abrió delante de ella con la niebla, con la senda de la vieja que subía y el refugio que se intuía a lo lejos, con la brEC que cerraba el perímetro y la certeza de que la operación, la de la última puerta, se jugaba ahí.

Irati subió por la senda con la niebla alta y el monte que se abría, con la memoria de la cueva y la memoria de la sal, con la certeza de que la última amenaza, la del enterrador, se cerraba esa mañana.

Subió por la senda de la vieja con la niebla alta y el monte que se abría, con la roca que cruzaba y el helecho que se quedaba al borde, con la memoria de la cueva y la memoria del reocultamiento, con la certeza de que la última amenaza, la del enterrador, se cerraba esa mañana.

La senda de la vieja.

La que el enterrador conocía.

La que subía hasta el refugio.

La que, según la llamada, según la voz de la noche, según la última puerta, era la del final.

Irati subió con la brEC, con la niebla alta y el monte que se abría, con los chalecos y las radios, con la certeza de que la operación, la de la última puerta, se cerraba ahí.

Y cuando el refugio se abrió delante de ellos, cuando la niebla se levantó un momento y la campana quedó en silencio, la operación, la de la última puerta, se cerró.

El enterrador no opuso resistencia.

Cuando la brEC llegó al refugio, cuando las luces se encendieron y las voces se alzaron, el enterrador, el que la organización llamaba, el que enterraba, estaba sentado en el banco del refugio, con las manos sobre las rodillas y la mirada en el monte.

—Sabía que iban a venir —dijo, con la voz que se le asentaba en la garganta, con la niebla alta y el monte que se abría—.

Sabía que la última puerta, la que guardaba, la que la Dama protegía, se iba a abrir.

—Miró a Irati—. Y he subido, inspectora, a enterrar mi último secreto.

—Hizo una pausa—. El de la última puerta.

El de la última verdad. El que la organización, la que enterraba, la que callaba, me ordenó guardar.

—Miró a Irati—. Y ahora, inspectora, que la verdad se ha contado entera, que la organización se ha caído, que la última puerta se ha abierto, no tengo nada que enterrar.

Irati se quedó un momento en silencio, con la niebla alta y el monte que se abría, con el enterrador delante y la certeza de que la última amenaza, la del enterrador, se cerraba ahí.

—El enterrador —dijo Irati, con la voz que se le asentaba en la garganta—.

El que la organización llamaba. El que reocultó a Koldo.

El que conoce la cueva. El que guardaba la última puerta.

—Miró al enterrador—. ¿Por qué? ¿Por qué guardaba la última puerta?

¿Por qué no huyó? ¿Por qué subió al monte?

El enterrador se quedó un momento en silencio, con la niebla alta y el monte que se abría, con las preguntas de Irati girándole en la cabeza.

—Porque el monte, inspectora, es mío —dijo, con la voz que se le asentaba en la garganta—.

El monte, la cueva, la senda, el refugio, la última puerta.

Todo es mío. Todo es lo que conozco. Todo es lo que soy.

—Miró a Irati—. La organización, inspectora, me pagaba por enterrar.

Me pagaba por hacer desaparecer lo que no debía estar.

Me pagaba por la leyenda de la Dama. —Hizo una pausa—.

Pero la organización, inspectora, nunca fue mía.

El monte era mío. La sal era mía. La última puerta era mía.

—Miró a Irati—. Y cuando la organización, la que enterraba, la que callaba, se cayó, cuando la verdad se contó entera, cuando la última puerta se abrió, no me quedó más que el monte.

—Hizo una pausa—. Y he subido, inspectora, a enterrar mi último secreto.

El de la última puerta. El de la última verdad. El que, inspectora, se va conmigo.

Irati se quedó un momento en silencio, con la niebla alta y el monte que se abría, con las palabras del enterrador girándole en la cabeza.

El último secreto.

La última puerta.

La última verdad.

La que, según el enterrador, según la llamada anónima, según la voz de la noche, se iba con él.

—El último secreto —dijo Irati, con la voz que se le asentaba en la garganta—.

La última puerta. La última verdad. —Miró al enterrador—.

La que la organización, la que enterraba, la que callaba, le ordenó guardar.

—Hizo una pausa—. La que, enterrador, se va con usted.

—Miró al enterrador—. Pero la verdad, enterrador, la que no se entierra, la que se cuenta, no se va con nadie.

—Hizo una pausa—. La verdad, enterrador, se queda.

Se queda en el monte. Se queda en la cueva.

Se queda en la sal. Se queda, enterrador, en la historia contada entera.

El enterrador la miró un momento, con la niebla alta y el monte que se abría, con las palabras de Irati girándole en la cabeza.

—Inspectora —dijo, con la voz que se le asentaba en la garganta—.

Llevo años enterrando. Llevo años haciendo desaparecer lo que no debía estar.

Llevo años guardando secretos. —Hizo una pausa—.

Y he guardado, inspectora, secretos que la organización, la que enterraba, la que callaba, creía que se iban conmigo.

—Miró a Irati—. Pero la verdad, inspectora, la que usted desenterró, la que usted contó entera, me ha enseñado que los secretos, los que se guardan, los que se entierran, siempre salen.

Siempre salen con la marea. Siempre salen con la sal.

Siempre salen, inspectora, con la verdad que no se entierra.

—Hizo una pausa—. Y el último secreto, inspectora, el de la última puerta, el que la organización me ordenó guardar, va a salir también.

Va a salir con la marea. Va a salir con la sal.

Va a salir, inspectora, con la verdad que no se entierra.

Irati se quedó un momento en silencio, con la niebla alta y el monte que se abría, con las palabras del enterrador girándole en la cabeza.

Los secretos siempre salen.

Con la marea.

Con la sal.

Con la verdad que no se entierra.

Y con la certeza de que el último secreto, el de la última puerta, iba a salir también, Irati miró al enterrador, con la niebla alta y el monte que se abría.