Capítulo 3 — EL YANQUI #2
Zazpikaleak. Siete Calles. La abuela se lo había recitado mil veces, como una letanía, como un lugar que llevaba en el bolsillo.
Subió a la habitación, dejó la maleta en el suelo y se acercó a la ventana.
Abajo, la ría seguía empujando su agua negra hacia el mar, y al otro lado, en el puente de Deusto, los coches cruzaban con las luces encendidas a las diez de la mañana, porque en Bilbao la luz de febrero no tiene prisa por llegar.
Jules apoyó la frente en el cristal frío y se quedó así un rato, mirando el agua.
Había venido a mirar. Esa era la orden. Y lo último que quería era mirar.
II. El choque
El ertzain-etxea de Bilbao estaba en una calle de oficinas y agencias de viaje, un edificio gris con el escudo de la Ertzaintza sobre la puerta y un vestíbulo que olía a café de máquina, a plástico de archivadores y a lluvia.
Jules entró con el pasaporte en la mano y el traje azul marino recién planchado, y la agente de recepción lo miró como se mira a un turista que se ha equivocado de ciudad.
—Soy Julian Whitfield —dijo, en un castellano con acento—. Especial Agent del FBI, Legat de Madrid. Tengo una reunión con la coordinadora de la SCPJ.
—Espere aquí —dijo la agente, sin levantarse.
Esperó. No lo hizo de pie, con las manos cruzadas delante, como le habían enseñado en Quantico; se sentó en la banqueta de plástico junto a la puerta, con las piernas estiradas, mirando el pasillo por donde aparecerían los responsables, y contó los segundos que tardaba cada funcionario en cruzar.
Cuarenta y siete segundos de silencio entre el momento en que la agente colgó el teléfono y el momento en que apareció por el pasillo una mujer de unos cincuenta años, con el pelo canoso recogido en un moño apretado y una carpeta bajo el brazo.
—Señor Whitfield —dijo la mujer, tendiéndole la mano con una firmeza que no necesitaba demostrar nada—. Teresa Vega, coordinadora de la Sección de Cooperación Policial y Judicial. Bienvenido a Bilbao.
—Gracias —dijo Jules—. Llámeme Jules.
—Jules, entonces. —Lo recorrió con una mirada rápida, profesional, que no se detuvo en el traje sino en la forma en que se había sentado—.
He hablado con Madrid y con la Jefatura.
Su presencia en este caso tiene un encaje formal a través de la SCPJ, que es el cauce que usamos para la cooperación bilateral.
Eso significa que puede acceder al expediente, puede visitar la escena y puede hablar con el equipo de investigación. Con unas condiciones.
—¿Cuáles?
—Que todo lo que vea, lo vea por el canal.
Que sus informes pasen por esta oficina antes de llegar a Madrid.
Y que no pida nada fuera del protocolo, porque aquí el protocolo no es una burocracia: es la única forma de que los dos cuerpos se fíen el uno del otro.
—Teresa Vega sonrió, una sonrisa breve y seca—.
La confianza, en estos casos, se gana despacio. Y se pierde de una sola vez.
Jules asintió. Ese discurso lo había oído en media docena de países, con otros acentos y otras excusas, y siempre significaba lo mismo: usted es el extranjero, no toque nada sin permiso. Lo aceptó como aceptaba esas cosas: con la cabeza y con una dosis de ironía que guardaba para después.
Teresa lo acompañó por el pasillo hasta una sala de reuniones pequeña, con una mesa de formica, una pizarra con medio borrada la palabra «GORBEIA» y una ventana que daba a un patio interior gris. Sobre la mesa, en una carpeta de color azul, estaba el expediente.
—Esto es lo que tenemos hasta ahora —dijo Teresa—. La investigación la lleva la inspectora Irati Sarasola, de la División de Investigación Criminal. Ha pedido hablar con usted antes de la reunión formal.
—Perfecto.
—No lo es —dijo Teresa, y por primera vez su sonrisa se apagó—. La inspectora es la mejor agente de la unidad. También es la más reservada, y no le ha hecho mucha gracia que el FBI quiera meter las narices en un caso que considera suyo. Prepárese para un recibimiento de sal y pimienta.
Jules se guardó la ironía y esperó.
La puerta se abrió sin llamar. Irati Sarasola entró con el paso firme de quien no ha pedido permiso para cruzar una puerta en catorce años, con el pelo negro recogido en un moño que ni la lluvia había logrado deshacer, con el uniforme de la Ertzaintza impecable y con una carpeta bajo el brazo que no parecía el expediente, sino algo más personal.
Tenía los ojos grises, afilados, y una cicatriz fina que le cruzaba la ceja izquierda, como una coma que alguien había escrito sobre su rostro para recordarle que las frases no siempre terminan donde se espera.
Lo miró de arriba abajo. No como lo había mirado la agente de recepción, con desconfianza de turista; lo miró como se mira a un objeto que se sospecha que no funciona, con una inspección técnica y sin ninguna amabilidad.
—Así que es usted el yanqui —dijo.
—Special Agent Julian Whitfield —dijo Jules, con una ligera sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Y usted será la inspectora Sarasola.
—La que lleva el caso, sí. —Irati dejó la carpeta sobre la mesa, sin sentarse, y lo miró con una mezcla de curiosidad y distancia—.
He leído su ficha. Delitos financieros, cibercrimen, Nueva York.
Diez años de carrera, todos en despachos.
—Hizo una pausa—. ¿Qué hace un hombre de despachos en un caso de contenedores?
—Mismo trabajo, otro disfraz —dijo Jules—. Yo busco el dinero que mueve las cosas. Usted busca las cosas que el dinero deja atrás. Al final, el caso es el mismo.
Irati lo miró un momento más, sin decir nada, y luego se sentó en la silla frente a él, con la carpeta delante. Cuando habló, su voz cambió: dejó de ser el recibimiento y se convirtió en el trabajo.
—Le voy a contar lo que sabemos —dijo—. Y luego usted me dice por qué está aquí, porque con el caso que tenemos, un especialista en delitos financieros no es lo que necesitamos. Necesitamos a alguien que sepa leer un contenedor, no una cuenta corriente.
—Estamos en el mismo caso, inspectora. —Jules desdobló la carpeta, la abrió por la primera página y empezó a leer—.
Una mujer aparece en un contenedor, con una pulsera de hospital, muerta setenta y dos horas antes de ser encontrada.
El contenedor tiene una etiqueta de residuos peligrosos que no se corresponde con su contenido.
—Levantó la vista—. Eso no es un homicidio simple.
Es una operación logística. Y las operaciones logísticas se pagan con dinero que deja rastros.
Irati lo miró con una atención nueva, como si por primera vez hubiera oído algo que no esperaba.
—Y usted, ¿qué quiere? —preguntó.
—Lo mismo que usted —dijo Jules—. Que esto no se cierre con una firma equivocada. Que la verdad que hay en ese contenedor salga a la luz, sin importar a quién le convenga que siga enterrada.
El silencio que siguió fue largo, y en él, por primera vez desde que había entrado, Irati Sarasola no pareció la inspectora que había preparado un discurso, sino una mujer que estaba decidiendo si el hombre que tenía delante era un problema o una herramienta.
—Veremos —dijo al final, y se levantó—. Veremos si usted es de los que miran o de los que buscan. Ahora, si me disculpa, tengo un caso que resolver.
Jules se quedó en la sala, con la carpeta en la mano y el eco de la puerta al cerrarse.
En el silencio que siguió, oyó el ruido de la comisaría al otro lado de la pared: teléfonos, pasos, la lluvia contra el patio interior.
Se quedó un momento más, y luego salió a buscar a Teresa Vega, con una sensación que no sabía clasificar.
La primera mujer que había conocido en Bilbao le había dicho que el mar mandaba más que el jefe. La segunda, que era un objeto que no funcionaba. Ninguna de las dos cosas era del todo cierta, y ninguna de las dos era del todo falsa.
En el pasillo, antes de llegar al despacho de Teresa, se cruzó con una agente joven que llevaba un montón de papeles y un aura de prisa. La agente se detuvo, lo miró un segundo, y le dijo, en un euskera con acento de la ciudad:
— Zorte on, yanqui.
Buena suerte, yanqui. Jules no supo si era un saludo o una advertencia, pero asintió con la cabeza, y la agente siguió su camino con los papeles y el ruido de las botas en el pasillo.
La reunión formal fue al mediodía, en el despacho de Teresa Vega, con el expediente abierto sobre la mesa y el café en vasos de plástico que nadie tomó.
Estaban el inspector jefe de la División, un hombre canoso que no hablaba casi, y una funcionaria de la oficina de cooperación internacional que tomaba notas en un cuaderno sin levantar la cabeza.
Teresa Vega explicó el marco: la SCPJ, la Sección de Cooperación Policial y Judicial, era el canal que la Ertzaintza usaba para la cooperación bilateral, el cauce a través del cual la policía vasca y el FBI podían intercambiar información sin pisarse los protocolos.
No era un permiso para trabajar juntos; era un puente con peajes, con reglas, con horarios de oficina.
Jules escuchó con atención, asintiendo en los momentos justos, y entendió lo que no decía la reunión: que la Ertzaintza no quería que el FBI tocara nada sin pasar por ellos, y que el FBI, desde Madrid, no quería que la Ertzaintza le escondiera nada.
Los dos cuerpos se miraban con la cortesía de dos países que se fían a medias, y el caso de la mujer del contenedor era el terreno donde iban a probarse las reglas.
Cuando la reunión terminó y quedaron solos, Teresa Vega se recostó en la silla y lo miró con una franqueza que la formalidad anterior había ocultado.
—Usted viene con una orden de observar y reportar —dijo—. Lo sé porque es la orden que yo habría dado en su lugar. Pero voy a decirle una cosa que no está en el acta: en este caso, observar no va a bastar.
—¿Por qué lo dice?