Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 7 — OSAKIDETZA
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Capítulo 7 — OSAKIDETZA

Irati Sarasola

I. El sabotaje

El miércoles a las once de la mañana, Irati estaba en el pasillo de la segunda planta del Hospital de Basurto cuando oyó el bip.

No era un bip cualquiera: era el bip de una máquina de infusión que avisaba de que algo no iba bien, un sonido agudo y repetido que se oía desde el fondo del pasillo, junto a la sala de cuidados intermedios.

Irati lo conocía de las horas que había pasado en la planta con su madre, y el sonido le entró en los huesos antes de que pudiera pensar.

Se volvió hacia la sala, y vio a una enfermera correr hacia la cama del fondo, con la bata abierta y el pulsador en la mano.

Detrás de la enfermera, un médico salía del box contiguo con las manos enguantadas y la cara blanca, y una segunda enfermera empezaba a pulsar el botón de alarma de la pared mientras corría.

Irati se acercó a la puerta de la sala de cuidados intermedios y se quedó en el umbral, sin entrar, con la mano en el marco de la puerta.

La cama del fondo estaba ocupada por un hombre mayor, con el pelo blanco y la piel cetrina, conectado a un respirador que no se veía alterado, pero con el brazo izquierdo en una posición extraña, torcido sobre el colchón, y la vía de la infusión colocada de manera que el gotero no se movía.

La enfermera llegó a la cama antes que nadie, miró la máquina de infusión un momento, con los ojos yendo del gotero al brazo del paciente y del brazo a la pantalla de la máquina, y luego dijo, con una voz que intentaba mantener la calma pero que llevaba el horror por dentro:

—La bomba está administrando el doble de la dosis. —Miró al médico, que había llegado a su lado—. La vía está bien, pero la bomba marca el doble. El programa de la infusión ha cambiado.

El médico miró la pantalla de la máquina, con las manos enguantadas y la cara que se le iba poniendo más blanca, y luego pulsó el botón de parada, sacó la vía y empezó a comprobar al paciente con las manos, con la prisa de los que saben que cada segundo cuenta.

—¿Qué fármaco lleva? —preguntó.

—Propofol y analgesia —dijo la enfermera—. En perfusión continua. Lleva desde las seis de la mañana. —Miró la bomba—. Si la dosis se ha duplicado a las seis, lleva cinco horas con el doble de la dosis.

El médico no contestó. Estaba comprobando la tensión del paciente, la saturación, las pupilas, con las manos que se movían con la precisión de los que han hecho ese gesto mil veces y saben lo que buscan.

Irati se quedó en el umbral, con el bip de la máquina aún sonando en algún lugar de la sala y la certeza, la que le subía desde el pecho, de que acababa de ver algo que no debía existir.

Una bomba de infusión que administraba el doble de la dosis.

Un programa que había cambiado.

Un paciente que llevaba cinco horas recibiendo el doble de la medicación.

Y una red, la de Osakidetza, que seguía en el suelo, con las pantallas caídas y la gente trabajando en papel, y con los sistemas que quedaban en pie, los críticos, los que salvaban vidas a diario, vulnerables a algo más que a un cifrado de teatro.

La enfermera salió de la sala al pasillo, con las manos temblorosas, y se apoyó en la pared junto a la puerta.

Era una mujer de unos cuarenta años, con el pelo oscuro recogido y la cara de las que llevan toda la vida trabajando de noche y de día, y tenía los ojos brillantes de quien acaba de ver a un paciente a punto de morir.

—Lo he visto —dijo, con una voz que no era para nadie—. El programa de la bomba. Cambiaba la dosis en la pantalla, delante de mí. —Miró a Irati, como si acabara de darse cuenta de que había alguien más—. Usted es la inspectora. La del contenedor.

Irati asintió.

—¿Cómo lo sabe?

—El hospital entero lo sabe —dijo la enfermera—.

Las enfermeras del turno de noche, las de Basurto, las de todo el servicio, sabemos quién es usted desde que llegó.

Es la que investiga a la mujer de la Oficina Técnica.

La que vigilaba la red. —Hizo una pausa—.

Y ahora, esto. La bomba. El programa que cambia solo.

—La miró con unos ojos que ya no eran de sorpresa, sino de algo más—.

No es casualidad, ¿verdad? Primero la red, luego la mujer, y ahora esto. Todo es lo mismo.

Irati se quedó un momento en silencio, con el bip de la máquina aún sonando al fondo y la frase de la enfermera girándole en la cabeza.

—¿Qué paciente es? —preguntó.

La enfermera miró hacia la sala, con la puerta abierta.

—Se llama Andoni —dijo—. Andoni Zubiaurre.

Un hombre de sesenta y dos años, del interior, de un pueblo del valle.

Lleva tres días ingresado, con una insuficiencia respiratoria que no terminaba de explicarse.

—Hizo una pausa—. Y hay una cosa que no le he dicho a nadie todavía, inspectora.

Cuando lo ingresaron, hace tres días, trajo un papel en el bolsillo del abrigo: un informe de la unidad de urgencias de su centro de salud, de hace tres semanas.

Decía que había estado expuesto a algo, a un tóxico, durante un trabajo de su huerta, cerca del vertedero viejo.

—Miró a Irati—. Del vertedero de Mokorreta.

Irati sintió el frío subirle por la nuca, despacio, como sube la marea.

Mokorreta.

El mismo nombre que había oído en la ventanilla única del puerto, en la boca de Eneko Beitia en la linde del agujero, en la boca del viejo de la taberna de Zierbena, en la boca de Leire en la sala de crisis de Cyberzaintza.

El vertedero donde se perdían las cosas.

El vertedero donde había trabajado Koldo Ugarte.

El vertedero donde, según el viejo, los que preguntaban desaparecían.

Y ahora, en un hospital de Bilbao, un hombre que había estado expuesto a algo cerca de Mokorreta, tres semanas antes, ingresado con una insuficiencia respiratoria que no terminaba de explicarse, conectado a una bomba de infusión que administraba el doble de la dosis.

—Ese hombre —dijo Irati, con una voz que sonó más baja de lo que esperaba—. ¿Ha dicho que estuvo expuesto a algo?

—Sí —dijo la enfermera—. Pero la unidad de urgencias de su centro de salud no le hizo caso.

Lo trataron de una bronquitis, le dieron antibióticos y lo mandaron a casa.

La exposición al tóxico, la del informe, no la investigó nadie.

—Hizo una pausa—. Cuando llegó aquí, hace tres días, con la insuficiencia respiratoria, me enseñó el papel del centro de salud.

Dijo que llevaba tres semanas sin dormir, pensando en lo que había respirado.

Y dijo una frase que no se me olvida: «Lo que respiran los de la huerta no sale en los análisis.

Pero sale en las manos de quien lo busca. »

Irati se quedó un momento en silencio, con la frase girándole en la cabeza y la certeza de que el caso, por fin, acababa de cruzar una línea.

No era un ciberataque.

No era un homicidio.

Era una cadena: el vertedero, la exposición, la mujer que lo había descubierto, la red que se había caído, y ahora, el hombre que llevaba el informe en el bolsillo, casi muerto por una bomba de infusión manipulada.

El caso no era un caso.

Era una guerra contra los que miraban.

Y la guerra acababa de llegar a la cama de un paciente de sesenta y dos años que había tenido la mala idea de respirar cerca de Mokorreta.

Irati sacó el móvil, marcó el número de Leire y esperó a que contestara con el bip de la máquina aún sonando al fondo del pasillo.

—Leire —dijo, con una voz que no era un plan sino una certeza—.

Tengo un paciente en Basurto al que le han manipulado la bomba de infusión.

Un paciente que estuvo expuesto a un tóxico cerca de Mokorreta hace tres semanas.

—Hizo una pausa—. Quiero que mire el programa de esa bomba, los registros, las copias, todo.

Y quiero saber si la manipulación tiene firma digital interna.

—¿Firma digital interna? —repitió Leire.

—La de alguien que trabaja en la red clínica —dijo Irati—.

La de alguien que sabe entrar en una bomba de infusión sin que nadie lo vea.

—Miró hacia la sala, donde el médico seguía con el paciente, con las manos enguantadas y la prisa de los que salvan vidas—.

La de alguien que sabe que, en un hospital donde la red está caída y todo va en papel, la última cosa que va a mirar la gente es una bomba de infusión conectada a un paciente que nadie quería que hablara.

II. La notificación

A las dos de la tarde, Irati estaba en la comisaría de Bilbao, en el despacho de Patxi, con la puerta cerrada y el expediente del hospital abierto sobre la mesa.

El paciente había sobrevivido. Andoni Zubiaurre seguía ingresado, con la dosis corregida y la tensión estabilizándose, pero el parte médico era claro: si la manipulación hubiera durado dos horas más, el fallo orgánico habría sido irreversible.

La enfermera había declarado, el médico había declarado, y la bomba de infusión, precintada, esperaba el análisis forense en el laboratorio.

Pero Irati no estaba mirando el parte médico. Estaba mirando otra cosa: la notificación que la dirección del hospital había presentado, a las diez de la mañana, ante la Agencia Vasca de Protección de Datos, por el incidente de la red de Osakidetza.

—¿Has visto esto? —dijo Irati, pasándole a Patxi la copia de la notificación.

Patxi la leyó un momento, con las gafas bajadas en la nariz, y luego levantó la vista.

—La notificación del hospital —dijo—. La del incidente de la red.

La presentan dentro del plazo de setenta y dos horas que exige el RGPD, cuando se detecta una brecha de datos personales.

—Hizo una pausa—. Es obligatorio notificar a la autoridad de protección de datos en cuanto se detecta una brecha.

No cuando se confirma: en cuanto se detecta.

Irati asintió.