Capítulo 19 — SAL NEGRA #3
—Koldo —dijo, con la voz que se le quebraba—.
El que vio. El que sabía. El que la organización calló.
—Hizo una pausa—. Lo enterraron la primera vez para que la cuenta siguiera moviéndose.
Lo enterraron en el vertedero, con los residuos, con la leyenda, con el 2016.
—Hizo una pausa—. Y cuando la cueva, cuando el monte, cuando la sal, cuando la verdad, empezó a asomar, cuando usted, inspectora, empezó a desenterrar, la organización, la que enterraba, lo volvió a enterrar.
Lo enterró en la cueva. Lo enterró con la sal.
Lo enterró, inspectora, para que la verdad no asomara.
—Miró a Irati—. Pero la sal, inspectora, la que conserva, la que no se lleva el mar, guardó el cuerpo.
Lo guardó para la verdad. Lo guardó para usted.
—Hizo una pausa—. Lo guardó, inspectora, para que la historia se contara entera.
Irati se quedó un momento en silencio, con los ventanales al puerto y la luz gris, con las palabras de Abaitua girándole en la cabeza.
La sal.
La que conserva.
La que no se lleva el mar.
La que había guardado el cuerpo de Koldo.
La que había guardado la verdad.
La que, pensó Irati, con los ventanales al puerto y la luz gris, había guardado también la historia.
—Abaitua —dijo Irati, con la voz que se le asentaba en la garganta, con la carpeta en la mano—.
La confesión. La suya. La que acaba de hacer.
La del nombre. La de la cadena. La del vertedero.
—Miró a Abaitua—. La va a sostener usted.
En el juzgado. En la declaración. En la verdad.
—Hizo una pausa—. Y con su confesión, Abaitua, con la de Silva, con la de Ondarra, con la de la cadena entera, la organización, la que enterraba, se va a caer.
—Miró a Abaitua—. Con el vertedero. Con la bodega.
Con la cuenta. Con el nombre. Con la historia contada entera.
Abaitua se quedó un momento en silencio, con los ventanales al puerto y la luz gris, con la certeza de que la partida, la suya, se había perdido, con la verdad que se le asentaba en la garganta.
—Sostendré la confesión, inspectora —dijo—.
La sostendré en el juzgado. En la declaración.
En la verdad. —Miró a Irati—. Porque la verdad, inspectora, la que la organización no pudo enterrar, la que la red entera ocultaba, la que usted desenterró, se va a contar entera.
—Hizo una pausa—. Y yo, inspectora, el que movió cuerpos, el que enterró, el que ocultó, voy a estar ahí, contándola.
—Miró a Irati—. Contándola con la sal en los labios y la marea subiendo.
—Hizo una pausa—. Contándola, inspectora, con la historia contada entera.
Irati se levantó, con la mochila al hombro y la carpeta en la mano, con los ventanales al puerto y la luz gris, con la certeza de que la confrontación, la de la verdad, se había ganado.
—Abaitua —dijo, con la voz que se le asentaba en la garganta, con la carpeta en la mano—.
La rueda de prensa. La de la verdad pública.
La de la historia contada entera. —Miró a Abaitua—.
Va a ser esta tarde. Y usted, Abaitua, el que movió cuerpos, el que enterró, el que ocultó, va a estar ahí.
—Hizo una pausa—. No detrás de los ventanales.
No en la sombra. No en la organización. —Miró a Abaitua—.
Delante. Con la verdad. Con la historia contada entera.
Salió del despacho con la mochila al hombro y la carpeta en la mano, con los ventanales al puerto y la luz gris, con la certeza de que la confrontación, la de la verdad, se había ganado, y con el nombre de Jon Zabala, el de la cuenta de abono final, el de la confrontación final, guardado en la carpeta.
La historia de Ane se cerraba.
La de Koldo se cerraba.
La del vertedero se cerraba.
Y la confrontación final, la del nombre, la de Jon Zabala, la de la cabeza, la de la cuenta de abono final, empezaba.
En la rueda de prensa.
En la verdad.
En la historia contada entera.
III. La verdad pública
La sala de prensa de Lakua se llenó esa tarde, con los micrófonos y los flashes, con los periodistas que se apretaban y las cámaras que enfocaban, con la certeza de que la rueda de prensa, la de la verdad pública, la de la historia contada entera, se jugaba ahí.
Irati estaba de pie, junto a los altos cargos, junto al viceconsejero, junto a los responsables del sistema vasco de salud, con la carpeta en la mano y la certeza en el pecho, con los micrófonos delante y los flashes que no se apagaban.
El viceconsejero abrió la rueda de prensa, con los micrófonos y los flashes, con la voz que se le asentaba en la garganta.
—Señoras y señores —dijo—. Hace unos años, este país vivió el que se llamó «colapso» del sistema de salud.
Un vertedero de residuos sanitarios se derrumbó, y el sistema, se dijo, se vino abajo con él.
Se habló de maldición. Se habló de una Dama que guardaba los restos.
Se habló de un colapso real, de un sistema que no pudo resistir. —Hizo una pausa—. Era mentira.
La sala se quedó en silencio, con los micrófonos y los flashes, con las palabras del viceconsejero girando en la cabeza de todos.
—No hubo colapso real —continuó el viceconsejero, con la voz que se le asentaba en la garganta—.
Hubo simulación. El vertedero, el de Mokorreta, no se derrumbó por accidente.
Se derrumbó por interés. Porque detrás del vertedero, detrás de la empresa, detrás del residuo, había una organización que movía dinero, que enterraba cuerpos, que usaba el sistema de salud como tapadera.
—Hizo una pausa—. La organización, señoras y señores, no solo enterraba residuos.
Enterraba también la verdad. Enterraba también los cuerpos.
Enterraba también los nombres. —Miró a la sala—.
Y la Dama, la que guardaba los restos, la que «protegía» el vertedero, era una mentira.
Una leyenda fabricada. Un mito que servía para que nadie mirara lo que había debajo.
—Hizo una pausa—. No había maldición, señoras y señores. Había contabilidad.
Irati se quedó un momento en silencio, con los micrófonos y los flashes, con las palabras del viceconsejero girándole en la cabeza.
«No había maldición. Había contabilidad.»
La tesis del libro.
La verdad pública.
La que la organización, la que enterraba, había enterrado.
La que, pensó Irati, con los micrófonos y los flashes, se estaba contando entera.
—El sistema vasco de salud —continuó el viceconsejero, con la voz que se le asentaba en la garganta—.
Sobrevivió. Sobrevivió al vertedero, a la simulación, a la organización.
Sobrevivió porque los profesionales, los de Osabide, los que volvieron al papel cuando la red cayó, los que atendieron a los pacientes cuando las pantallas se apagaron, no se rindieron.
—Hizo una pausa—. El sistema vasco de salud, señoras y señores, no se colapsó.
Se sostuvo. Y se sostuvo, señoras y señores, gracias a los que no enterraron.
Gracias a los que siguieron atendiendo. Gracias a los que, cuando la mentira se levantó, siguieron ahí.
—Miró a la sala—. Eso, señoras y señores, es lo que se defiende hoy.
Lo público. Lo que no se entierra. Lo que se sostiene.
La sala se quedó en silencio, con los micrófonos y los flashes, con las palabras del viceconsejero girando en la cabeza de todos.
Lo público.
Lo que no se entierra.
Lo que se sostiene.
La tesis del libro.
—Y la investigación —continuó el viceconsejero, con la voz que se le asentaba en la garganta—.
La que llevó la inspectora Sarasola. La que desenterró el anorak verde.
La que abrió la cueva. La que subió la verdad hasta aquí.
La que la llevó a Madrid. La que la trajo de Lisboa.
—Miró a Irati—. La investigación, señoras y señores, ha cerrado la cadena.
El vertedero, la bodega, Lisboa, la cuenta.
La organización, señoras y señores, la que enterraba, la que contenía, la que callaba, se ha caído.
—Hizo una pausa—. Y la verdad, señoras y señores, la de los que la organización enterró, la de los que no volvieron, la de los que la fila de los que no volvían dejó escritos, se va a contar entera.
—Miró a la sala—. Con los expedientes reabiertos.
Con las pruebas presentadas. Con la cadena cerrada. Con la historia contada entera.
Los flashes no se apagaban.
Los micrófonos no se apartaban.
Y Irati, con la carpeta en la mano y los micrófonos delante, dio un paso al frente, con la certeza de que la rueda de prensa, la de la verdad pública, se cerraba con su palabra.
—Señoras y señores —dijo Irati, con la voz que se le asentaba en la garganta, con la carpeta en la mano—.
Me llamo Irati Sarasola. Soy inspectora de la Ertzaintza.
Y hace semanas, en el monte, desenterré un anorak verde.
El de Ane Beitia. La que no volvió en el 2016.
La que la organización enterró. —Hizo una pausa—.
Y con el anorak, señoras y señores, desenterré también la verdad.
La del vertedero. La de la bodega. La de Lisboa.
La de la cuenta. La del nombre. —Miró a la sala—.
La verdad, señoras y señores, la que la organización no pudo enterrar, la que la Dama no guardaba, la que la leyenda ocultaba, se ha contado entera.
—Hizo una pausa—. Y los que la organización enterró, señoras y señores, los de la lista, los del contenedor, los de la fila de los que no volvían, van a volver.
Van a volver con la verdad. Van a volver con la historia contada entera.
—Miró a la sala—. Con la sal que no se lleva el mar.
Una periodista levantó la mano, con los micrófonos y los flashes, con la pregunta que le quemaba en la garganta.
—Inspectora —dijo—. El cuerpo de Koldo Ugarte. El que la organización enterró dos veces. El que la cueva devolvió. —Hizo una pausa—. Se ha confirmado que es él. ¿Qué significa? ¿Qué significa para el caso, para la familia, para la historia?