Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 6 — FALSE FLAG #4
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Capítulo 6 — FALSE FLAG #4

La especialista se volvió hacia la pantalla, donde había dejado el análisis del código en curso.

—No lo sé todavía —dijo—. Los certificados digitales dan acceso a sistemas muy distintos: a la administración tributaria, a la seguridad social, a los registros civiles, a las redes de salud.

—Hizo una pausa—. Pero hay una pista. La encriptación de la segunda capa usa un algoritmo que es el estándar del sistema de historia clínica electrónica de Osakidetza.

—Miró a Irati—. No puedo asegurarlo, pero por la estructura del código, diría que la segunda capa abre un sistema de la red de salud. Quizá el mismo que Ane vigilaba.

Irati sintió el frío bajarle por la columna.

—¿Ane guardó una copia de sus hallazgos dentro del sistema que vigilaba? —preguntó—. ¿Dentro de la propia red de Osakidetza?

—Es lo que parece —dijo la especialista—.

Y si lo hizo, es la única copia que no se pudo borrar: porque está dentro del sistema, en un sitio donde nadie ha mirado, protegida por el mismo sistema que todos miran sin ver.

—Hizo una pausa—. Es una jugada de alguien que conocía el sistema por dentro.

Y que sabía que, en un sistema que se borra, la única forma de guardar algo es esconderlo en el sitio donde nadie mira.

Irati se quedó un momento en silencio, con la frase girándole en la cabeza y la certeza, la que le subía desde el pecho, de que Ane Arrieta no solo había descubierto la puerta.

Había construido la llave.

Y había escondido la llave en el único sitio donde los que borraban no iban a mirar: en el corazón del sistema que vigilaba.

Salió del laboratorio con la copia del código del club en la mano, con la nota de Ane en la carpeta del caso, y con la certeza de que el camino de la mujer del contenedor tenía dos ramas, y que las dos, tarde o temprano, iban a confluir en el mismo sitio.

En el monte.

En el sistema.

En la puerta que llevaba diez años abierta.

Lo que Ane había descubierto, y lo que había hecho con ello, era más de lo que parecía.

No había escrito un informe. Había construido una defensa.

Había visto, durante años, cómo los datos de los pacientes se abrían a las tres de la madrugada, cómo las alertas se silenciaban, cómo los informes se archivan en el limbo de los documentos que nadie lee.

Y había aprendido que, en un sistema donde la verdad no se impone sola, la única forma de que algo se moviera era que alguien lo moviera con las manos.

Así que lo movió. En silencio, durante semanas, en las noches en que el piso del Casco Viejo se quedaba en calma y el ordenador de la mesa de la cocina encendía la pantalla.

Guardó lo que encontró donde no pudieran borrarlo: en dos capas, en dos formatos, en dos sitios distintos.

Una para el monte, donde la gente la conocía, donde el club le había enseñado a leer el terreno.

Otra para el sistema, donde había pasado años vigilando la red y sabía exactamente quién podía abrirla.

No dejó un mensaje. Dejó un camino.

Y cuando llegó el día en que la puerta se cerró con tres disparos, Ane sabía que el camino no se cerraba con ella.

Porque lo que se entierra, no se pierde.

Espera.

IV. La herida en la red

A las cinco de la tarde, Jules condujo hacia el centro de procesamiento de datos de EJIE, en el polígono industrial de Vitoria, con Irati en el asiento del copiloto y la nota de Ane, en una copia de alta resolución, sobre la guantera.

No sabía por qué había pedido acompañarla.

Sabía, en realidad, que no era una excusa profesional: la Legat no necesitaba ver el CPD de la empresa informática pública vasca, y su orden de «observar y reportar» no incluía recorridos por servidores.

Pero había pasado la mañana entera leyendo el expediente de Cambio Healthcare, con los datos de los pacientes oncológicos abriéndose a las tres de la madrugada, y la idea de ver el corazón del sistema vasco, el que había aguantado la manipulación, le parecía la única forma de entender de verdad lo que estaba mirando.

Irati no había puesto pegas. Le había mirado un momento, con esa mirada que tenía de leer a la gente como leía los informes, y había dicho «venga», sin más.

El CPD de EJIE era un edificio bajo y ancho, de hormigón, sin ventanas, rodeado de una valla doble con sensores y cámaras.

Dentro, después de los controles de acceso y las esclusas de seguridad, el frío bajaba de golpe, y el aire olía a metal y a electricidad, al olor de los sitios donde la información se guarda como se guarda el grano en un silo.

Un técnico de EJIE, un hombre joven con el pelo corto y las gafas de seguridad en la frente, los acompañó por el pasillo de servidores, con los racks alineados como estanterías de una biblioteca infinita, con los LEDs parpadeando en verde y rojo y el zumbido constante de los ventiladores que refrigeraban el corazón del sistema.

—Esto es Osabide —dijo el técnico, deteniéndose delante de uno de los racks centrales, el más grande, con los servidores apilados hasta el techo—.

El sistema de historia clínica electrónica de Osakidetza.

El primero de España, desde 2007. Conecta los veintiún hospitales y los más de trescientos centros de salud del País Vasco.

—Señaló el rack—. Cuando se implantó, en el hospital de Galdakao, el error de medicación bajó un sesenta y siete por ciento.

Es de los sistemas que salvan vidas a diario, sin que nadie lo vea, como pasa con las cosas que funcionan bien.

Irati se acercó al rack, con el frío de los servidores metiéndose en los huesos y el zumbido constante en los oídos. El técnico abrió una pantalla lateral, donde se veía el estado del sistema: en verde, con una línea estable que recorría las últimas horas.

—Lo que le hicieron no fue tumbarlo —dijo el técnico, con una mezcla de orgullo y de rabia en la voz—.

Si lo hubieran tumbado, lo habríamos arreglado en horas: hay protocolos para eso, copias, redundancias, el sistema está preparado para resistir un apagón.

Lo que le hicieron fue más sutil: tocaron la capa de presentación, la que ve la gente, la que alimenta las pantallas de los médicos y los informes de la prensa.

—Hizo una pausa—. El sistema aguantó. La integridad de Osabide se mantuvo.

Los datos de los pacientes están intactos, en las copias, en los servidores, en el corazón del sistema.

Lo que se tocó fue la forma de mostrarlos, la lente, la capa de cristal por la que se veía el sistema.

Y eso, técnicamente, es una herida: pero no una herida de muerte. Es una herida de imagen.

—¿Y eso qué significa? —preguntó Jules.

—Que el sistema no murió —dijo el técnico—.

Lo que murió, o lo que se intentó matar, es la confianza.

—Miró a Jules—. Mire, los sistemas como Osabide no son solo máquinas: son la relación entre la gente y su sanidad.

Cuando un sistema de estos funciona, nadie lo ve: la gente va al médico, le miran el historial, le dan la receta, y no piensa en la máquina que lo ha hecho posible.

Cuando falla, todo el mundo lo ve. Y cuando alguien le dice a la gente que el sistema ha caído, que las listas de espera se han disparado, que los historiales se han perdido, la gente deja de confiar.

—Señaló el rack—. Eso es lo que han atacado, inspectora, agente.

No los datos. La confianza. Y la confianza, cuando se pierde, cuesta mucho más que un sistema recuperar.

Irati se quedó un momento en silencio, con el frío de los servidores y el zumbido del CPD alrededor, y pensó en lo que había visto esa mañana en el hospital de Basurto: la enfermera mayor escribiendo el parte a mano, el auzolan sanitario, la gente cuidándose entre sí sin pantallas.

La confianza, en el fondo, no estaba en las máquinas: estaba en la gente.

Pero la gente, cuando las máquinas fallan y los titulares dicen que el sistema se cae, empieza a dudar de las dos cosas.

—¿Y qué se puede hacer? —preguntó Irati.

—Lo que están haciendo ustedes —dijo el técnico—.

Buscar a los que lo hicieron, demostrar que fue un ataque, y contarlo.

Porque la única forma de recuperar la confianza es que la verdad se sepa.

—Hizo una pausa—. Lo demás, lo de restaurar los sistemas, lo haremos nosotros.

Pero la verdad, esa no la podemos restaurar nosotros: esa la tienen que encontrar ustedes.

Irati miró el rack un momento más, con los LEDs parpadeando y el frío subiéndole por los brazos, y pensó en la sal, en el símbolo que su madre le había enseñado a usar en la cocina del caserío, en la sal que conserva lo que el mar no se lleva.

El sistema de Osabide era como la sal: conservaba los datos, los protegía, los mantenía intactos bajo el agua de la marea.

Y la confianza, la que se había atacado, era el agua: la que sube, la que arrastra, la que borra las huellas.

Pero la sal no se la llevaba el agua.

Y la verdad, tarde o temprano, salía a flote.

El técnico los acompañó por el resto del pasillo de servidores, explicando con una calma profesional lo que cada rack contenía: la historia clínica de los veintiún hospitales, los historiales de los más de trescientos centros de salud, las citas, las recetas, las listas de espera, las urgencias, los quirófanos.

Mientras hablaba, Irati fue viendo, en la forma de mirar los servidores, el mismo orgullo que había visto en la enfermera mayor de Basurto escribiendo el parte a mano: el orgullo de los que cuidan lo público, de los que sostienen el sistema con las manos cuando todo lo demás se cae.

—El auzolan —dijo Irati, sin darse cuenta de que lo decía en voz alta.

El técnico se volvió, con una sonrisa breve.

—¿Sabe lo que es? —preguntó.

—Lo he vivido —dijo Irati—. En el monte. En el barrio. En el hospital, esta mañana, cuando la red se cayó y la gente se organizó sin pantallas. —Hizo una pausa—. Trabajar todos para todos.