Capítulo 6 — FALSE FLAG #3
Jules miró la pantalla un momento más, con el expediente de Cambio Healthcare abierto y la ría gris al fondo, y pensó en la mujer del contenedor, en la que había detectado el patrón de las tres de la madrugada, en la que había escrito un informe que nadie leyó, en la que había sido borrada de la red y del mundo el mismo día.
—Necesito ver ese expediente —dijo Jules—. El del caso de la mujer.
—No puedo pasártelo —dijo el analista—. Es competencia local.
Pero puedo decirte una cosa. —Hizo una pausa—.
En Cambio Healthcare, los que montaron la operación no eran novatos.
Eran profesionales con acceso a información privilegiada, con contactos dentro del sistema, con años de preparación.
Y cuando el caso se cerró, se cerró de golpe, sin testigos, sin pistas, sin culpables.
Como si alguien, desde arriba, hubiera echado tierra.
—Otra pausa—. Lo que estás viendo en Bilbao, Harlow, no es un caso nuevo.
Es el mismo caso, con otra piel. Y si yo estuviera en tu lugar, no lo miraría como un agente de la Legat.
Lo miraría como el hombre que no pudo demostrar nada en Nueva York y que lleva años queriendo hacerlo.
Jules se quedó un momento en silencio, con el teléfono en la mano y la frase girándole en la cabeza.
—Gracias —dijo—. Te debo una.
—Me la debes desde Nueva York —dijo el analista—. Y esta no la apuntes: es gratis.
La línea se cortó. Jules se quedó un momento en silencio, con la ría gris al fondo y la certeza, la que le subía desde el pecho, de que el caso de Bilbao era el mismo caso que lo había perseguido desde Nueva York, y de que esta vez, a diferencia de la última, no iba a mirar desde fuera.
Esta vez iba a mirar desde dentro.
Junto a la mujer que leía el agua desde el otro lado.
Antes de salir de la oficina, se detuvo un momento junto a la ventana, con la ría gris al fondo, y pensó en el Legat.
El Legat no le había dado una misión de investigación: le había dado una misión de observación.
Observar, reportar, no intervenir. Ese era el mandato de la Legat en Bilbao, un mandato pensado para un país tranquilo, donde lo que llegaba a través del Atlántico eran datos sobre un proyecto de hidrógeno, no sobre una operación de inteligencia contra la sanidad pública.
Pero ahora, con el expediente de Cambio Healthcare abierto en la pantalla y el patrón de Osakidetza encajando pieza a pieza, Jules sabía que el mandato de observación no le servía.
No se puede observar una operación de inteligencia y reportarla a Washington sin intervenir: la información, para ser útil, tiene que moverse, y moverse significa compartirla con los que están dentro. Con Irati.
Se quedó un momento en silencio, pensando en las consecuencias.
La Legat no iba a aprobar que compartiera el expediente de Cambio Healthcare con la policía local.
La Legat no iba a aprobar que pasara la noche en un CPD de EJIE mirando servidores con una inspectora de Homicidios.
La Legat, si se enteraba, lo iba a repatriar a Washington con una mancha en el expediente y una advertencia de no volver a meter las manos donde no le correspondía.
Y sin embargo, pensó Jules, el expediente de Daniel Reyes pesaba más que el de la Legat.
Daniel Reyes, el testigo protegido, el hombre que iba a contar lo que se llevaba el modelo Change Healthcare cuando nadie miraba, muerto en un cruce de Nueva York, con el coche explotando en llamas y él dentro, muerto porque alguien dentro del sistema había filtrado su paradero.
Jules había llegado tarde esa noche. Llegó tarde por cinco minutos, por dos calles, por una decisión que no tomó.
Y llevaba años pensando que los cinco minutos que no pudo recuperar eran los que separaban a Daniel Reyes de la vida.
Esta vez, pensó Jules, no iba a llegar tarde.
Esta vez, el testigo era una mujer llamada Ane Arrieta, y ya estaba muerta.
Pero había dejado un camino. Y Jules, que sabía leer los patrones como Irati sabía leer el agua, iba a seguir ese camino hasta donde lo llevara, con o sin la aprobación de la Legat.
Cerró el ordenador, se puso la chaqueta y salió del despacho con la ría gris a sus espaldas y la certeza de que acababa de cruzar una línea de la que no había vuelta atrás.
El mandato de observación había muerto en el CPD de EJIE.
Y en su lugar, había nacido otra cosa: la de alguien que no piensa fallar dos veces.
III. La nota cifrada
A las dos de la tarde, Irati estaba en el laboratorio de la comisaría, con la nota que habían encontrado en el piso de Ane Arrieta delante, sobre la mesa de acero inoxidable, y la especialista en informática forense al lado, con los guantes puestos y la pantalla portátil encendida.
La nota era la que Nerea, la compañera de Ane, les había entregado dos días antes: una hoja de papel con una letra pequeña y precisa, una frase que Irati ya conocía de memoria. «No dejé un mensaje. Dejé un camino.»
No era un mensaje de suicidio. Irati lo había sabido desde el principio, cuando la leyó por primera vez, con el olor a café y a calma del piso del Casco Viejo alrededor. Pero ahora, con la especialista forense y la pantalla portátil delante, tenía la oportunidad de demostrarlo.
—La nota tiene una particularidad —dijo la especialista, una mujer de mediana edad con el pelo gris recogido y las manos que se movían con la precisión de los que trabajan con pruebas—.
No es solo papel. Hay un código QR impreso en el margen inferior, en tinta casi invisible, del tipo que se usa para la marca de agua.
No se ve a simple vista: hace falta una luz especial.
Irati se inclinó sobre la hoja, donde la especialista había colocado una linterna de luz ultravioleta. Y allí, en el margen inferior derecho, apareció un patrón de cuadrados negros y blancos, pequeño, casi perfecto, como una firma.
—¿Qué contiene? —preguntó Irati.
—No lo sé todavía —dijo la especialista—.
Los códigos QR normales se leen con el móvil.
Este no: este está cifrado. Tiene una capa de encriptación que no se puede abrir con las herramientas estándar.
—Señaló la pantalla—. He probado con los decodificadores habituales y no sale nada: solo un error de formato.
Es como si el código contuviera otra cosa dentro, algo que solo se puede abrir con la clave correcta.
Irati miró la nota un momento, con la luz ultravioleta aún encendida y la letra pequeña de Ane flotando en la hoja.
—¿Y quién puede tener esa clave?
—Eso es lo que he estado buscando —dijo la especialista—.
Los códigos QR cifrados se usan sobre todo en sistemas de transporte y en aplicaciones de montaña.
Son los que se imprimen en las tarjetas de los refugios, los que se usan para registrar las ascensiones, los que guardan la información de un recorrido.
—Hizo una pausa—. Si Ane usaba uno, es probable que usara la aplicación de su club de montaña.
Irati sintió el golpe en el pecho, pequeño pero presente.
—El club —dijo—. Aitzulo.
—¿Lo conoce?
—Me han hablado de él —dijo Irati—. El club de montaña donde Ane hacía las ascensiones. El que fundó Pello Elorriaga. —Miró a la especialista—. ¿Puede abrirse con la aplicación del club?
—Eso es lo que tengo que probar —dijo la especialista—.
Pero necesito saber el nombre del club y la aplicación exacta.
—Hizo una pausa—. Y hay otra cosa. El código QR no está solo: hay una segunda capa, en el otro margen, que he detectado con una longitud de onda distinta.
Es más pequeña, más densa, y está encriptada con un algoritmo más fuerte.
—Miró a Irati—. Ane no dejó una clave. Dejó dos.
La primera, la que se puede abrir con la aplicación del club, es probablemente la ruta de su última ascensión.
La segunda, la que necesita más que una aplicación, es otra cosa. Y no sé qué es.
Irati se quedó un momento en silencio, con la luz ultravioleta encendida y la nota de Ane flotando en la hoja, y pensó en lo que le había contado la vecina del Casco Viejo, en lo que le había contado el viejo de la taberna del puerto, en la nota de Koldo en el escritorio del piso, en la frase que decía que lo que se entierra no se pierde: espera.
—¿Puede sacarme una copia de alta resolución del código? —preguntó—. La primera capa, la del club, la voy a llevar a que la abran donde se abren las cosas del monte.
La especialista asintió, se volvió hacia la pantalla y empezó a trabajar, y Irati se quedó un momento con la nota de Ane delante, con la luz ultravioleta encendida y la certeza de que la mujer del contenedor no había dejado un mensaje de suicidio.
Había dejado un camino.
Y el camino empezaba en el monte.
Antes de salir del laboratorio, Irati se detuvo un momento en la puerta.
—¿Y la segunda capa? —preguntó—. La que necesita la clave más fuerte.
La especialista la miró, con la pantalla portátil encendida y los guantes puestos.
—Esa —dijo— no se abre con ninguna aplicación de montaña. Esa se abre con un certificado digital, de los que se usan en los sistemas públicos. —Hizo una pausa—. Si Ane quería que alguien abriera esa capa, quería que ese alguien tuviera acceso a un sistema oficial. No a un monte. A un sistema.
Irati se quedó un momento en silencio, con la frase girándole en la cabeza y la nota de Ane flotando en la hoja, y pensó que la mujer del contenedor había dejado dos caminos.
Uno que subía al monte.
Y otro que entraba en el sistema.
Y que, si ella tenía que elegir por dónde empezar, sabía muy bien cuál era el que la iba a llevar al fondo de la marea.
Cogió la copia de alta resolución del código del club y se guardó el original de la nota en la carpeta del caso, con la sensación de que acababa de tocar algo más pesado de lo que parecía. Antes de salir del laboratorio, se detuvo en la puerta, con la luz ultravioleta aún encendida en la mesa.
—¿Y esa segunda capa —preguntó—, la del certificado digital? ¿A qué sistema público puede dar acceso?