Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 18 — LISBOA
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Capítulo 18 — LISBOA

Irati Sarasola / Jules Harlow

Bilbao

I. El vuelo

El avión despegó de Bilbao con el alba, con las turbulencias sobre el mar Cantábrico y el cielo que se abría hacia el sur, con Irati mirando por la ventanilla la costa que se alejaba, la de su tierra, la de la que no sabía cuándo iba a volver, y Jules a su lado, con los cascos puestos y la mirada en los informes.

No era un vuelo cualquiera.

Era el vuelo hacia el centro de mando.

El vuelo hacia Lisboa.

El vuelo hacia la empresa de los servicios financieros, hacia la cuenta que se vaciaba, hacia el dinero que se enterraba bajo los nombres de los muertos, hacia la organización que, según Leire, según Huidobro, según la cadena cerrada, adelantaba el plan y movía las cuentas.

Irati no había dormido.

No había dormido desde la reunión con el viceconsejero, desde la que había entrado en el despacho con la carpeta de la verdad, desde la que había visto la cara de Landaburu cuando la verdad cayó sobre la mesa, desde la que había salido con la certeza de que la partida, la política, la de la contención, la de la ceguera, se había ganado.

Pero la partida, la de verdad, la del dinero, la de la organización, no se jugaba en Lakua.

Se jugaba en Lisboa.

Y hacia Lisboa, hacia el centro de mando, hacia la cuenta que se vaciaba, volaba el avión, con las turbulencias sobre el mar Cantábrico y el alba abriéndose sobre la Península.

—Europol —dijo Jules, con los cascos puestos y la mirada en los informes, con el mapa de la operación en la pantalla y los nodos que se iban marcando—.

La operación está coordinada con Europol.

Y con el MAOC-N, el Centro de Análisis y Operaciones Marítimas de Narcotráfico de Lisboa.

—Miró a Irati—. El marco real, Irati. El de la cooperación.

El del canal que el Legat autorizó. El que la organización, la que enterraba, no espera.

—Hizo una pausa—. El grupo de entrada, Irati, somos nosotros.

Tú. Yo. La unidad de Lisboa. El grupo que va a entrar en el centro de mando cuando la organización, la que vacía las cuentas, crea que está a salvo.

Irati miró a Jules, con las turbulencias sobre el mar Cantábrico y la costa que se alejaba, con la certeza de que la operación, la del centro de mando, la de Lisboa, era la que iba a cerrar la cuenta.

—¿Y Silva? —preguntó, con la voz que se le asentaba en la garganta—. ¿El que manda desde Lisboa?

Jules asintió, con los cascos puestos y la mirada en los informes.

—Silva —dijo—. El nombre de guerra. El que, según la grabación, según la llamada cifrada, según el nodo europeo, dirige el plan.

El que le dijo al Enterrador que hiciera que todo oliera a accidente y a leyenda.

El que, según la cadena de facturación, según la cuenta, mueve el dinero.

—Miró a Irati—. Silva, Irati, es el que vamos a neutralizar.

Silva, Irati, es el centro de mando. —Hizo una pausa—.

Y cuando Silva caiga, la cuenta, la que se vaciaba, la que enterraba el dinero bajo los nombres de los muertos, se va a caer con él.

Irati se quedó un momento en silencio, con las turbulencias sobre el mar Cantábrico y la costa que se alejaba, con las palabras de Jules girándole en la cabeza.

Silva.

El centro de mando.

La cuenta.

El dinero.

El que había enterrado a Ane.

El que había matado al testigo.

El que había golpeado a Pello.

El que había reocultado a Koldo.

El que, según la llamada cifrada, según el plan B, había ordenado que todo oliera a accidente y a leyenda.

El que, según la cadena, según la cuenta, según el dinero que se movía bajo los nombres de los muertos, iba a caer.

Y Irati, con las turbulencias sobre el mar Cantábrico y el alba abriéndose sobre la Península, sintió que la marea, la que sube, la que no se detiene, la que había subido desde la ría, desde la cueva, desde el monte, llegaba a Lisboa.

El avión sobrevoló el mar Cantábrico, con las turbulencias y el alba, con la costa que se alejaba y la Península que se abría, con Irati mirando por la ventanilla y Jules con la mirada en los informes.

Y cuando el avión, con las luces del alba y el vuelo que se estabilizaba, empezó a descender hacia Lisboa, con el Tajo abajo y el mar al fondo, Irati sintió la certeza.

La certeza de que la historia, la de Ane, la de Koldo, la del 2016, la de todos los que la organización había enterrado, se iba a contar entera.

En Lisboa.

En el centro de mando.

En la cuenta.

En la verdad.

Con la sal en los labios y la marea subiendo.

Con la organización, la que enterraba, la que contenía, la que callaba, a punto de caer.

El avión aterrizó en Lisboa con el alba, con el Tajo abajo y el mar al fondo, con la operación que se desplegaba y el grupo de entrada que se formaba, con Irati y Jules, con la unidad de Lisboa, con Europol, con el MAOC-N, con la coordinación plena.

El briefing fue corto.

Lo dirigió Jules, con el mapa del puerto sobre la mesa y las fotografías del almacén, con los puntos de entrada marcados y las salidas trazadas, con la unidad de Lisboa que escuchaba y el MAOC-N que confirmaba, con la coordinación plena que el Legat había autorizado y el canal real que la organización, la que enterraba, no esperaba.

—El centro de mando —dijo Jules, con el mapa sobre la mesa y las fotografías del almacén—.

Un almacén del puerto de Lisboa. Frente al mar.

Con las cajas apiladas y los servidores en la trastienda.

Con la empresa de servicios financieros que no se ve y la cuenta que se vacía.

—Miró a la unidad—. La entrada, por la puerta principal, con la orden del juzgado de Lisboa.

La salida, por el fondo, se cierra con la unidad de contención.

—Hizo una pausa—. Silva, el que manda, el que mueve el dinero, está en el fondo, con la mesa de despacho y los papeles.

Y la documentación, la de la cuenta, la de la empresa, la de la red entera, se requisará en la operación.

—Miró a la unidad—. Con la cuenta que se vacía, con el dinero que se mueve, con la organización que adelanta el plan, no hay margen de error.

—Hizo una pausa—. Entramos, cerramos, y traemos la verdad.

Irati escuchó el briefing con la mochila al hombro y la certeza en el pecho, con el mapa del puerto y las fotografías del almacén, con la memoria de la cueva, del monte, de la ría, de todos los que la organización había enterrado.

Ane.

Koldo.

El 2016.

La fila de los que no volvían.

La organización, la que enterraba, la que contenía, la que callaba.

La que, según la cadena, según la cuenta, según el nodo europeo, adelantaba el plan y vaciaba las cuentas.

La que, en unas horas, en el almacén del puerto de Lisboa, en el centro de mando, en la cuenta que se vaciaba, iba a caer.

—¿Lista? —preguntó Jules, con el mapa del puerto y las fotografías del almacén, con la certeza que le subía desde el pecho—. ¿Lista para el centro de mando?

Irati lo miró, con la mochila al hombro y la certeza en el pecho.

—Lista —dijo—. Lista desde el día en que Ane no volvió.

Lista desde el día en que desenterré el anorak verde.

Lista desde el día en que la organización, la que enterraba, me dio la razón.

—Miró a Jules—. Lista, Jules, para el centro de mando.

Para la cuenta. Para la verdad. —Hizo una pausa—.

La organización, la que enterraba, ha enterrado a demasiada gente.

Y hoy, Jules, en Lisboa, en el almacén, en el centro de mando, la verdad, la de todos, va a desenterrarlos.

La unidad de Lisboa se formó al borde del puerto, con las luces del alba y el mar al fondo, con los chalecos y las radios, con las órdenes que se pasaban y la operación que se desplegaba, con Irati y Jules en el grupo de entrada y la certeza de que el caso, el que había crecido desde la ría hasta Bruselas, llegaba a Lisboa.

Y mientras la unidad se formaba, mientras los chalecos se abrochaban y las radios se probaban, Irati se quedó un momento en silencio, mirando el mar del Tajo, con la memoria de la ría y la memoria de la sal.

La marea.

La que sube.

La que no se detiene.

La que había subido desde la cueva, desde el monte, desde la ría, desde Bilbao.

La que llegaba a Lisboa.

La que, en el almacén del puerto, en el centro de mando, iba a cerrar la cuenta.

Y con la marea, con el mar del Tajo y las luces del alba, con la memoria de Ane y la memoria de Koldo, Irati se puso el chaleco y se ajustó la radio.

—Vamos —dijo, con la voz que se le asentaba en la garganta—. A por la cuenta. A por Silva. A por la verdad.

La unidad de entrada se puso en marcha, con las luces del alba y el mar al fondo, con los chalecos y las radios, con la operación que se desplegaba y el almacén del puerto delante, con la certeza de que el caso, el de Ane, el de Koldo, el de todos los que la organización había enterrado, había llegado al final.

Antes de cruzar la calle que separaba el punto de reunión del almacén, Irati se detuvo un momento, con las luces del alba y el mar al fondo, con la radio en la mano y la memoria de la ría girándole en la cabeza.

Recordó la cueva.

Recordó el anorak verde.

Recordó la lista del contenedor.

Recordó la fila de los que no volvían.

Recordó a Ane, la del club, la del monte, la del 2016, la que no volvió.

Recordó a Koldo, el que la organización enterró dos veces, el que la cueva devolvió.

Recordó a Pello, el que confesó en el auzolan, el que dijo que lo que se enterró en Mokorreta nunca se movió del monte.

Recordó a Maddi, la de la sal, la que encontró la sal industrial en las manos de Koldo.

Recordó a Leire, la de la cadena, la que cerró la facturación, la que encontró la identidad robada.

Recordó a Eneko, el que le enseñó que la tierra presta el nombre.

Y con la memoria, con las luces del alba y el mar al fondo, Irati respiró hondo, con la sal de la ría en los labios y la certeza de que la historia, la de todos, se iba a contar entera.

En el almacén del puerto.

En el centro de mando.

En Lisboa.

En la verdad.