Capítulo 6 — FALSE FLAG #6
Irati se quedó un momento en silencio, con el zumbido de los servidores y la pantalla de Leire mostrando la conexión activa, y la certeza, la que le subía desde el pecho, de que el caso acababa de cambiar de forma otra vez.
El enemigo no estaba fuera.
El enemigo estaba dentro.
Dentro de la red. Dentro del sistema. Dentro de los hospitales donde trabajaba la gente que vigilaba la red.
Dentro, quizá, de la misma Oficina Técnica donde había trabajado Ane Arrieta.
—¿Puedes rastrear la terminal? —preguntó Irati—. ¿Saber exactamente en qué edificio, en qué planta, en qué ordenador se está usando esa cuenta?
Leire se volvió hacia el terminal, con los dedos moviéndose sobre el teclado, y durante un momento no dijo nada. Cuando habló, su voz sonaba como la del que acaba de cruzar una línea que no debería haber cruzado.
—La terminal está en el Hospital de Basurto —dijo—.
En el departamento de sistemas de información.
En la planta de administración. —Hizo una pausa—.
La cuenta está conectada, Irati. El topo está ahora mismo en Basurto, en el departamento de sistemas, con la cuenta abierta.
—Miró a Irati—. Y si quiere saber quién es, tiene que ir a mirarlo antes de que cierre la sesión.
Irati se quedó un momento en silencio, con el zumbido de los servidores y la certeza, la que le subía desde el pecho, de que la marea acababa de subir de golpe.
—Leire —dijo, con una voz que no era un plan sino una certeza—. No cierres la sesión. No toques nada. —Se volvió hacia la puerta—. Voy a ir a Basurto.
—¿Sola? —preguntó Jules, desde la puerta, con una voz que no era una pregunta.
—Con usted —dijo Irati—. Si quiere venir.
Jules asintió, con la chaqueta ya en la mano, y los dos salieron a la noche de Vitoria con el zumbido de los servidores a sus espaldas, con la certeza de que el topo estaba dentro, y con la sensación, la que les subía a ambos desde el pecho, de que la marea, la falsa, la que alguien había levantado con las manos, acababa de encontrar su primera orilla.
En Basurto.
En el departamento de sistemas.
En el mismo hospital donde trabajaba la gente que vigilaba la red, y donde una mujer había sido borrada de la red y del mundo el mismo día en que descubrió la puerta.
La puerta del sótano.
La puerta de Mokorreta.
La puerta que, cuando se abriera del todo, iba a dejar entrar la marea.
En el coche, de vuelta hacia la autopista, Irati llamó a Patxi.
El jefe contestó a la segunda, con la voz ronca de los que llevan días sin dormir bien, y Irati le contó, en pocas palabras, lo que Leire había encontrado: la cuenta de administración activa, la terminal de Basurto, el topo dentro de la red.
Patxi se quedó un momento en silencio al otro lado de la línea. Cuando habló, su voz era la de un hombre que sabe lo que va a pasar si no se hace bien.
—Una cuenta de administración con años de antigüedad, activa, en un hospital.
—dijo—. Eso no lo pillas con una redada, Irati.
Eso lo pillas con la autorización judicial, con el registro en el departamento de sistemas, con la gente de informática forense mirando el disco duro de la terminal antes de que nadie toque nada.
—Hizo una pausa—. Y eso, con la política metida por medio, no lo vamos a tener esta noche.
—Lo sé —dijo Irati—. Pero la sesión está abierta ahora mismo. Si no la aseguramos ahora, se cierra, y se lleva la prueba con ella.
—Entonces —dijo Patxi—, la aseguramos sin que se note.
Vas a Basurto, con el agente Harlow, y miráis.
Sin registro, sin preguntas, sin que nadie sepa que estáis allí.
Míralo con los ojos, no con las manos. —Hizo una pausa—.
Y si el topo está dentro, si de verdad está sentado delante de esa terminal, lo que veas esta noche te va a decir quién es.
—Otra pausa—. Pero no lo toques, Irati. Aún no.
Cuando toquemos, vamos a tocar de verdad, con la orden en la mano y con la certeza de que no se nos escapa.
Irati se quedó un momento en silencio, con el coche corriendo por la autopista y las luces de la ciudad a lo lejos.
—Lo entiendo —dijo.
—Sé que lo entiendes —dijo Patxi—. Es por eso que te lo digo. —Hizo una pausa—. Cuida de la madre. Y cuida de ti. Los casos como este, Irati, se ganan con paciencia, no con prisa. La prisa es lo que deja las huellas.
Irati colgó, con la frase girándole en la cabeza, y miró a Jules, que conducía en silencio, con las luces de la ciudad reflejándose en el parabrisas.
—Vamos a mirar sin tocar —dijo Irati.
—¿Y si el topo está sentado delante de la terminal? —preguntó Jules.
—Entonces —dijo Irati—, vamos a mirar quién es. Y vamos a dejar que siga mirando, sin que sepa que lo hemos visto. —Hizo una pausa—. Porque si sabe que lo hemos visto, cierra la puerta, y la puerta, esta vez, no se va a volver a abrir.
Jules asintió, con las manos firmes sobre el volante, y los dos siguieron hacia Basurto con la noche de Vitoria a sus espaldas y la certeza, la que les subía a ambos desde el pecho, de que la marea, la falsa, la que alguien había levantado con las manos, acababa de encontrar su primera orilla.
Y de que en esa orilla, sentado delante de una terminal, había alguien mirando la misma pantalla que ellos.
El enemigo.
Dentro.