Capítulo 17 — MADRID #6
Y una pregunta, la que no quería hacerse, la que se hacía, la que no podía dejar de hacerse, le subió desde el pecho.
¿Y si el infiltrado, el del canal propio, era el que había filtrado la información?
¿Y si el infiltrado, el del entorno de Abaitua, era el topo?
¿Y si el infiltrado, el del FBI, era la organización?
Jules no lo sabía.
No podía saberlo.
El infiltrado podía estar del lado de la organización.
Podía estar del lado de la verdad.
Podía ser el topo.
Podía ser la herramienta del topo.
Podía ser el que vigilaba al que vigilaba.
Y hasta que el caso se cerrara, hasta que el cerco se cerrara, hasta que la red se cayera, no se podía saber.
—Abaitua —dijo Jules en voz baja, con el expediente en la mano y la Gran Vía abajo—.
El entorno de Abaitua. —Hizo una pausa—.
El proveedor. El de C3. El del caso de Nueva York.
—Miró el expediente, con la certeza que le subía desde el pecho—.
El nombre del cruce. El que conecta con Lisboa.
El que la organización lleva años protegiendo.
—Hizo una pausa—. Y el FBI, el que debería estar del otro lado, tiene un hombre a su lado.
Un infiltrado.
Un hombre del FBI.
En el entorno de Abaitua.
Con canal propio.
Al margen de la oficina.
Ordenado desde Washington.
Sin que el Legat lo supiera.
Sin que Jules lo supiera.
Sin que nadie, excepto la cadena, lo supiera.
El infiltrado.
El que estaba en el entorno de Abaitua.
El que, según el mensaje, había sido colocado para vigilar, para informar, para controlar.
El que, según la paranoia razonable, la de los que saben que el enemigo está dentro, podía ser el topo.
O podía ser la herramienta del topo.
O podía ser la prueba de que el juego, el de la organización, el de la que enterraba, llegaba hasta Washington.
Jules miró el expediente, con la Gran Vía abajo y las luces de Madrid encendiéndose, con la certeza de que la desconfianza, la que el caso le había enseñado, la que la sala segura le había confirmado, acababa de alcanzarlo a él.
Al FBI.
A su servicio.
A su propia gente.
El infiltrado, el del entorno de Abaitua, el del canal propio, era el riesgo de doble juego.
El que podía estar del lado de la organización.
El que podía estar del lado de la verdad.
El que, hasta que el caso se cerrara, no se podía saber.
—No me fíe de nadie —se dijo, con el teléfono en la mano y el mensaje en la pantalla, con la Gran Vía abajo y las luces de Madrid encendiéndose—.
Ni de mi propio servicio. Hasta que el caso se cierre.
—Hizo una pausa—. El infiltrado. El topo.
La cadena europea. El proveedor. Lisboa.
—Miró el expediente, con la certeza que le subía desde el pecho—.
La red está más cerca que nunca. Y la red, la que enterraba, la que contenía, la que callaba, llega hasta Washington.
—Hizo una pausa—. Hasta el FBI. Hasta mí.
La noche caía sobre Madrid, sobre la Gran Vía, sobre las luces que se encendían abajo, y Jules, con el expediente del infiltrado en la mano y la desconfianza que lo alcanzaba, sintió la marea.
La que sube.
La que no se detiene.
La que llega hasta donde nadie espera.
La marea, pensó Jules, con la ventana que daba a la Gran Vía y las luces de Madrid encendiéndose, no entiende de servicios, ni de canales, ni de lealtades.
La marea sube.
Y cuando sube, lo cubre todo.
También a los que creen estar a salvo.
También a los que creen estar dentro.
También a los que creen estar lejos de la costa.
Y Jules, con el expediente del infiltrado en la mano y la certeza de que el caso, el de la organización, se decidía mañana, supo que la marea, la de la verdad, la de la que no se entierra, estaba subiendo hacia Lisboa.
Hacia el centro de mando.
Hacia el final.
Se quedó un momento en la ventana, con la Gran Vía abajo y las luces de Madrid encendiéndose, con el expediente del infiltrado en la mano y la certeza de que, desde ese momento, no podía fiarse de nadie.
Ni del Legat, que le había enviado el mensaje.
Ni de Washington, que había ordenado el infiltrado.
Ni de Huidobro, que había plantado la pista falsa.
Ni de su propio servicio, el que lo había querido repatriar.
Ni de sí mismo, el que había desobedecido.
La desconfianza, la que el caso le había enseñado, la que la sala segura le había confirmado, la que el mensaje del Legat le había entregado, era la única certeza.
Y con la desconfianza, con el expediente del infiltrado, con el nombre del proveedor, con la llave de Lisboa, Jules se sentó en la cama del hotel, con la maleta abierta y la Gran Vía abajo, y empezó a planear.
Planear Lisboa.
Planear la operación que iba a cerrar la red.
Planear la que iba a vaciar las cuentas antes de que la organización las vaciara.
Planear la que iba a llegar al centro de mando antes de que el centro de mando enterrara la cadena.
Planear la que iba a usar al topo, al infiltrado, a la desconfianza, como herramientas.
Y mientras planeaba, con la Gran Vía abajo y las luces de Madrid encendiéndose, Jules pensó en Irati.
En la que estaba en Bilbao, en la que entraría mañana en el despacho del viceconsejero, en la que llevaría la carpeta de la verdad, en la que le había enseñado que la verdad, la vasca, la comunitaria, no se sostiene sola.
En la que le había enseñado que se sostiene entre todos.
Y pensó que, en Lisboa, en el centro de mando, en la operación que estaba planeando, la verdad, la de los dos, la de los que no se fiaban de nadie, se iba a sostener.
Entre los dos.
—Juntos, Irati —se dijo, con el expediente en la mano y la Gran Vía abajo, con la certeza que le subía desde el pecho—. Juntos hasta el final. —Hizo una pausa—. Y el final, Irati, está en Lisboa.
La noche caía sobre Madrid, sobre la Gran Vía, sobre las luces que se encendían abajo, y Jules, con el plan en la cabeza y la desconfianza en el pecho, sintió la marea.
La que sube.
La que no se detiene.
La que llega hasta donde nadie espera.
La que, mañana, iba a llegar a Lisboa.
La marea subía.
Y Jules, con el expediente del infiltrado en la mano, iba a subir con ella.
Hacia el centro de mando.
Hacia el final.
Hacia la verdad que no se entierra.