Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 6 — FALSE FLAG
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Capítulo 6 — FALSE FLAG

Irati Sarasola / Jules Harlow

I. El desmontaje

A las ocho de la mañana del martes, la sala de crisis de Cyberzaintza había dejado de ser una sala de crisis para convertirse en una oficina de investigación.

Irati encontró a Leire sentada en el mismo sitio que la tarde anterior, con la misma taza de café muerta sobre la mesa y los mismos ojos rojos, pero con algo distinto en la mirada: una energía contenida, de las que se acumulan en las personas que han pasado la noche haciendo algo que saben importante.

—He estado toda la noche mirando —dijo Leire, sin levantarse—. Y tengo noticias buenas y noticias malas. —Señaló la silla frente al terminal—. Siéntate.

Irati se sentó. Leire abrió en la pantalla una vista de los indicadores de la red de Osakidetza, con las gráficas de las listas de espera de los últimos tres años.

—Lo primero —dijo Leire—. La noticia buena.

El colapso que está contando la prensa, el que va a salir en los informativos de mediodía, el que dice que las listas de espera se han disparado un cincuenta por ciento en una noche, es mentira.

—Señaló la gráfica—. Mire. Los indicadores reales de las listas de espera, los que se usan para la gestión interna, están ahí: estables, sin cambios, con la tendencia de los últimos meses.

Los que se están mostrando a la prensa, los que han salido en las ruedas de prensa, son otra cosa.

—Hizo una pausa—. Alguien los ha inflado en la pantalla.

No en los datos: en la presentación. Los datos siguen ahí, intactos.

Lo que se ha tocado es la forma de mostrarlos, la capa de visualización, la que ve la gente que no mira los datos sino las pantallas.

Irati miró la gráfica un momento, con el zumbido de los servidores alrededor.

—¿Y cómo lo ha hecho? —preguntó.

—Con una manipulación selectiva —dijo Leire—.

No ha tocado la base de datos: ha tocado la capa que se conecta a ella y la presenta.

Es como si alguien hubiera cambiado la lente de una cámara sin tocar lo que graba.

La realidad sigue ahí, pero lo que se ve es otra cosa.

—Miró a Irati—. Esto no es un ransomware.

Esto es una operación de inteligencia. Quien ha hecho esto sabe distinguir entre la base de datos y la capa de presentación, sabe que los medios de comunicación solo van a ver la capa de presentación, y sabe que los técnicos van a tardar días en llegar a la base de datos.

—Hizo una pausa—. El objetivo no era robar datos, Irati.

El objetivo era que el mundo viera un colapso que no existe.

Irati se quedó un momento en silencio, con las palabras de Leire girándole en la cabeza y la gráfica de la pantalla mostrando la línea estable de las listas de espera reales.

—¿Y la noticia mala? —preguntó.

Leire cambió de pantalla. Abrió otra vista, esta vez una de auditoría, con un listado de eventos que alguien había ido marcando en rojo.

—La noticia mala es que han borrado a Ane —dijo Leire, con una voz más baja—.

No la han borrado del mundo, claro: no se puede borrar a una persona.

Pero han borrado su huella de la red. —Señaló la pantalla—.

He estado buscando su segundo informe, el del patrón de accesos, el que subió al sistema de auditoría con copia a la Unidad de Protección de Datos.

El que me dijo usted que existía. El que yo misma vi ayer en el sistema.

—Hizo una pausa—. Ya no está. No está en el sistema de auditoría, no está en la copia de Protección de Datos, no está en ningún sitio.

Ha desaparecido de la red como si nunca hubiera existido.

Irati sintió el frío bajarle por la columna.

—¿Cómo puede desaparecer una copia de Protección de Datos?

—Porque la borraron antes de que se hiciera —dijo Leire—.

He mirado los logs de entrada del sistema.

El segundo informe de Ane se subió a las seis y veinte de la tarde del martes, hace tres semanas.

A las seis y cuarenta y cinco, veinticinco minutos después, una cuenta de administración lo borró del sistema de auditoría.

A las siete y diez, otra cuenta, la misma, borró la copia de Protección de Datos.

Y a las ocho y veinticinco de la misma noche, Ane estaba muerta.

—Miró a Irati—. No es que nadie lo leyera, Irati.

Es que lo borraron. La única prueba de que Ane había detectado la puerta abierta se borró el mismo día en que la mataron.

Irati se quedó un momento en silencio, con el zumbido de los servidores y las fechas girándole en la cabeza como piezas de un tablero que alguien estaba moviendo.

—¿Y las alertas? —preguntó—. Las del patrón de las tres de la madrugada. ¿Las que Ane detectó años atrás?

—También borradas —dijo Leire—. He mirado el histórico del sistema de auditoría de los últimos diez años.

El informe original de Ane, el del primer patrón, el que ella creía archivado en el limbo de los documentos que nadie lee, también ha desaparecido.

Los logs de la cuenta que hacía los accesos anómalos, también.

Las alertas que el sistema debía haber generado, también.

—Hizo una pausa—. Todo lo que pudiera demostrar que alguien estaba entrando en los historiales de oncología a las tres de la madrugada desde hace años, borrado. Limpio. Como si nunca hubiera ocurrido.

—¿Y las copias de seguridad?

—Esa es la pregunta que me he hecho toda la noche —dijo Leire—.

Y la respuesta es la que no me gusta. —Señaló la pantalla—.

Las copias de seguridad de la red de Osakidetza se hacen cada doce horas, en el CPD de EJIE.

Si alguien borró algo de la red principal, debería quedar una copia.

—Hizo una pausa—. He comprobado las copias de los últimos tres años.

Las de antes del borrado, las que deberían contener el informe de Ane, no existen.

Están marcadas en el sistema como «purgadas», con una orden interna de retención de datos, de hace años, que las borraba de forma automática cada trimestre.

—¿Una orden interna?

—Una orden que no debía existir —dijo Leire—.

He mirado quién la firmó. La orden de retención de datos de los historiales de auditoría, la que purgaba las copias cada trimestre, la firmó, hace ocho años, el mismo responsable técnico del sistema que gestionaba la cuenta de servicio que abrió la puerta del sótano.

—Miró a Irati—. No es una casualidad, Irati.

Es un diseño. Alguien, hace ocho años, puso en marcha una orden de retención de datos para que, cuando llegara el momento, no quedara ninguna prueba de lo que se hacía en la red.

Irati sintió el frío subirle por la nuca, despacio, como sube la marea.

—¿Y ese responsable técnico?

—Ha muerto —dijo Leire—. Hace tres años.

Un infarto, según el parte médico. —Hizo una pausa—.

Pero antes de morir, dejó una cuenta de servicio con permisos de administración, una orden de retención de datos que purgaba las copias cada trimestre, y un acceso al sistema de la antigua empresa del vertedero.

—Miró a Irati—. El hombre que sabía dónde estaban todas las puertas, y que se llevó la respuesta a la tumba. O eso parece.

Irati se quedó un momento en silencio, con el ruido de los servidores y las piezas encajando en la cabeza como fichas de un tablero que alguien había estado montando durante años.

—Un infarto —dijo, con una voz que no era una pregunta.

—Un infarto —repitió Leire—. A los cincuenta y ocho años, en su casa, un martes por la noche.

Nadie lo vio. Nadie lo encontró hasta dos días después.

—Hizo una pausa—. Los hombres que saben dónde están todas las puertas no suelen morirse de infartos en martes, Irati.

Pero eso, es cosa de su caso, no del mío.

—La miró—. Aunque si usted me pregunta, los dos casos empiezan a parecerse mucho.

Irati se quedó un momento en silencio, con la frase girándole en la cabeza y la certeza, la que le subía desde el pecho, de que el caso no era un homicidio con un ciberataque de fondo.

Era una operación.

Una operación que había empezado años antes, que había borrado sus huellas a su paso, que había matado a una mujer para que no dijera dónde estaba la puerta, y que ahora, con la red de Osakidetza en el suelo y la prensa contando la historia del colapso, estaba llegando a su momento.

—Leire —dijo Irati—. Ese responsable técnico. ¿Tenía relación con la empresa del vertedero?

Leire se volvió hacia el terminal, con los dedos moviéndose sobre el teclado.

—No he llegado todavía a ese punto —dijo—.

Pero tengo una línea de tiempo que no me gusta.

—Abrió otra vista—. La cuenta de servicio de la empresa del vertedero se creó hace diez años.

La orden de retención de datos se firmó hace ocho.

El responsable técnico murió hace tres. La cuenta de servicio se despertó hace tres semanas.

Y Ane fue borrada y muerta el mismo día, hace tres semanas.

—Miró a Irati—. Hay un hilo que une esas fechas, Irati.

Y no va a ser fácil de seguir, porque alguien ha pasado años borrando las huellas de ese hilo.

—Hizo una pausa—. Pero le voy a decir una cosa: lo que se borra, se borra con prisa. Y la prisa deja huellas.

Irati la miró un momento, con los ojos rojos de Leire y la taza vacía sobre la mesa, y pensó en la frase que le había dicho su padre, que el mar no miente.

—Entonces vamos a seguir las huellas —dijo—. Las de la prisa.

Leire asintió, se volvió hacia el terminal y empezó a teclear, y durante un momento la sala quedó en silencio, con el zumbido de los servidores y el café muerto sobre la mesa.