Capítulo 11 — LA GALERNA #6
Por eso había escrito. Por eso había dejado las copias. Por eso había enterrado la verdad en los sitios donde sabía que, si algo le pasaba, alguien la encontraría.
Y en la ventana, con la lluvia fina golpeando los cristales y la ría subiendo con la marea, Ane había pensado en el monte.
En el monte de su infancia. En el monte donde su tío Koldo le había enseñado el track del Camino Seguro. En el monte que guardaba lo que se había enterrado en el 2016. En el monte que, si alguien lo leía bien, iba a devolver la verdad.
Había pensado en el monte, y había pensado en la inspectora que preguntaba.
La inspectora que, según el sistema, iba a desaparecer como desaparecían los que preguntaban.
Pero que, pensaba Ane mientras la lluvia golpeaba los cristales y la ría subía con la marea, quizá, solo quizá, iba a ser la primera que no desapareciera.
La primera que llegara al monte.
La primera que desenterrara lo que se enterró.
La primera que contara la historia entera.
Y con esa certeza, con la lluvia fina golpeando los cristales y la noche cayendo sobre Bilbao, Ane había cerrado la libreta, había guardado la nota en el bolsillo del anorak verde, y se había preparado para lo que iba a venir.
No había tenido miedo.
Había tenido la certeza de que, si la borraban, la verdad que había enterrado iba a seguir.
Lo que se entierra, no se pierde.
Espera.
Y la verdad, la de Ane, la de Koldo, la del 2016, la de Mokorreta, estaba esperando.
Esperando a la inspectora que preguntaba.
Esperando a la que, meses después, iba a bajar a una cornisa de Punta Galea por un testigo, iba a disparar a un vehículo sin rotular, iba a dormir en un hotel de Getxo con la galerna fuera, iba a ver morir al testigo en una celda de protección, y aun así, iba a seguir.
Esperando a la que iba a desenterrarlo todo.
Todo lo que se enterró.
Todo lo que la tierra guardaba.
Todo lo que el mar traía.
Irati llegó al piso del Casco Viejo con la noche cerrada sobre Bilbao y la lluvia fina golpeando las ventanas, y se quedó un momento en la cocina, con el café hirviendo y la libreta abierta sobre la mesa, escribiendo las notas del día.
El testigo muerto. La celda de protección. La muerte natural. El patrón. El hilo. El puerto. El segundo contenedor. El manifiesto falseado. El que «debía salir vacío». La promesa de Jules. El pacto de desenterrar lo que se enterró.
Y al final de la página, con la letra más pequeña aún, escribió las notas del registro.
Madrugada. Puerto. Circuito de manifiestos. Segundo contenedor. Eneko. brEC. Los bomberos. La logística. La empresa. El hilo.
No sabía qué iban a encontrar en el puerto.
No sabía si el segundo contenedor guardaba el hilo, la prueba, la huella, el eslabón entre la muerte de Ane y el robo de datos.
No sabía si la organización, la que había matado al testigo en una celda de protección, iba a dejar que registraran el puerto sin resistencia.
Pero sabía, con una certeza que no podía explicar, que el registro del puerto era el siguiente paso.
El paso del hilo.
El paso que unía la muerte de Ane, la del responsable técnico, la del testigo, con la empresa, con la fila de arriba, con lo que se enterró en el 2016.
Y sabía, también, con la lluvia fina golpeando las ventanas y la noche cerrada sobre Bilbao, que el caso, a partir de ese momento, era el caso de todos los que la organización había enterrado.
Y que no iba a parar.
No iba a parar aunque la amenazaran.
No iba a parar aunque le dijeran que iba a enterrarse como el del 2016.
No iba a parar aunque el informe fuera limpio y la muerte fuera natural y el protocolo no mostrara fallos.
Iba a seguir.
Seguir buscando.
Seguir desenterrando.
Seguir contando la historia entera.
La de Ane.
La de Koldo.
La del 2016.
La de Mokorreta.
La de la empresa.
La de la fila de arriba.
La historia que, si se contaba entera, iba a romper el mecanismo del miedo para siempre.
Irati apagó la luz de la cocina, con la lluvia fina golpeando las ventanas y la noche cerrada sobre Bilbao, y se acostó con la libreta abierta y el teléfono bajo la almohada, con la certeza de que, por primera vez en años, no iba a dormir sola.
No en el sentido que la gente le daba a esa frase.
En el sentido de saber que, al otro lado de la ciudad, había alguien que iba a bajar con ella al puerto, a la madrugada, al circuito de los manifiestos, al segundo contenedor.
Y que, si el puerto la esperaba con lo que creía que escondía, no iba a estar sola para verlo.
La ría subía, con la lluvia fina golpeando las ventanas y la noche cerrada sobre Bilbao, y Irati se quedó un momento en la oscuridad, con la sal de Punta Galea aún en los labios y la certeza de que, a partir de la madrugada siguiente, el caso de Ane Arrieta iba a dar un paso más.
El paso del hilo.
El paso del puerto.
El paso que, pensó Irati, con la ría subiendo y la marea entrando en Bilbao, iba a decidir si la historia se contaba entera o se perdía en el silencio.
Y la sal, la del mar, la de la costa, la que conserva lo que el mar no se lleva, iba a estar allí, en el puerto, esperando.
Esperando a que la inspectora que preguntaba la encontrara.
Esperando a que la desenterrara.
Esperando a que la contara.